Real Federación Española de Atletismo





 martes, 29 de septiembre de 2020   NOTICIA WEB 169/2020
La leyenda del Bruxo Torrado

Por : Miguel Calvo


Protagonista de uno de los relatos más apasionantes de la historia del atletismo español, la leyenda de José Luis Torrado (O Seixo-Mugardos, 1935) podría resumirse en una de las frases más conocidas de la novela El Alquimista: "Las cosas más simples son las más extraordinarias y sólo los sabios consiguen verlas".

Masajista y naturópata reconocido mundialmente desde los años sesenta por su trabajo en la recuperación de lesiones, el bautizo con el apodo de "Brujo" llegó del mundo del baloncesto cuando consiguió recuperar de una lesión al legendario jugador Emiliano Rodríguez. Y su fama no paró de crecer a través de los centenares de atletas, deportistas, personalidades de la sociedad española y pacientes anónimos que pasaron por sus manos.

"A la larga fue un apodo que me perjudicó, porque yo no tengo nada de brujo - recuerda hoy José Luis Torrado a sus 85 años -. Lo mío es la medicina natural, una parte más de la medicina que tiene unos orígenes ancestrales y que desde hace siglos se fue transmitiendo de padres a hijos. La prueba es que yo nunca fallé. Desde luego no podía curar todo, pero hay muchísimos tipos de lesiones como las roturas fibrilares, las tendinitis, la osteopatía de pubis, la periostitis e incluso algunos tipos de esguinces donde la medicina natural complementa perfectamente a la medicina tradicional y es clave para tratar y reducir las lesiones. Es una filosofía de vida".

Para entender los orígenes de la historia de Torrado y su amor por el atletismo tenemos que regresar a sus tiempos de atleta durante los años cincuenta, primero en Lugo y después en Pontevedra, junto a Alfonso Posada, que terminó desembocando en sus títulos de campeón de España de 4x400 en 1955 y de 400 metros en 1957: "Era la época de las pistas de ceniza y empecé haciéndome yo mismo unos clavos de aluminio, de casi cinco centímetros, que después pegaba a las zapatillas. Por aquel entonces sólo se trataba de correr y correr. Hasta que conocí a José Luis Torres, que fue el maestro de todos nosotros y quien nos cambió la forma de ver las cosas. El atletismo siempre ha sido diferente: un lugar de reunión de personas nobles y sanas, con unos valores muy diferentes al resto de deportes. Pero, además, por aquel entonces éramos los reyes, porque el atletismo era el verdadero deporte rey".

Al mismo tiempo que aquel joven soñaba con correr cada vez más rápido, comenzó a formarse también el futuro masajista. Autodidacta, desde los 13 años tuvo que aprender a cuidar a su padre paralítico y la curiosidad que siempre le ha caracterizado hizo que poco a poco fuera formándose cada vez más: primero, atendiendo a su padre en el día a día; después, sin parar de estudiar y formarse a través de los libros que incluso llegaba a comprar desde Argentina; y por último, a través de infinidad de viajes, desde China a Brasil, donde fue conociendo y cogiendo todo lo que pudo de todas las medicinas tradicionales del mundo. Hasta que, consciente de que en aquel atletismo primigenio había un gran vacío en el campo de la recuperación de las lesiones, comenzó a tratar a sus propios compañeros y años más tarde se convirtió en una parte fundamental de la selección nacional, siempre de la mano de José Luis Torres, quien lo conoció mejor que nadie y quien llegó a hacer de Pontevedra un centro neurálgico de las concentraciones de atletas para poder trabajar a su lado.

