Real Federación Española de Atletismo





 jueves, 29 de abril de 2021   ENTREVISTA WEB 50/2021
Rafa Blanquer: el entrenador que entrenó con Di Stéfano

Por : Alfredo Varona


Es usted una leyenda -le digo a Rafa Blanquer, que en octubre cumplirá 76 años y que aún parece eternamente joven, como si fuese un pacto con el diablo.

- Bueno, un abuelo -contesta él-, digamos que un Matusalen.

- O sea, que es usted un Matusalen.

- Hay gente con más edad que yo, le aseguro. Pero es verdad que aún sigo de sol a sol. He tenido percances de la edad: próstata, vértigos.... Pero me da la sensación de que la pandemia me ha arreglado. He tenido tiempo para mí. Creo que voy a vivir una segunda juventud.

- ¿Y cómo será esa segunda juventud?

- Acabo de empezar. Soy un novato. He vivido muchas guerras, mucho desgaste. Pero siempre buscaré el lado bueno de las cosas. Eso seguro.

- Los atletas son como los toreros: nunca lo dejan.

- Eso dicen de morir con las botas puestas.

- Sin embargo, ya no podemos volver a Vallehermoso, al año 76 cuando rebasó los 8 metros.

- En sueños alguna vez.

- ¿Y qué recuerda?

- Yo era atleta y entrenador al mismo tiempo. Acababa agotado porque entrenaba mañana y tarde con mis atletas. A los 25 compatibilizaba mis entrenos con los de los demás. Recuerdo que compartía la mitad del campo de Mestalla con Alfredo Di Stefano: él con los futbolistas y yo con los atletas. Tuve muchas lesiones por eso. Cuando empezaba a entrenar yo ya estaba muy cansado. Cuando preparaba los Juegos de Munich 72 tuve un percance por eso y no pude ir.

- En la vida hay que elegir.

- A veces siento que tenía que haber hecho un salto muy superior. Pero me lo perdono porque me ha valido como entrenador.

- ¿Ha sido el entrenador que quería ser?

- Sí. No he sido excesivamente teórico. Soy muy práctica. He sentido lo que el atleta sentía saltando: lo que les pasaba a ellos me pasaba a mí.

- ¿Los atletas se sienten reflejados en usted?

- No lo sé. Es la otra parte. Pero yo sí sentía sus sensaciones, todo eso que no se puede describir con solo palabras.

¿Y aún las siente?

- Sí, sí, también, no lo he perdido.

- ¿Y lo perderá?

- Sí, porque algún día la voy a palmar y la perderé.

- ¿A los 75 años no estaría mas cómodo dando un paseo por la orilla del mar?

- A veces sí lo he hecho en falta, sí. No sólo es el tiempo en la pista. Es el tiempo en el despacho y, en realidad, esto es como una paella. Hay muchos ingredientes y no es fácil poner las proporciones adecuadas para que el arroz salga bien. Y en mi caso hay que medir tan bien las cargas, las intensidades de los atletas..... Hay que programarlo todo.

- ¿No decía que usted era muy intuitivo?

- No sé si es intuición, determinación o la experiencia. Pero yo tengo que atinar con la palabra clave para que el saltador se relaje en el día a día. Trabajo con gente que se deja parte de la juventud seis días a la semana para lograr algo importante. Si no descansan el domingo revientan.

- ¿ Ser entrenador es cómodo?

- Yo he sentido amor por este deporte. Me he entregado completamente y no es fácil convivir con la familia, que a veces te dice 'tratamos igual que tratas a tus atletas'. Pero es que uno se levanta de noche, ve el amanecer y se pone a trabajar, es duro, debes dedicar mucho tiempo y a veces te apetece dar un paseo por la playa con la familia y les dices, 'salir antes y yo os alcanzo' y hay días que no llegas a salir.

- Pero usted es una leyenda.

- Llevo más de 50 años de profesión, sí.

- ¿Y después de 50 años necesita tanto tiempo con los atletas?

- Yo entreno atletas de saltos de longitud y triple, vallas y velocidad que trabajan mañana y tarde. Y, aunque mi hijo Rafa me echa una mano importante, si quieres programar bien necesitas tiempo.

- Antes lo hacía con bolígrafo porque no existían los ordenadores.

- Sigo. Soy de lápiz y papel. Soy de los de antes. Yo me llevo mis libros de entrenamientos y todo lo plasmo ahí. No he tenido ordenador en mi vida y la tablet sólo la utilizo para alguna consulta, para contestar algún escrito... Pero aun así creo que me he sabido adaptar a cada época.

- ¿Y ése ha sido su triunfo?

- Es posible. Si no evolucionas te quedas en el pasado. Siempre digo que si uno, que se ha muerto hace 50 años, resucitase ahora volvía directo a la tumba del susto. Yo recuerdo que antes cuando iba a Madrid y tenía que parar en Tarancon y buscar una cabina para llamar por teléfono y preguntar a la familia qué tal iba todo.

- Usted ha cruzado todas las generaciones posibles. Ha sido hermano, padre y abuelo de los atletas

- Es verdad. Tiene razón. Tengo nietos que están en la escuela, vienen a entrenar y me llaman 'abuelo'.

- ¿Y usted, que ha sido un tipo presumido, cómo lo lleva?

- Bien. Antes me miraba más al espejo. Ahora no me da tiempo. Es más, no me da miedo verme en el espejo y estar horroroso. Me he acostumbrado a verme. Pero es que es difícil que no note la edad. Uno aprende a envejecer. Sigo envejeciendo y lo que me queda (espero).

- ¿De quién aprendió más?

- Mi padre deportivo fue Antonio Ferrer. Me enseñó la vida primero por sus ojos y luego por los míos, cómo encarrilar esta vida, filosofia de vida, sobre todo. Y luego Emilio Ponce, que iba siempre pegado a él en la Vespa. Y cuando marché a Madrid tuve a Bernardino Lombao, que era espectacular. Era un genio.

- ¿ Y usted es un genio?

- Creo que dentro de un orden hice mi papel como atleta y como entrenador y que sobre todo he aprendido de la vida, que es lo más importante.

- ¿Volverá a lograr una medalla olímpica?

- Ojalá. Me encantaría. Glory Alozie fue subcampeona olímpica en Sidney días después de que matasen a su novio en un atropello. Glory se quería morir y estuve con ella tres días y tres noches en su habitación. Perdió cinco o seis kilos. No iba a participar en los Juegos.

- ¿Volverá a existir otro Yago Lamela?

- Es complicado porque era un talentazo. Pero tendrá que haberlo.

- Qué pena.

- Eso fue otra historia. Quiso cambiar de aires. Las cosas no le iban bien y vino aquí y comprobé que, efectivamente, Yago era un tipo especial, sencillo, noble. Sobre todo porque era muy especial, muy tímido. Había que meterse en su camisa y no era tan fácil.

- Y con usted llegó a saltar 8,53.

- Sí, así fue.

- ¿Y se acuerda de él?

- Desde mi ventana me asomo y veo la ventana del piso que tenía él en Valencia, el segundo me parece.

- Cómo pasa el tiempo.

- Sí, pasa rapidísimo. Pero he sido muy feliz y he tenido una ilusión imbatible. Cuando se apagaba uno se encendía otro. Si me pongo tengo muchos atletas que recordar, momentos buenos y momentos malos. Pero siempre con la sensación de estar en el sitio que quería.

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