Real Federación Española de Atletismo





 lunes, 02 de noviembre de 2020   NOTICIA WEB 194/2020
La edad de oro del maratón femenino español

Por : Miguel Calvo


En ocasiones, el norte es mucho más que un punto cardinal o un lugar geográfico. Muy especialmente para el maratón femenino español, que desde su mismo origen supo encontrar uno de sus principales centros espirituales en la luz atlántica que envuelve a San Sebastián y a toda la cornisa cantábrica.

No en vano, en el lejano mes de mayo de 1977 la francesa Chantal Langlacé batió el récord del mundo de maratón corriendo por los viejos caminos de Oiartzun que transcurren en paralelo al antiguo ferrocarril minero que unía las minas de Arditurri con el puerto de Pasajes. En octubre de aquel mismo año, la tolosorra Lourdes Gabarain inauguró la tabla oficial del récord de España de maratón en Burdeos. Tras los pasos de otra auténtica pionera como Matilde Gómez, Rosa Talavera estableció tres nuevos récords de España en San Sebastián, Irún y Oiartzun, respectivamente, que situaron a nuestro maratón por primera vez por debajo de la frontera de las tres horas, antes del boom de los años ochenta que estuvo liderado por corredoras como Iciar Martínez, Consuelo Alonso y Mercedes Calleja. Y, ya en el comienzo de la década de los noventa, la verdadera edad de oro del maratón español iba a comenzar con dos nuevos récords nacionales conseguidos en San Sebastián a cargo de María Luisa Irizar y Ana Isabel Alonso, antes de que Rocío Ríos rebajara de nuevo la marca española hasta 2h31:46 en el Valle del Nalón en noviembre de 1992.

Detenemos el reloj en 1993. Después de los Juegos Olímpicos de Barcelona y con la nueva plusmarca nacional ya cerca de las dos horas y media, todo estaba listo para la gran explosión del maratón femenino español. Tras el debut europeo y mundial del maratón femenino en Atenas 1982 y Helsinki 1983 en los que estuvo presente Iciar Martínez, España ya había sumado también las apariciones en grandes competiciones internacionales de María Luisa Irizar (Stturgart 1986 y Roma 1987), Mercedes Calleja (Roma 1987) y Marina Prat (Split 1990). Y dos citas iban a ser clave: en primer lugar, el mundial de Stuttgart, donde Ana Isabel Alonso fue decimoséptima; y, sobre todo, la V Copa del Mundo que se iba a disputar en San Sebastián durante el otoño de aquel mismo año.

De nuevo, todo volvió al norte del norte. La ciudad de San Sebastián que se abre desde las playas de la Concha y Ondarreta a todos los vientos de Chillida estaba llamada a ser una vez más el epicentro del maratón español. Y aquel 31 de octubre de 1993 se convirtió en una de las páginas más brillantes de la historia del atletismo español.

Alrededor de ello, todo el mundo hablaba de las enigmáticas corredoras chinas y su alocada persecución de récords inhumanos. Donostia se vistió con sus mejores galas en busca del mejor circuito posible, con una vuelta pequeña y dos grandes alrededor de las mismas calles que se habían convertido en el segundo maratón popular más antiguo de España después de Madrid. Toda la ciudad se convirtió en una fiesta con el público deseando ver pasar a los mejores corredores del mundo. Las mujeres tomaron la salida 15 minutos antes de los hombres en busca de los focos de la televisión. Y, tras soñar con que el maratón también se escribe con la luz más gris del norte y el aroma a Cantábrico, tan lejos del Mediterráneo de la antigua Grecia, el equipo femenino español se presentó en el majestuoso estadio de Anoeta con uno de los mejores resultados de toda su historia, ganando la plata por equipos con María Luisa Muñoz (2h31:01), Mónica Pont (2h31:21) y Rocío Ríos (2h31:33) en quinta, sexta y séptima posición, únicamente superadas por las cuatro corredoras chinas y las tres por debajo del récord de España vigente, en una fiesta en la que no faltaron las veteranas Josefa Cruz (2h36:25) y Aurora Pérez (2h39:00) corriendo la mejor carrera de sus vidas para redondear la inolvidable actuación del equipo español, en un día en el que Rodrigo Gavela, quinto tras el británico Richard Nerurkar, también batió el récord español masculino (2h10:27).

