Real Federación Española de Atletismo





 viernes, 04 de diciembre de 2020   ENTREVISTA WEB 116/2020
Carlos Pérez: "Yo corrí con Mamo Wolde y Abebe Bikila"

Por : Miguel Calvo


Como si la historia del maratón español moderno se pudiera escribir durante los años sesenta en paralelo a la historia de Abebe Bikila, después de Miguel Navarro vino Carlos Pérez (Vigo, 1935). Hasta el punto de que el primer contacto del fondista vigués con la mítica distancia no pudo ser más simbólico del carácter que definiría su valiente trayectoria como maratoniano.

Tras los Juegos Olímpicos de Roma, durante la última jornada de los Juegos Iberoamericanos de 1960 que se disputaron en Santiago de Chile, la victoria por equipos de la selección española pasaba por ganar los tres mil metros obstáculos y acabar al menos en cuarta posición en la dura prueba del maratón. En ausencia de Miguel Navarro, que acababa de correr por las calles de Roma tras los pies descalzos de Bikila, Carlos Pérez se jugó a suertes con José Molins para ver quien correría ese maratón y, pese a que nunca había preparado esa distancia, llegó a luchar en cabeza durante los primeros 30 kilómetros con el gran favorito, el argentino Osvaldo Suárez, hasta terminar retirándose totalmente destrozado, mientras que el triunfo en los obstáculos tampoco llegó y el título colectivo se le terminó escapando a aquella aguerrida selección española.

"Yo ni siquiera sabía lo que era un maratón, aunque la carrera ya se encargaría luego de enseñármelo", afirma a sus 85 años el corredor gallego que dominó en la pista el fondo español a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta.

En una época en la que el deporte era bien distinto a lo que hoy conocemos, el campeón de España de 5.000 y 10.000 metros abandonó el atletismo para dedicarse a un trabajo con el que poder ganarse la vida y comenzar a tejer una familia, mientras que aquel primer contacto con un maratón parecía haber sido una simple una anécdota.

Pero, tras volver a la competición para los Juegos Iberoamericanos de 1962, retirarse de nuevo y volver a comenzar a entrenar una vez más con la idea de que quizás la pista se le había quedado pequeña y que lo suyo sería una carrera infinita, en mayo de 1966 ganó el primer Campeonato de España de Gran Fondo (30 kilómetros). Solo un mes después, en junio se proclamó Campeón de España de Maratón en el Puerto de Sagunto. En julio quedó segundo en la primera edición del maratón internacional que se disputó en la villa marinera de Zarautz, por detrás del etíope Abebe Bikila. Y en septiembre de aquel mismo año logró la gesta de quedar cuarto en el maratón del Campeonato de Europa de Budapest, en lo que en ese momento supuso la mejor actuación de siempre de un español en esta competición y a un paso de una medalla europea tan complicada para el atletismo español que no llegaría hasta 1978 gracias a Jordi LLopart.

A sus 31 años, el corredor gallego acababa de reinventarse una vez más y su cuarta plaza europea le valió para ganarse un billete para el primer Campeonato del Mundo de maratón que iba a disputarse el mes de noviembre de aquel mismo 1966 en la ciudad japonesa de Fukuoka.

"Viajé a Japón solo y fui el único corredor que estuvo allí sin entrenador ni masajista, con la única compañía de un estudiante universitario jesuita que me hacía de traductor" recuerda Carlos Pérez mientras soñamos con recuperar las películas de 35 milímetros que trajo grabadas de aquel maravilloso viaje y en las que se le puede ver entrenando junto al lago de Fukuoka, mientras el estudiante japonés le tomaba los tiempos con un cronómetro en la mano, o corriendo aquella mítica prueba en la que quedó décimo primero bajo la atenta mirada de la emperatriz Kuni Nagako, esposa del emperador Hirohito.

