Real Federación Española de Atletismo







 viernes, 23 de julio de 2021   NOTICIA WEB 134/2021
El libro "100 Años del Atletismo Olímpico Español"

Por : José Javier Etayo


Sin duda los Juegos Olímpicos más singulares de la era moderna son los de Tokio 2020. Comenzando porque, a pesar de conservar la denominación, no se celebran en 2020 sino en 2021. La difusión rapidísima de la pandemia originada por el coronavirus de 2019 obligó a lo largo del año 2020 a la casi paralización de la vida en todo el mundo, y en particular a la suspensión de muchísimas actividades deportivas. Unas cambiaron de fecha, o fueron aplazadas al año siguiente, y muchas fueron directamente suprimidas.

En el caso de los Juegos Olímpicos se decidió el aplazamiento exactamente por un año, de modo que lo que iba a comenzar en julio de 2020, se ha visto demorado hasta julio de 2021. Y por desgracia las circunstancias de la epidemia continúan ejerciendo su influencia, hasta el punto de que se ha decidido que las competiciones olímpicas se celebrarán sin público. Se va a tratar sin duda de unos Juegos muy extraños.

Y es una pena, porque en estos Juegos se cumplen varios centenarios importantes para el deporte español. Aunque ya en París 1900 hubo participantes españoles, estos actuaron por su cuenta, en unos Juegos que fueron un desbarajuste muy notable, celebrado a lo largo de meses, en el marco de la Exposición Universal; se ha hecho muy difícil discernir qué competiciones deportivas de las que se desarrollaron en aquellos meses estaban bajo el paraguas de los Juegos Olímpicos, y qué españoles intervinieron en ellas.

En las ediciones siguientes España brilló por su ausencia, aunque se recibió invitación formal para los Juegos intercalados de Atenas 1906. Y por ello no fue hasta los Juegos de Amberes, en 1920, cuando España apareció ya formalmente, con un Comité Olímpico Español debidamente constituido y reconocido, con unas selecciones designadas oficialmente. Y entre estas, la de atletismo, lo cual fue además motivo para la constitución formal de la Federación Española y su incorporación a la IAAF, para garantizar la participación en Amberes.

De este modo los Juegos de 1920, de los que en Tokio 2020 se cumplía exactamente un siglo, son el inicio de muchas cosas en el deporte español, y singularmente en el atletismo. Aunque sea con un año de retraso por las circunstancias que han sobrevenido, se trata en particular del centenario del atletismo olímpico español.

Ya desde hace varias ediciones, la Asociación Española de Estadísticos de Atletismo (AEEA) no puede por menos que aprovechar cada Olimpiada para actualizar los datos de los atletas españoles en el mayor acontecimiento atlético del mundo. Pero esta ocasión era especial, de modo que el habitual Boletín se ha convertido en un libro con muy diversas secciones que han pretendido recoger todos los aspectos del atletismo olímpico español. Hay que destacar que esta vez ha colaborado con nosotros la Fundació Barcelona Olímpica, aportando importantes trabajos sobre la vocación olímpica de la Ciudad Condal, y aquellos inolvidables primeros Juegos Olímpicos celebrados en España, en 1992.

Ahora que se cumple ya un siglo de los primeros atletas españoles olímpicos, no estará de más recordar siquiera brevemente los principales hitos a lo largo de esta centuria, a guisa de aperitivo para animar a buscar en el libro todos los detalles.

Como decíamos, en 1920 se produjo la primera participación del atletismo español en los Juegos Olímpicos, celebrados en Amberes como homenaje a los padecimientos de Bélgica en la reciente Guerra Europea. Por España concurrieron catorce atletas, todos velocistas salvo el lanzador Ignacio Izaguirre y el marchador Luis Meléndez. Entre los corredores el más destacado fue sin duda el velocista Félix Mendizábal, que llegó a las semifinales de los 100 metros, con un quinto puesto en ellas que aún no ha superado ningún español, y perjudicado por el reparto de las series para haber podido acceder a la final. Hay que resaltar también el resultado de Luis Meléndez. Sobre la distancia entonces olímpica de los 10.000 metros marcha, consiguió clasificarse para la final, al ser quinto en la eliminatoria. Y aunque su abandono en la final al día siguiente, le prive de ser conceptuado como finalista con los criterios actuales, nada le auditará el hecho de ser el primer atleta español clasificado para una final olímpica.

Los Juegos de 1924 se celebraron en París, y de nuevo la representación del atletismo español, trece competidores, se restringió a corredores y un lanzador, el discóbolo Gabino Lizarza. Lo mejor de los españoles llegó en las pruebas de largo aliento. En 10.000 metros, tras casi un siglo de investigación, se ha podido reconstruir que Jesús Diéguez fue con toda verosimilitud el undécimo clasificado, mientras que Dionisio Carreras quedó noveno en el maratón. Y por última vez, hasta ahora, se disputó una carrera de cross, sobre 10.650 metros, corrida bajo un calor asfixiante. Ahí estuvo a punto de llegar nuestro primer gran éxito olímpico, pues José Andía llegó al estadio de Colombes para recorrer los últimos 300 metros en quinta posición. Pero agotado por el esfuerzo y la insolación fue incapaz de llegar a la meta, y sólo recobró la consciencia al día siguiente. Ahora se habla de recuperar esta prueba para el programa, pues desde entonces fue suprimida; esperemos que no se repitan situaciones como aquella, en que sólo quince de los 55 inscritos consiguieron clasificarse.

