Real Federación Española de Atletismo





 lunes, 14 de diciembre de 2020   ENTREVISTA WEB 119/2020
Mercedes Chilla, las cábalas y una medalla única

Por : Fernando Miñana


Mercedes Chilla tiene cuarenta años y dice que aún es atleta. O eso cree. Porque asegura que si la próxima temporada todo sigue igual, es posible que no volvamos a verle el pelo. Aunque ella, gaditana, se lo toma todo con calma y cuando le preguntan que por qué sigue lanzando, ahora que está lejos de los 60 metros y muy lejos de los 64,07 que estableció como récord de España en 2010, da una respuesta tan simple como irrebatible: "Porque me gusta".

Y, claro, a ver quién le responde a la única lanzadora española que ha ganado una medalla en una de las tres grandes citas atléticas. Porque Chilla, nacida en Jerez en 1980, es la mejor. Por aquella histórica medalla de bronce en el Europeo de Gotemburgo, por sus cuatro récords nacionales y por sus diez títulos de campeona de España.

Da la sensación de que siempre fue la mejor. Porque aquella niña que jugaba al baloncesto y al balonmano, a la que siempre se le dieron bien los deportes, un día probó con el atletismo y se le dio mejor aún. Primero, en 1994, lanzó peso y al año siguiente se empleó en las combinadas. En una competición destacó mucho en la prueba de jabalina y Pepe Vega cogió a aquella adolescente y la convenció para dedicarse a esa especialidad. Un año después, en 1996, ya era la campeona de España sub 16 y ya no dejó de ganar: campeona sub 18, sub 20, sub 23 y hasta una medalla de plata en el Europeo promesa de Ámsterdam, en 2001.

Veintiséis años después sigue con Vega. Ninguno ha dudado del otro en todo es tiempo. Ambos forman uno de esos dúos atléticos que crecen al mismo ritmo. "Pepe no era experto en jabalina porque nunca había llevado a ningún lanzador, pero tiene algo muy bueno, y es que le gusta escuchar y se deja aconsejar. En el tema de las pesas específicas para nuestra prueba, por ejemplo, recibimos la ayuda de Antonio Lora".

Su primer récord de España (57,91) llegó en el año 2000, cuando solo tenía 20 años. "Creo que fue en un Universitario, pero poco después lo recuperó Marta Míguez". Daba igual. El destino estaba escrito y aquella plusmarca fue un anuncio de los que vendría después, de lo que lograría aquella andaluza que llegó al estatus de las mejores en una época en las que las lanzadoras eran mujeres muy grandes. "Yo pille el momento justo después de Petra Felke (la alemana de 1,70 de estatura que fue campeona olímpica en Seúl 88 y que batió cuatro veces el récord del mundo con la jabalina antigua)", advierte Chilla, de 1,69 y 60 kilos.

Para detallar el contraste entre ella y el resto, recuerda una exhibición que se celebró en Alemania. Chilla había subido ese verano el podio del Europeo e hicieron una presentación en la que, adrede, colocaron a la española entre Valerie Adams (antes Valerie Vily), la neozelandesa de 1,93 y 120 kilos, y Barbora Spotakova, la checa de 1,82 y 80 kilos. "Resultó bastante cómico, claro, y el público se rió un montón", rememora. O una confusión muy recurrente en la cámara de llamadas, cuando iban dando paso a sus rivales y, cuando le tocaba a ella, le decían que se esperara, que las velocistas iban más tarde. "Ahora veo que hay algunas chinas flaquitas, pero en mi época eran todas muy grandes. Aunque nunca me ha importado lo más mínimo. Mi virtud es que he sido muy explosiva y le pegaba un buen latigazo. He lanzado más de brazo que de piernas".