"Entonces todo era tan diferente que si nosotros hubiésemos tenido la posibilidad de correr con las zapatillas que hay hoy en día, si hubiésemos tenido esos avituallamientos que hay ahora cada cinco kilómetros, si hubiéramos competido en circuitos llanos o incluso si las principales carreras hubieran sido en otra época del año que no fuera en pleno verano, hubiésemos logrado unas marcas muchísimo mejores", afirma el pupilo de Alfonso Ortega, que después se convertiría también en entrenador, mientras recuerda sus entrenamientos en el mítico parque de Castrelos y en la hierba y la ceniza de Balaídos, todavía muy lejos del boom popular del maratón que no tendría lugar hasta unos cuantos años después.

Luego llegó la San Silvestre de Sao Paulo. Su nombramiento como hijo adoptivo de Mar del Plata por el cariño que le tenían en todo el continente sudamericano gracias a su valentía que le hacía seguir corriendo a pesar de terminar siempre con los pies quemados. Dos nuevos segundos puestos en Zarautz, incluso por delante de Abebe Bikila en 1967 después de que el doble campeón olímpico tuviera que retirarse por una caída en una curva. Los Juegos Mediterráneos de Túnez. El recuerdo de un maratón imposible entre las montañas de Turquía para prepararse para los Juegos Olímpicos de México 1968. Los días en la capital mexicana mientras que Bob Beamon, Dick Fosbury y el Black Power cambiaban para siempre la historia del atletismo mundial. Los Campeonatos de Europa de Atenas y Helsinki. Y, sobre todo, el recuerdo de aquellas carreras tan desnudas como el campeonato de España que se disputó en el pueblo valenciano de Sueca y que supuso el cuarto de sus cinco títulos nacionales de maratón. "Nunca olvidaré la sensación de correr entre las acequias, acunado por el sonido del agua, rodeado de naranjos y abrigado por el intenso olor a azahar; seguramente eso era maratón en estado puro", recuerda el vigués de hierro, tal y como le bautizó el periodista Antonio Alcoba.

Después de casi 20 años de trayectoria, en 1971 Carlos Pérez todavía tuvo fuerzas para un órdago más: en pleno año Xacobeo planeó correr desde Vigo hasta Santiago sin detenerse en busca del jubileo y, si terminaba bien, intentar una nueva aventura olímpica. Hasta el punto de que, después de completar los más de 90 kilómetros en seis horas y de pulverizar en Manchester su mejor marca personal de maratón (2h16:27), en el verano de 1972 viajó a Múnich para disputar sus terceros Juegos Olímpicos y completar un palmarés prácticamente inabarcable el mismo día en el que el estadounidense Frank Shorter consiguió un oro que dio lugar a la explosión de los maratones populares que nació alrededor de Central Park.

"Nuestra época perteneció a otro mundo y mis ídolos eran Emil Zatopek, Alain Mimoun y Abebe Bikila, con quienes tuve la suerte de correr", afirma Pérez al mismo tiempo que recuerda su retirada definitiva en la San Silvestre Vallecana de 1973 junto a su amigo Jesús Hurtado después de toda una vida a la carrera.

Si es cierto que somos lo que fuimos, siempre recordaremos a Carlitos Pérez por aquellos días de Roma 1960 paseando por la ciudad eterna con sus amigos Molins, Barris, Quadra-Salcedo y José Luis Torres. Por aquella noche en México 1968 en la que pudo viajar a las pirámides de Teotihuacán para ver la llegada de la llama sagrada con la que después Enriqueta Basilio encendería el pebetero olímpico mientras que Mariano Haro, Álvarez Salgado, el Bruxo Torrado y él mismo ponían todo patas arriba junto al resto del equipo español. O por aquellos últimos días en Múnich 1972 que Abebe Bikila, ya en una silla de ruedas después del accidente de tráfico del que nunca se recuperaría, contempló la carrera desde la grada.

Aunque el corredor gallego cuyo nombre estará siempre ligado a las raíces del maratón español que llegó a lo más alto en los años noventa, prefiere recordarse como aquel corredor que por encima de todo fue feliz en las pruebas de cross que tanto amó o en lo más alto del podio de los viejos encuentros internacionales mientras escuchaba emocionado el himno español. "Jamás me gustó ganar, con llegar por delante del segundo ya me daba por satisfecho", concluye entre risas Carlos Pérez mientras que somos incapaces de dejar de imaginarle corriendo codo con codo con Mamo Wolde y Abebe Bikila frente a las costas de Zarautz.

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