Real Federación Española de Atletismo





 miércoles, 31 de marzo de 2021   ENTREVISTA WEB 36/2021
20 años sin Diego

Por : Miguel Calvo


Lehorreraratzen baldin banaiz
Itsasketa hau jarraituko dut
(Si desembarco, seguiré navegando)
Koldo Izagirre Urreaga


Alrededor de tantos relatos de hombres de mar, aventureros y antiguos balleneros, igual que Ulises en busca de su propio hogar, Diego García (Azkoitia, 12.10.1961 - Azpeitia, 31.03.2001) emprendió su viaje convirtiéndose en marinero a bordo de un barco pesquero de Getaria llamado Balenziaga, justo frente a la costa que vio nacer a Juan Sebastián Elcano antes de ser el primer hombre en dar la vuelta al mundo y muy cerca de las playas de Zarauz alrededor de las cuales Abebe Bikila corrió en los orígenes internacionales del maratón español.

Tan solo tenía 15 años cuando comenzó aquella aventura, pero cuentan que cuando regresó del mar, curtido por la dureza de los días de pesca y por los largos meses del servicio militar en la Marina de Ferrol, su fisonomía había cambiado para siempre, con los brazos más musculados y con la piel y el corazón endurecidos por los vientos, el salitre y la vida de alta mar que siempre termina desembocando en las tabernas de cada puerto.

De regreso a tierra firme, siempre a medio camino entre Azkoitia y Azpeitia, la pasión por correr ya era una parte fundamental del carácter de Diego García y cuando empezó a trabajar junto al fuego de una fundición para seguir ganándose la vida más cerca de su familia, comenzó a compaginar los entrenamientos con el duro trabajo en la metalurgia, siempre asumiendo los peores puestos en la rebarba sin una queja. Hasta que camino de Barcelona 92 decidió dejarlo todo por el atletismo e intentar atrapar su sueño de ser corredor profesional.

Atleta de élite tardío, pronto comenzaron a sucederse todos los grandes hitos de su carrera: noveno en el maratón olímpico de Barcelona, donde su carácter aguerrido quedó de manifiesto en la dureza de la subida a Montjuic; el descubrimiento de la espiritualidad del maratón japonés en Fukuoka siguiendo los pasos de otro referente como Carlos Pérez y logrando batir el récord de España (2h10:30); los días inolvidables en Navacerrada entrenando con sus amigos; la eternidad del abrazo de Helsinki; el sexto puesto en el mundial de Goteborg 1995, de nuevo junto a sus amigos Martín Fiz y Alberto Juzdado; el sueño olímpico de Atlanta 1996; el premio Príncipe de Asturias tras el mundial de Atenas 1997; la unión entre élite y tradición que siempre representó y que contribuyó al despegue de carreras como la Behobia o el medio maratón que inventó en su tierra a lo largo del camino entre Azkoitia y Azpeitia, demostrando que las principales carreras son las que se trazan a lo largo de una línea recta; las risas interminables rodeado de su familia y sus amigos de la cuadrilla; su icónica imagen con la cinta en la cabeza; y, sobre todo, el gran legado de haber sido el auténtico padre del maratón español moderno, huérfano de grandes referentes hasta ese momento y cuyo ejemplo y carácter animó a explorar territorios hasta entonces desconocidos a corredores como Martín Fiz o Abel Antón y toda aquella inolvidable generación de los mejores maratonianos españoles de la historia.

"Diego García fue el auténtico padre del maratón en España. Para todos nosotros fue el modelo a seguir y quien nos animó a reinventar nuestros caminos dando el paso al maratón sin miedo", afirma Martín Fiz cada vez que puede hablar de su amigo.

"Éramos unos soñadores y Diego era siempre nuestro timón", recuerda Alberto Juzdado.

En medio de todo ello, seguramente no fuera casualidad que la última carrera oficial de Diego García fuera la Behobia del año 2000, mucho más cerca del concepto de fiesta atlética que suponen siempre las carreras locales y mucho más allá de los grandes maratones mundiales, tan solo unos meses antes de aquel fatídico 31 de marzo del año 2001 en el que Diego nos dejó cuando corría junto a Alejandro Gómez mientras preparaba la despedida que le esperaba en la carrera que el mismo inventó con sus amigos en su casa, y del que hoy se cumplen 20 años.

Como cada año, con la llegada de la primavera emprendemos nuestro viaje de peregrinación hacia aquel viejo camino entre Azkoitia y Azpeitia que con el paso de los años se ha convertido en uno de los principales centros espirituales del maratón español. Tras el invierno, el sol comienza a vestir de verde el paisaje que serpentea a lo largo del río Urola. En medio de los dos pueblos, el santuario de Loyola nos recuerda que en este trayecto el alma es mucho más importante que las piernas. Y al final del camino de nuestro peregrinaje nos espera la preciosa escultura de bronce que modeló su amigo Xebas Larrañaga y gracias a la cual Diego García continúa corriendo cada día en medio del valle y que cada año luce la camiseta de la carrera que él mismo inventó, y que, como un guiño del destino, este año rinde un emocionante homenaje a Alejandro Gómez.

De fondo suena una antigua balada marinera del norte que nos recuerda que nunca nadie se va del todo mientras permanezca vivo su recuerdo. Los versos del poeta vasco Koldo Izagirre continúan invitándonos a seguir navegando después de cada desembarco. Y en el horizonte, como los fuegos de San Telmo que iluminaban las noches de Magallanes y Elcano mientras cruzaban el océano, la figura de aquel corredor de Azkoitia que supo nacer del mar y del fuego seguirá guiando para siempre el rumbo del maratón español.

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