La explosión llegó en los Juegos Olímpicos de México 1968. En la altura de Ciudad de México, dentro de los Juegos de Bob Beamon, Fosbury, el Black Power y la revolución del tartán sintético que cambió para siempre al atletismo, Torrado se convirtió en toda una institución dentro de la villa olímpica, siempre dispuesto a ayudar a los atletas, independientemente del país al que representaran. Y a sus manos llegaron atletas prácticamente lesionados como el triplista italiano Giuseppe Gentile, amigo de Pipe Areta, el pertiguista estadounidense Bob Seagren, a través de Ignacio Sola, o el mediofondista alemán Bodo Tümmler, de la mano de su amigo Jorge González Amo. Todos ellos salieron con una medalla olímpica al cuello, de la que hoy continúan eternamente agradecidos al masajista gallego, a quien no dejan de recordar en las conversaciones con sus viejos amigos españoles.

Aumentando la leyenda, junto al atletismo luego llegaron las selecciones nacionales de baloncesto y boxeo. Otros cuatro Juegos Olímpicos más (Múnich 1972, Montreal 1976, Seúl 1988 y Atlanta 1996). Los clubes de fútbol de Pontevedra y Zaragoza. Los equipos de baloncesto del OAR de Ferrol y el Breogán de Lugo. Los viajes en peregrinación a Pontevedra de deportistas de todo el mundo como huida a todo tipo de lesiones. Y las noches infinitas en Elgoibar y los mejores croses del norte de España, donde aún resuenan sus risas junto a los atletas. Entre medias, tantas otras historias, como el recuerdo de los entrenamientos con Gayoso soñando con Vallehermoso. El trabajo con Rafa Blanquer cuando los ocho metros parecían un imposible. La recuperación de Arturo Ortiz para que pudiera seguir volando más alto que nadie. La transformación de Alejandro Gómez en el plusmarquista español de maratón. Los secretos que hicieron que Iván Raña colocara a España en lo más alto del triatlón mundial. O el espíritu que sus hijos heredaron de él y que, tras años de estudio, siguen manteniendo vivo en el Centro de Recuperación José Luis Torrado de Pontevedra.

¿Cómo recordar a las próximas generaciones a una figura que siempre estuvo ahí?

Igual que las mejores historias que se cuentan al calor de una hoguera, los atletas a los que trató durante las décadas en las que nació el atletismo moderno seguirán hablando maravillas de él a todos los que quieran escucharles, recordándole siempre entre risas, hierbas y sus famosos emplastos.

Al lado de aquellos relatos, quedará su imagen en la villa olímpica de México 1968, reflejo del auténtico espíritu olímpico y gracias a la que ha sido homenajeado recientemente por los Comités Olímpicos de México y España: "Nunca he vivido nada tan bonito como estar en una olimpiada y poder seguir trabajando a las tres de la mañana con atletas de todo el mundo, sin distinguir entre un equipo u otro. Sin descanso. Todos juntos por un mismo sueño".

Dentro del álbum de fotografías de la historia de atletismo español quedará su recuerdo como atleta en las viejas pistas de ceniza, corriendo con un calzoncillo de su padre y una camiseta de felpa blanca antes de refugiarse en un chándal gastado por el paso del tiempo.

Y, por último, quedarán para siempre las palabras de Pedro Escamilla, maestro de cronistas y seguramente la persona que mejor supo describir el verdadero significado de su historia: "Torrado fue siempre el hombre necesario, importante. Una especie de agua bendita para las lesiones y un ser importante que transmitía alegría e inoculaba optimismo con la inyección de su carácter abierto, risueño, comprensivo y leal". Pocos lugares más cargados de romanticismo que la leyenda del Bruxo Torrado.

Y por ello, no debemos de dejar de volver a su historia y a los valores con los que la escribió: "El atletismo lo ha sido todo para mí. El lugar al que pertenezco y donde he sido feliz. El lugar en el que trabajé con los atletas sin pedir nunca nada a cambio, porque el deporte y la vida en los que aprendimos a creer se miden por otras muchas cosas". Tan simple como extraordinario. Tanto, que quizás sólo los más sabios saben verlo.

Comparte la noticia:





Imprimir esta noticia































Servicio Oficial diseñado y producido por ATOS España. © Copyright 2020 / RFEA 1997-2020. Reservados todos los derechos.

| AVISO LEGAL | POLÍTICA DE PRIVACIDAD | Ejercicio de derechos ARSOL |