Las señales
El 2006 fue su año. Ella cree que otras temporadas ha estado más en forma, pero esa tuvo algo muy importante: "No me lesioné en todo el año. Y gracias a eso no sufrí ningún parón y estuve muy regular todo el año. A Gotemburgo llegué bien, pero luego se tiene que dar todo a favor". Y se dio. Estaba escrito. Su padre le regalaba todos los años en Reyes un calendario en el que cada día contenía una frase. Antes de viajar a Suecia, le entró la curiosidad y miró a ver qué ponía el día de la final. "No recuerdo la frase exacta, pero decía algo así como que si se alineaban los astros, se podía dar la ocasión. La verdad es que fueron pasando cosas…". Chilla, que tiene un punto esotérico, empezó a percibir señales. Como el día que estaba en la habitación, ya en Gotemburgo, con otras lanzadoras y su amiga Dana Cervantes, y, de repente, les soltó: si encesto este papel en la papelera, me llevo una medalla. Y entonces lanzó la bola entre la cama y una mesa y la metió dentro.

El día de la calificación, como el hotel estaba cerca del estadio Ullevi, se fue caminando junto a su entrenador. Durante el paseo, notó algo, miró y vio que se había posado un saltamontes verde fosforescente muy chiquitito en el pecho. Chilla lo cogió y, delicadamente, lo dejó sobre la hierba. No le dio mayor importancia, pero el día de la final, haciendo el mismo camino, se dio cuenta de que llevaba otro saltamontes idéntico. "Son chorradas, pero pasan", explica.

En la final empezó algo irregular. "Pero lo bueno es que sabía qué estaba haciendo mal y cómo corregirlo. Cuando pasé a la mejora, en el quinto intento, acabé muy cerca de la línea, tan justa que tuve que meter el pie para no hacer nulo, pero cuando sale la jabalina, tú ya sabes que es bueno. Lancé 61,98, me coloqué en puesto de medalla y pensé: 'por favor, que esto se acabe ya'. Pero quedaba una ronda entera y estaba histérica, así que me obligué a serenarme porque existía la posibilidad de que me tocara volver a mejorar mi marca para coger una medalla. Pero nadie me superó. Estaba muy contenta y me puse a llorar. Lo recuerdo como si estuviera en éxtasis. Lloraba y reía de pura felicidad".

Estaba tan contenta que, por la noche, en el bar del hotel se vino arriba. A todo el que pasaba por allí, le invitaba a una cerveza. ¿Otra ronda? Otra ronda. Cuando volvió a Jerez, a los pocos días, le llegó el extracto y se echó las manos a la cabeza. "No sabía de qué era ese cargo y me extrañó. Hasta que caí en que el alcohol en Suecia es carísimo. Aquello me costó un pico, pero daba igual, fue un día muy feliz".

Aquella medalla no cambió a la Chilla que iba por los campeonatos con sus amigas las lanzadoras: Berta Castells, Loli Pedrares, Irache Quintanal, Suly Ruiz… Pero su vida sí pegó un pequeño vuelco. "La medalla fue un bombazo. Llegué a Jerez y la alcaldesa estaba esperándome a pie de avión con un ramo de flores. Luego también estaba Pacheco. Me hicieron una oferta irrechazable y dejé el Valencia. No por nada, sino porque tenía que mirar por mi beneficio. Las entrevistas se multiplicaron, como otras cosas que no me entusiasman. O que luego vas a competir y la gente ya te conoce. Pero ni era más importante ni a mí me importaba demasiado". Aquel éxito sin precedentes entre las lanzadoras españolas supuso "un alivio" para Chilla. "Al final es verdad que puedo ser buena", pensó. No fue un casualidad. Dos años después, en los Juegos de Pekín, logró un diploma olímpico gracias a su octavo puesto. Y en junio de 2010, en una Liga con el Valencia Terra i Mar, el club con el que ya lleva diecisiete años y al que regresó en cuanto bajó la espuma de Gotemburgo, lanzó el dardo, en el Estadio del Turia, más lejos que nunca: 64,07, la octava mejor marca mundial de ese año.

Eran los tiempos en los que, ya una atleta madura, había dejado de ponerle nombre a sus jabalinas. "Mi preferida era la Nemeth de 85, de aluminio y carbono. A las mejores se las regalaban y a mí me hicieron un descuento, que no está mal para una jabalina de mil euros. Las más grandes tiras unas Nemeth que son todas de carbono, pero que si no lanzas perfecto te revientas el codo".