En 1928 fueron diez atletas a Amsterdam: corredores, y los saltadores José Culí en pértiga y Fernando Labourdette en longitud. Lo más notable fue el 13º puesto de Arturo Peña en los 10.000 metros, y la participación del pertiguista Culí. Se quedó en la calificación, pero en ella fue décimo, con un salto de 3,50, eliminado al no poder superar los 3,66 que era la siguiente altura. Su récord de España era en aquel momento de 3,61, por lo que nada se le puede reprochar; sería al año siguiente cuando alcanzara los 3,74 que duraron en las tablas hasta finales de los años 40.

Nadie lo sabía entonces, pero en este momento los atletas españoles se despedían de los Juegos hasta veinte años después. Los de 1932 cruzaron el charco y se fueron a Los Angeles. Lo costoso del larguísimo viaje y las circunstancias económicas de la época hicieron que la representación española fuera mínima y no incluyera al atletismo, que podía haber obtenido resultados interesantes, por ejemplo, en marcha. Peor fue la cosa en cuanto a los Juegos de Berlín 1936, en los que sí estaba prevista una importante representación atlética española, pero la Guerra Civil la impidió. Y en las dos Olimpiadas siguientes simplemente no hubo Juegos, ni en 1940 ni en 1944, porque era el mundo entero el que había entrado en guerra.

No fue hasta 1948, los Juegos de Londres, cuando se volvió a poner en marcha el movimiento olímpico, y reaparecieron en la palestra los atletas españoles. Ya a partir de aquí todo nos parece más cercano, pero hay que recordar los avances que inexorablemente fue consiguiendo el atletismo español, edición a edición. Y así, en los juegos de la austeridad en Wembley se consiguió, esta vez con todas las de la ley, el primer puesto de finalista. Constantino Miranda se clasificó octavo en los 3.000 metros obstáculos, y muy probablemente también en los 10.000 metros; en ambos casos, con una clasificación que todavía en esa época ha sido muy difícil de establecer con precisión.

Todo parecía ya encarrilado, pero nuevamente hubo un lapso de doce años sin atletas olímpicos españoles. En 1952 porque las autoridades deportivas españolas pusieron unas condiciones muy duras para la selección, y en 1956 porque España no acudió a los Juegos en protesta por la invasión soviética de Hungría. Ya a partir de 1960 no ha habido más interrupciones, aunque dificultades no han faltado.

El siguiente finalista, esta vez un saltador, llegó en Tokio, en la esplendorosa edición de 1964, donde Luis Felipe Areta logró un magnífico sexto puesto en salto de longitud. En México no tuvimos finalistas, pero sí un (triple) récord olímpico, de Ignacio Sola en salto con pértiga, saltando sucesivamente 5,10, 5,15 y 5,20, aunque esas marcas sólo le proporcionaran el noveno puesto. Y en Munich 1972, otro finalista, con la mejor actuación hasta entonces, y verdaderamente inolvidable: el cuarto puesto de Mariano Haro en los 10.000 metros.

En Montreal 1976 ya tuvimos dos finalistas, otra vez Haro, sexto en los 10.000, y Antonio Campos, octavo en obstáculos. Pero además se rompió otra barrera: la primera atleta femenina, Carmen Valero, que participó en 800 y 1.500 metros. En 1980 en Moscú se dio otro paso: la primera medalla, Jorge Llopart, plata en 50 kilómetros marcha, en una actuación estelar de los marchadores. Y a continuación, en 1984, otro paso, la primera medalla en la pista, el bronce de José Manuel Abascal en 1.500 metros. En Seúl 1988, la primera finalista femenina, Maite Zúñiga, séptima en 1.500 metros.

Y en 1992, los Juegos de Barcelona, la apoteosis. Hubo seis finalistas, casi igualando los siete de Moscú, pero cuatro de ellos con medalla. Y de estas, lo nunca visto: dos de oro: Fermín Cacho en 1.500 metros, y Daniel Plaza en 20 kilómetros marcha, más la plata de Antonio Peñalver en decatlón y el bronce de Javier García Chico en salto con pértiga. Pensando sólo en los resultados, hasta ahora el mejor resultado global.

Pero aún quedaban pasos que dar. En 1996 Fermín Cacho logró plata en 1.500 metros, el primer atleta español con dos medallas olímpicas. Y en el año 2000, María Vasco, en los 20 kilómetros marcha, la primera medalla femenina, el bronce. Ya parecía que no se podía progresar, pero el último logro, el que ninguno habríamos imaginado cuarenta años antes, llegó en Rio de Janeiro, en los pasados Juegos de 2016: la medalla de oro (tercera española de siempre) en el salto de altura femenino lograda por Ruth Beitia.

Y ahora uno se pregunta: ¿qué nos deparará Tokio 2020? Pues lo veremos. Para prepararnos para estos días de emociones que nos esperan, nada mejor que recordar estos cien años ya pasados, sus logros y la evolución que el atletismo español ha experimentado. Todos los datos, los perfiles biográficos, las anécdotas, las curiosidades, están en el libro, fruto de la colaboración de la AEEA, la Real Federación Española, el Comité Olímpico Español y la Fundació Barcelona Olímpica.

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