Real Federación Española de Atletismo





 martes, 26 de enero de 2021   ENTREVISTA WEB 10/2021
Mónica Pont, la competidora que siempre se crecía

Por : Fernando Miñana

Mónica Pont llegó el sábado por la noche a España. Su padre murió el 20 de octubre y ahora intenta pasar más tiempo al lado de su madre, en Gandia. Ella vive en Italia, en Lombardía, desde que, en 2006, se marchara por amor. El romance se esfumó pero la exatleta, hoy manager internacional, se quedó en el norte de Italia, en la localidad de Provaglio d'Iseo, en la provincia de Brescia. Allí, cuando la región se convirtió en uno de los peores focos de coronavirus en el mundo, se refugió en su casa, rodeada por un cuadrado de 800 metros y una terraza donde se hizo un pequeño gimnasio. Porque ahora le pega al CrossFit.

Hace veinte años que dejó el atletismo y apenas ha cogido dos o tres kilos. Aquella chica tan menuda que se convirtió en una de las mejores maratonianas españolas de todos los tiempos es hoy representante de atletas que le hacen viajar por todo el mundo. Hace poco estuvo en un maratón en Bangladesh y en unos días tendrá que trabajar en el mitin de Karlsruhe y después al de Liévin. Más tarde, cuando acabe la temporada en pista cubierta, viajará por Kenia, Etiopía y Uganda para ver a los grandes fondistas que lleva la agencia de Gianni Demadonna, para quien trabaja. "Me encanta mi trabajo. Yo lo dejé como atleta y no lo añoro. Había estudiado dos carreras y tenía interés por hacer otras cosas. Ahora, de hecho, sigo haciendo deporte pero sin competir. No quiero saber nada del reloj ni de las series".

Ella es de Bufalí, un pueblecito de secano de la Vall d'Albaida donde nació hace 51 años. Aunque la familia, más que numerosa, con diez hermanos, vivía en Albaida, la capital de la comarca donde ella y sus hermanos estudiaban en el colegio José Segrelles. Allí, el profesor de Educación Física, Nacho García Honrubia, probaba a sus alumnos con flexiones, abdominales y un test de mil metros para descubrir sus capacidades atléticas. Mónica, que prácticamente no había corrido en su vida, hizo aquel 1.000 en 4.01 y se quedó muy cerca del récord de la escuela.

Nacho García cogió a Mónica y a su hermana Pilar y las metió en el equipo de cross. Solo se llevan diez meses y, por este motivo, las juntaron en la misma clase, así que Mónica siempre fue un año adelantada a las chicas de su quinta. El desconocimiento guiaba los pasos de esta niña pequeña y ligera, una chiquilla que entendió que si un día tenía que hacer un 1.000 en la pista, la mejor forma de prepararse era hacer otro 1.000 el día anterior. "Aún así, fui al día siguiente y mejoré mi marca".

Solo tenía 13 años. Pero toda su vida iba a ser así. Las competiciones se le daban mucho mejor que los entrenamientos. Había nacido con el gen ganador. El atletismo aún no era una actividad diaria. Competían en las pruebas de campo a través algunos fines de semana y, unos días antes, hacían uno o dos entrenamientos. Luego llegaron el Club Atletisme Ontinyent y el mediofondo. Pero también el 400 o el relevo largo. "No eran mis pruebas, pero, por el nivel que había, les venía bien que las hiciera".

Por aquella época, en los 80, empezaron a aparecer por la pista los primeros corredores populares que se atrevían con los maratones que estaban surgiendo por toda España. Mónica los miraba, escuchaba los entrenamientos que hacían, la carrera de 42 kilómetros, y pensaba que estaban locos para hacer todo eso. "Madre mía, pero si lo miércoles tenía que correr 50 minutos y ya me parecía una pesadilla. En aquel momento era muy joven".

Ya con 15 años tenía que bajar de los cinco minutos en los 1.500 si quería ir a los Campeonatos de España. Un juez miró hacia otro lado y con cinco 'pelados' se metió. Eso sí, sin ninguna esperanza. "Llegué y había cerca de sesenta atletas. Hicieron cuatro series y, sorprendentemente, me clasifiqué para la final. Luego, encima, corrí en 4.43 y terminé cuarta".