Dos graves lesiones
Chilla también sabe de esto. De lesiones. En 2012, justo antes de los Juegos de Londres, se rompió el tendón de Aquiles en pleno lanzamiento. Y en 2015 sufrió una lesión con muchos nombres indescifrables que se pueden resumir en que se rompió el hombro. "Me hice mucho daño. Fue antes de los Campeonatos de España y quiero darle las gracias a Ángel Basas y a todos los servicios médicos de la Federación Española porque gracias a ellos, a su ayuda, he podido prolongar mi carrera deportiva. El dolor me llegaba hasta el pulgar de la mano. Me hicieron una resonancia y me dijeron que, si quería, me podía operar después del Campeonato de España. Lo probé, pero solo pude hacer un tiro de 57 metros. Me había destrozado".

También tiene un problema de hernia que hace que cada mañana se levante agarrotada. Y en 2004, una lesión en el codo. Un par de años después encontró una forma de fortalecer la articulación: la escalada. "Fue antes de Gotemburgo y vi que me venía muy bien, que fortalecía todo el tema tendinoso. Desde entonces estoy enganchada y me va genial: no es un movimiento aislado sino que te mueves hacia todos los ejes. Y te pone fuerte". Por eso, en cuanto puede, se escapa a un peñón que hay en Paterna de Rivera, a Grazalema, a San Bartolo… "Depende de si es en invierno o en verano".

Además de la escalada, también adora estar rodeada de naturaleza y caminar por la montaña. La última vía ferrata fue en los Dolomitas. "Estuvimos ocho horas y fue bestial. Pero ahora que llevo el CrossFit Jerez y tengo menos tiempo, prefiero la escalada".

Y en 2015 abrió Crossfit Jerez, que es su sustento ahora que han bajado los ingresos del atletismo. El coronavirus no se lo está poniendo fácil, pero el negocio, al menos, le descubrió una nueva afición: la carpintería. "En el gimnasio queríamos doce cajones para pliometría. Mi socia, Bego, y yo pedimos presupuesto y nos asustamos cuando vimos lo que valían. Así que me decidí a hacerlos yo misma. Me enganché y ahora mismo te puedo hacer lo que me pidas. De hecho, no descarto montarme un negocio on line".

Lo que ya ha aparcado son los tatuajes. Uno de los que más llamó la atención en Gotemburgo fue uno escrito en élfico. Entonces no quiso desvelar qué ponía. Y a ver quién era el guapo que lo traducía… Pero hoy, catorce años después, ha perdido el pudor a desvelar que es "una frase que incluye tres consignas: silencio, fuerza y paciencia".

La única lanzadora de jabalina que ha ganado una medalla internacional está encantada con la irrupción de los jóvenes que han llegado a la especialidad. "En el último Campeonato de España le bombardeé el whatsapp a Idoa (Mariezkurrena, ex compañera y entrenadora de los hermanos Quijera y de Arantza Moreno). Están en un gran momento y me encanta".

Su estatus también le permitió conocer al mismísimo Jan Zelezny, la leyenda. "Un año vino a Huelva y la Federación hizo como un intercambio con él y nos mandó para allá, una semana, a Rafa Baraza y a mí. Estar al lado de ese hombre era… Ahora mismo tengo delante mío la foto que me hice con él". Aunque amistad de verdad, la que entabló con otra leyenda., Barbora Spotakova, la doble campeona olímpica y mundial. "Somos muy amigas. Lo tiene todo para ser la mejor. Si ella no lanza, no lanza nadie. Aunque al principio le ganaba yo, ¿eh? Pero luego ya se desarrolló y… Nos conocimos antes de que fuera tan buena y no hemos dejado de ser amigas. No hace mucho estuvo con su familia en mi casa".

Chilla sigue a lo suyo. Su trabajo, sus escapadas a escalar y sus ratos entre maderas y lijadoras. Quiere lanzar un verano más. Pero si sigue siendo tan difícil, quizá lo deje. Mientras seguirá com siempre: silencio, fuerza y paciencia.

Enlaces relacionados:

Historial Deportivo de Mercedes Chilla
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