Real Federación Española de Atletismo





 lunes, 29 de marzo de 2021   ENTREVISTA WEB 33/2021
La saga Ramos: de Margarita a Fiona

Por : Miguel Calvo


Dentro de lo más profundo de cada uno, los vínculos más especiales se transmiten de padres a hijos y rápidamente se convierten en una parte fundamental de la vida, con tanta naturalidad que ni siquiera nos damos cuenta de ello. Igual que un viaje de regreso al Macondo de García Márquez mientras Aureliano Buendía recordaba la tarde en la que su padre le llevó a conocer el hielo. Igual que aquellos saltos de Yago Lamela en la arena de la playa siendo un niño junto a su padre. Igual que los hijos de Fanny Blankers-Koen convirtiendo el foso del salto de longitud en su habitación de juegos mientras su madre entrenaba en la pista. O igual que Carl Lewis imaginaba que el jardín de su casa se transformaba en un estadio olímpico mientras compartía juegos infantiles con su hermana.

La ciudad de León, donde según escribió el poeta Antonio Gamoneda "el aire peligra de belleza", es un gran lugar para pensar en ello. No en vano, cada día la figura de Fiona Villarroel se recorta lanzando el peso sobre los mismos paisajes donde Margarita Ramos inventó el camino olímpico hacia Barcelona 1992. Y la sonrisa de la hija recuerda a la de su madre, justo en el cruce de dos caminos que son muy diferentes, pero que comparten la misma esencia y donde el futuro siempre será más grande que la melancolía: "Sería un sueño poder participar juntas algún día en la misma competición", ríen las dos.

A sus 54 años, Margarita Ramos habla desde la madurez que da haberlo sido todo en el mundo del atletismo, con decenas de récords de España a sus espaldas, la satisfacción de haber competido en todas las grandes competiciones internacionales posibles y el recuerdo de una época en la que reinventó el lanzamiento de peso español junto a Martina de la Puente. A sus 15 años, Fiona Villarroel continúa creciendo desde la alegría y la timidez que trae consigo la juventud. Y en medio de ambas, aunque cuando Fiona nació su madre ya se había retirado de la alta competición, el amor por el atletismo y la bola de peso se manifiesta cada día como algo que realmente siempre ha estado en sus genes, mucho antes incluso de que Margarita decidiese bautizarla con el nombre de su admirada Fiona May, la elegantísima saltadora de longitud subcampeona olímpica en Atlanta 1996 y Sidney 2000 y campeona mundial en Goteborg 1995 y Edmonton 2001.

"Me encanta estar todo el día moviéndome y me gusta mucho lanzar; soy muy feliz entrenando", confiesa la joven lanzadora que desde que tenía tres años nunca ha sabido estar parada, ya fuera practicando kárate, gimnasia, patinaje o voleibol y cuya llegada al atletismo, tanto a los lanzamientos como a otras disciplinas que ha probado como la velocidad o al salto de longitud, parece un camino tan natural como cuando su madre dejó el baloncesto para acompañar a sus amigos y lanzar el peso en una liga de clubes.

"Realmente, yo nunca he pretendido llevarla por este camino e intento mantenerme siempre al margen, respetando mucho a su entrenador - afirma Margarita Ramos, sabedora de que, en el atletismo, igual que en la vida, el aprendizaje es cuestión de experiencia-. Como mucho, algún día hemos hecho juntas algo de técnica en casa, pero no quiero hacerla un lío en la cabeza y tiene que aprender a resolverlo todo en la pista por ella misma".

"Fiona tiene mucho poderío - continúa describiendo a su hija la lanzadora que en los años 80 y 90 se proclamó 23 veces campeona de España absoluta entre pista cubierta y aire libre -. Tiene muchas cualidades: es alta, tiene mucha fuerza, es muy rápida y llega muy bien a las competiciones, pero todavía es demasiado joven y le falta mucho trabajo sobre la técnica, porque no termina de aprovechar todo el recorrido del lanzamiento y eso hace que le falle un poquito el resultado final. De hecho, yo soy más bajita y creo que tuve menos cualidades de las que ella tiene ahora. Aunque también es cierto que eran otros tiempos y que ahora ella tiene que desarrollar otras cualidades que en mis tiempos no tocaba desarrollar. Creo que tienen buen futuro y a ver si es capaz de mantener el ritmo, seguir con ganas y cumplir los objetivos que se proponga".