Mónica, con la perspectiva de los años, ha llegado a la conclusión de que, tanto a ella como a muchos otros atletas, no es beneficioso 'morirse' en cada entrenamiento. "Es algo que ahora peleo mucho como manager. Cuando me viene un atleta y me dice: 'He hecho un entreno…'. Yo siempre respondo: 'A ver cómo te sale en la competición, que es lo importante'. Porque no es lo mismo hacer series de 1.000 que competir en un 5.000. El factor mental es importantísimo".

Cuando acabó en el instituto, dejó el atletismo. En una familia con diez hijos, lo práctico apremia. Los 800 y los 1.500 no le llenaban y encima quería centrarse en los estudios. Primero intentó matricularse en Madrid en INEF, pero no la cogieron y se apuntó a Psicología. Dos años después entró en INEF y ya no quiso dejar la primera carrera. "Soy muy cabezota", argumenta. Y así es como acabó con dos títulos universitarios. Mónica estudiaba, llevaba la preparación física de un equipo de baloncesto y ayudaba a varios niños con problemas en la asignatura de Educación Física.

Un día, estudiando en la Universidad Politécnica de Madrid, se enteró de que había un campeonato de cross y, si el equipo de su universidad ganaba, el premio era un viaje a París. "Ahí fue cuando empecé a retomarlo. Me apunté, ganamos y nos fuimos a París".

Con veinte años se reenganchó. En Madrid coincidió con María Jesús Martínez. "Era una chica que tenía 2h37 en maratón. La conocía de haber corrido el cross con el Sandri-Sport, un equipo de Castilla-La Mancha en el que también estábamos mi hermana, yo, Chema Martínez… María Jesús entrenaba en el INEF y me invitó a salir a rodar con ella. Un día nos vio Luis Miguel Landa. Yo pesaba 42 o 43 kilos y Landa, que era su entrenador, me comentó que iban a hacer una prueba para seleccionar a atletas para el maratón con vistas a la Copa del Mundo que le habían adjudicado a San Sebastián. Y me metieron ahí con María Luisa Muñoz, Ana Isabel Alonso, María Jesús… Yo no había hecho ni un 10.000, pero me salió un umbral espectacular. A mí no me llamaba eso del maratón pero Landa y el doctor Leiva, que era el médico, me insistían porque se había hecho una buena inversión para preparar el equipo para la Copa del Mundo y al final accedí. Me dijeron que lo tenía todo para ser una maratoniana de élite y eso me convenció".

A la valenciana, a esa chica que provenía de un pueblo perdido en el interior de la provincia, siempre le gustó viajar, conocer nuevos lugares, recorrer el mundo. Por eso se fijó como objetivo la Universiada que se iba a celebrar en Buffalo (Nueva York). Como siempre, no se presentó con una gran marca, pero en la carrera de 10.000 llegó incluso a doblar a su compañera Carmen Fuentes, que atesoraba un mejor registro, y logró el sexto puesto.

Su debut en maratón se produjo en su tierra, en Valencia, donde volvió a demostrar que era una competidora excepcional. Aquel 7 de febrero de 1993 cruzó primera la meta sobre el tartán azul del Estadio del Turia. Ganadora y campeona de España con una marca de 2h35:30. Pasado el kilómetro 30, empezó a correr con miedo al muro. Todo mundo le había hablado del bajón que llegaba sobre el kilómetro 35. Pero no apareció. "Estaban las mejores maratonianas españolas del momento, algunas rusas y yo no había hecho nunca un maratón. En el kilómetro 38 vi que me encontraba bien y que tenía delante mío solo una corredora: podía ganar el maratón. Así que empecé a tirar, a tirar, a tirar y en la pista azul del Turia entré primera. Me pude abrazar a mi familia. Fue muy emocionante. Ese es, junto al Mundial de Gotemburgo, mi mejor recuerdo como atleta. Fue un gran debut. Hice 2h35:30, que ahora no tiene mucho valor pero entonces fue la segunda mejor marca española de todos los tiempos, por detrás del 2h31 que tenía Rocío Ríos". Luego vino la esperada Copa del Mundo de maratón en San Sebastián, donde las españolas tuvieron una gran actuación y acabaron segundas, por detrás del equipo de China. "Las cuatro primeras fueron chinas, pero luego entramos María Luisa Muñoz, yo y Rocío Ríos. El equipo lo completaban Josefa Cruz y Aurora Pérez. Era mi segundo maratón y ya corrí en 2h31".