Sin duda, una medalla de plata por equipos que con el paso de los años y las noticias del escándalo chino todavía sabe mucho más a oro: "Fue algo tan grande que, si eliminamos todo aquello de la sangre de tortuga, históricamente representaría en mujeres el mismo fenómeno que supuso en hombres un año después el abrazo de los tres de Helsinki", tal y como recuerda el doctor Xabier Leibar.


Desatada la tormenta, iniciada la verdadera edad de oro del maratón femenino español, todo comenzó a brillar y hoy aquella década de los noventa sigue narrándose en las viejas crónicas como un lugar de sueños irrepetibles donde todo tenía cabida.

Como las habituales victorias de aquella generación de corredoras en los principales maratones españoles, incluyendo Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia. Como el decimocuarto puesto de Ana Isabel Alonso en Helsinki 1994. Como el final de la barrera de las dos horas y media. Como la locura que tuvo lugar en 1995 en el prestigioso maratón de Rotterdam que acabó con el doblete de Mónica Pont y Carmen Fuentes. Como el sexto puesto de Mónica Pont en el mundial de Goteborg 1995. O como la sexta plaza de Rocío Ríos en el europeo de Budapest 1998.

En medio, de nuevo con San Sebastián como escenario, Ana Isabel Alonso estableció el 15 de octubre de 1995 el todavía vigente récord de España (2h26:51). Y, sobre todo, Atlanta 1996 pasó a la historia como el debut olímpico de las maratonianas españolas, tan sobresaliente como la nueva gran actuación colectiva que se saldó con el quinto puesto de Rocío Ríos, la decimocuarta plaza de Mónica Pont y con Ana Isabel Alonso también entre las cincuentas primeras.

"Iba como una moto. Normalmente, en una maratón llegas que no puedes con el alma, pero en Atlanta me quedé corta. Si llega a quedar un kilómetro o dos más seguro que hubiese cogido chapa", tal y como recordaba la asturiana Rocío Ríos en una entrevista en La Nueva España.

"Para mí todo era correr, correr y correr", en palabras de Ana Isabel Alonso. O, simplemente, "se me daba bien la larga distancia", tal y como María Luisa Muñoz se define a sí misma en un resumen que puede abarcar a toda una generación.


Llegados al final de la década, todavía quedaron oportunidades para la despedida. Como el mundial de Sevilla 1999 en el que participaron Ana Isabel Alonso, Mónica Pont y María Luisa Muñoz acompañadas de Angelines Rodríguez. Como una nueva victoria de Ana Isabel Alonso en Rotterdam. O como un nuevo sueño olímpico en Sídney 2000, en esta ocasión a cargo de Ana Isabel Alonso, Griselda González y María Luisa Muñoz.

Luego llegaría la etapa de las sucesoras. El momento de olímpicas como María Abel, Beatriz Ros, Dolores Pulido, Marta Fernández de Castro, María José Pueyo, Elena María Espeso, Vanessa Veiga, Azucena Díaz o Estela Navascués. Las tres participaciones olímpicas de Alessandra Aguilar y su quinto puesto en el mundial de Moscú 2013. O la versatilidad de las maratonianas modernas más actuales como Marta Galimany, Gemma Arenas, Marta Esteban, Clara Simal o Paula González.

Y, como una sombra, como el recuerdo de los días más felices, siempre quedará la leyenda de aquella generación de maratonianas de los años noventa que, lideradas por corredoras como Ana Isabel Alonso, Rocío Ríos, María Luisa Muñoz o Mónica Pont, fueron capaces de demostrarnos que el norte, igual que el maratón, es mucho más que un punto cardinal o un lugar geográfico.

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Mercedes Calleja
Mercedes Calleja

Iciar Martínez
Iciar Martínez

Consuelo Alonso
Consuelo Alonso

Rosa Talavera
Rosa Talavera

María Luisa Muñoz
María Luisa Muñoz

Carmen Fuentes
Carmen Fuentes

Mónica Pont
Mónica Pont

Ana Isabel Alonso en su llegada en Rotterdam 2000
Ana Isabel Alonso en su llegada en Rotterdam 2000

María Abel
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