Fruto de las diferencias de ambas, además del paso de las tres décadas que han cambiado por completo el atletismo y el deporte español femenino, las viejas fotografías nos siguen mostrando a Margarita Ramos entre todas las lanzadoras alemanas que le sacaban una cabeza de altura y a las que ahora su hija va a poder mirar directamente a los ojos. "Además, mi madre lanzaba muy agachada", apuntilla Fiona mientras que Margarita ríe y afirma que precisamente ese es el problema y que, en cambio, ella sale demasiado arriba y no aprovecha toda la fuerza que tiene en las piernas.

"En el fondo, creo que nos parecemos mucho - continúa Margarita Ramos mientras Fiona afirma con la cabeza -. Las dos somos muy sonrientes y miramos la vida siempre con la sonrisa por delante. Igual que yo, a nivel deportivo Fiona es muy constante entrenando y nos parecemos mucho de coco y en la manera de pensar. Luego, en la forma de comportarse ella actúa más de acuerdo con los tiempos, con las modernidades de redes sociales, de arreglarse y de ir mona siempre para cada ocasión, aunque… ¡Qué bobada! Yo también lo hacía y en eso también nos parecemos".

Lejos de etiquetas y de diferencias generacionales, es emocionante imaginarlas juntas viendo viejos vídeos de lanzadores tan legendarios como Ulf Timmermann y Astrid Kumbernuss o redescubriendo cada día a David Storl en busca de ejemplos del estilo de lineal que todavía las une, tan a contracorriente hoy en día. Emociona oírlas hablar de sueños olímpicos y del legado del reto de los 18 metros que quizás espere en el futuro a Fiona en nombre de las dos. En medio de estos tiempos tan raros, duele escuchar a Fiona relatando lo duro que es lanzar sin amigos ni público alrededor y a su madre lamentándose por no poder ver a su hija en la pista y tener que conformarse con un streaming de cada competición. Y en el fondo, todo es un derroche de alegría soñando con esas jovencísimas lanzadoras que ya asoman en el horizonte y que ojalá puedan llegar juntas a lo más alto para evitar la soledad que ahora puede sentir Belén Toimil y que en su día le rodeó a Úrsula Ruiz.

"Como siempre he lanzado con estilo lineal, creo que era un lanzamiento precioso y ahora, inmersos en la explosión que simboliza el rotatorio, siento que se está perdiendo un poco la esencia - afirma Margarita Ramos abriendo un poco la puerta a la nostalgia -. Fiona de momento lanza con técnica lineal, pero quizás algún día lance en rotatorio, mucho más acorde al momento actual, y entonces yo ya sí que sólo podré hablarle de recuerdos".

¿Somos lo que heredamos o somos aquello en lo que nos convertimos por nosotros mismos?, nos preguntamos mientras vemos a madre e hija charlando felices sobre el deporte que tanto les une.

Como un día cualquiera en la casa de las Ramos, suena la música. Tan ligado a su juventud y a su generación, Fiona pone trap y rap. De la misma manera que siempre le ha acompañado como una fuente de motivación más, Margarita se mueve al ritmo del hip-hop y el Rhythm and Blues. Y según se alternan las músicas de las dos, es fácil sentir que realmente sigue sonando lo mismo, pero expresado de formas diferentes. "Yo estaré siempre ahí y le hablaré de sensaciones, pero al final cada uno tiene que hacer su camino e ir por el trayecto que tiene marcado", concluye la lanzadora olímpica en Barcelona 1992 al tiempo que la jovencísima campeona de España sub-16 en pista cubierta sueña con todas las primaveras y veranos que faltan por venir.

Y mientras, como si acabáramos este viaje convirtiendo a León en Macondo en busca del recuerdo del día en el que nuestros padres nos llevaron a ver por primera vez el hielo o el mar, los locos del atletismo seguiremos soñando con estadios olímpicos, fronteras imposibles y aquellos vínculos más especiales que nacen de las mejores historias, precisamente gracias a relatos tan mágicos como este donde nombres como Margarita Ramos, Fiona May o Fiona Villarroel se entremezclan a cada paso en una interminable sucesión de tradición y modernidad, de lo que somos y de lo que seremos.

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