Mónica Pont, que mide 1,63, solo pesaba 44 kilos. Alguna vez bajó hasta los 42, pero su fuerza se resentía e intentaba mantenerse. Hoy, entre los 46 y los 47, entiende que eso de quedarse demasiado afilada puede ser contraproducente.

Lo que no cambió nunca fue su solvencia en las grandes competiciones. Su momento culminante llegó en el Mundial de Gotemburgo, en 1995. La valenciana estuvo toda la carrera luchando por las medallas y al final acabó sexta, un resultado que en el siguiente cuarto de siglo solo ha mejorado Alessandra Aguilar (quinta en el Mundial de Moscú, en 2013). Mónica se vació. Se exprimió de tal manera durante los 42.195 metros que llegó exhausta y tuvo que recibir asistencia médica en la meta.

"Fue mi gran carrera", defiende. Por encima, incluso, del maratón de Osaka, el 28 de enero de 1996 -el jueves se cumplen 25 años-, donde logró su plusmarca: 2h27:53. Aquel esfuerzo se tradujo, meses después, en una discreta actuación en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Durante semanas se levantó a las 4 de la madrugada porque la carrera iba a ser a las 7 y quería estar acostumbrada. Pero no suficiente con lo madrugones. "Llegué mal preparada. Es una pena, pero ahí sí que fallé. Y luego ya empezaron a salir los problemas físicos, una anemia, las lesiones… Mi cuerpo era muy endeble y empecé a lesionarme. Al Mundial de Sevilla ya llegué mal".

La maratoniana se entrenaba en Madrid con Landa. Allí corría, no más de 170 o 180 kilómetros semanales, en la Casa de Campo. Y de vez en cuando se escapaba a Boulder (Colorado) para entrenar a 1.600 metros de altitud. "Me gustaba porque, al contrario que Font Romeu o Sierra Nevada, Boulder era una ciudad que tenía de todo y el tiempo que pasabas allí no vivías aislada del mundo". Otra veces, cansada de Madrid, se marchaba unos días a Soria.

Y poco después se retiró. Pont corrió doce maratones y, además de Valencia, San Sebastián, Osaka o Gotemburgo, hubo otros grandes momentos. Como el día que corrió en el legendario maratón de Boston, el primero internacional que disputaba, y encima se llevó el récord de España al acabar en 2h29:36. O su triunfo en Rotterdam en la primavera del 95. También tuvo el privilegio de correr en 1997 en Nueva York, el peor de todos. Pero hoy mira esa marca (2h36:04), que es la segunda mejor de una española en esa carrera -la primera es de Aguilar con 2h33:08 en 2011-, y le sirve para hablar de su regularidad, de que sus doces maratones se movieron en un margen de menos de diez minutos. Si hasta su peor registro, ese, esconde un noveno puesto que es el mejor logrado por una fondista española en la Gran Manzana.

En 2000 corrió en Viena, no logró la mínima para los Juegos de Sídney y lo dejó. Julia García, representante de atletas, estaba buscando en esa época un ayudante. Y la maratoniana, que siempre le había gustado hablar con unos y con otros, y que hoy domina el castellano, el valenciano, el inglés, el italiano y el francés, hizo una transición nada traumática de la pista, o la ruta, a la grada. Eran los tiempos en los que los managers viajaban con un fax en la maleta y, para ahorrarse un dinero, enviaban la documentación por la noche, que tenía una tarifa más económica. También estuvo un tiempo con Juan Pedro Pineda. Hasta que, en 2006, se marchó a Italia.

Han pasado los años y nadie puede con los récords femeninos de maratón. Ana Isabel Alonso, la plusmarquista española, ha resistido lustros de buenas fondistas que han intentado arrebatárselo -la última, el pasado 6 de diciembre, Marta Galimany- sin éxito. Y Mónica Pont, hoy una representante de 51 años de edad, conserva el récord español en una carrera solo para mujeres: ese registro de 2h27:53, en su día el duodécimo mejor del año, logrado en Osaka hace 25 años.

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Historial Deportivo de Mónica Pont
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