Real Federación Española de Atletismo





 viernes, 04 de septiembre de 2020   ENTREVISTA WEB 86/2020
Las fronteras de Loli Pedrares

Por : Fernando Miñana


A Loli Pedrares siempre le gustaron las fronteras. Quizá porque nació y vivió en una, la de Tui, en la orilla norte del Miño, donde solo tenías que cruzar un puente y ya estabas en Portugal. "Ahí ibas todo el día con el pasaporte encima", recuerda ahora, a sus 47 años, cuando sigue vinculada al atletismo trabajando en el Programa de Atención al Deportista de alto nivel del Consejo Superior de Deportes en Pontevedra. Pero entonces, de niña, aquel puente fronterizo era la vía de entrada de ingresos para la economía familiar porque muchos portugueses, hartos de que en sus tiendas no hubiera de todo, preferían cruzar a Tui y comprar en el supermercado de los Pedrares.

También hubo fronteras que se resistieron. Una, importante, fue la de Grecia. "Esa es mi gran espinita en el atletismo, no haber ido a los Juegos Olímpicos de Atenas", sigue lamentándose dieciséis años después. Se quedó a un palmo estando en un gran momento de forma, y eso le fastidió.

Loli es de una de tantas españolas que llegó al atletismo por la pasión por este deporte de un maestro, don Alfredo en este caso, que ponía a sus alumnas a correr, a saltar y a lanzar. "Y yo era la que más corría, la que más saltaba y la que más lanzaba", recuerda sobre aquellos años de 'rapaciña' en los que practicaba la longitud en un foso de arena al que se llegaba por un pasillo de alquitrán "duro de narices".

De ahí pasó al equipo de atletismo del Club Remo Tui. El primero de sus tres equipos. Porque Loli Pedrares solo conoció otras dos camisetas: la del Celta y la del mítico Valencia Terra i Mar (diez temporadas). El problema del club de remo es que tenía remos, pero no tartán, así que tenía que entrenar en una cancha de baloncesto de asfalto. Desde allí lanzaba el disco hacia el prado que había enfrente.

Aquel brazo comenzó a llamar la atención en Galicia y no tardó en pasar al centro de tecnificación de Pontevedra para entrenarse con Santi Ferrer. Con él siguió los dos primeros años de carrera -estudió INEF en Coruña- a distancia, pero era "muy complicado" y en Tercero pasó al grupo de Raimundo Fernández en La Coruña, el técnico que, atendiendo a que no tenía una gran envergadura -"no soy Tachenko y mido 1,66", bromea-, la condujo hacia el martillo, un prueba nueva en el programa femenino. "Yo, en estas cosas, siempre soy de tirarme a la piscina y me puse a lanzar también martillo. En 1997, como tienen técnicas muy diferentes, ya dejé el disco. Y empecé a destacar…".

Ese mismo año firmó el primero de sus once récords de España. Loli elevó el tope nacional desde los 57,04 metros hasta los 61,46 metros (2001). Y puede dar la sensación de que esos 61 metros y medio fueron su techo, pero sería un gran error. La pontevedresa no batió más veces la plusmarca nacional, pero aún realizaría 61 lanzamientos por encima de ese último récord de España. Solo que ya siempre por detrás de la gran Berta Castells. Y llegaría en 2004, el año de los Juegos de Atenas, a tirar 67,14, ya con 31 años, que quedó como su marca personal. Y está convencida de que valía más, cerca de los 70 metros, o eso decían los entrenamientos. "Pero eso, en realidad, son chorradas. Porque vales lo que lanzas. Y ya está".

Cuando acabó la carrera y el doctorado se mudó a Madrid. En el año 2000, quizá el más providencial de su carrera, decidió confiarle la técnica a Raúl Jimeno. Esa temporada cruzaría una nueva frontera en Brasil para volver de Río de Janeiro con una medalla de oro en los Juegos Iberoamericanos, un nuevo récord de España (61,39) y la amistad con un discóbolo cubano llamado Frank Casañas, hoy su marido y padre de Hugo y Olivia. "Fue uno de esos viajes en los que todo sale bien. Llovió y aún así hice una buena competición, y conocí a Frank. Aunque no volví a verlo hasta 2004". En Madrid, en la Blume, conoció a las grandes martillistas cubanas Yipsi Moreno y Yunaika Crawford, y a Eladio Hernández, su entrenador. Se hizo amiga de Yipsi y en 2004, cabizbaja por la decepción de Atenas 2004 y una lesión de espalda, decidió que había llegado el momento de cruzar otra frontera. Y se marchó a Cuba.

Loli vivió seis meses en La Habana. Llegó en noviembre y se marchó en mayo, justo a tiempo de disputar la Copa de Europa con su club, el Valencia, y afrontar la temporada al aire libre. "Me fui a la aventura, sin saber qué iba a encontrarme allí", explica ahora con la satisfacción de haber superado un reto. "Y allí me encontré un país maravilloso en un situación difícil. Conviví con gente estupenda que entrena muchísimo. Aprendí mucho y no solo de atletismo, también de la vida. Pasé seis meses fantásticos que marcaron mi vida y que me dieron al que después sería mi marido. Fue la mejor experiencia de mi vida".

La transformación no fue solo personal, también atlética. "Abrí mucho la mente", explica tras haber visto a gente joven enfrentarse al deporte como un modo de subsistencia. "Allí el atletismo es una manera de salir adelante. Es otro rollo; una manera de vivir".

Loli se instaló al principio en la villa que se construyó en su día para los Panamericanos, la competición que dio nombre al mítico estadio del que han salido tantos y tantos portentos cubanos. Allí acabó compartiendo un apartamento con Pepe Hermoso -un lanzador de jabalina gaditano-, que llevaba otro ritmo de vida. Porque allí Loli descubrió que las estrellas cubanas solo vivían para el atletismo. Y allí, en aquel estadio, pudo sentirse minúscula al lado de la majestuosidad de Yipsi Moreno, campeona olímpica y mundial de lanzamiento de martillo, que acababa de ganar la medalla de plata en Atenas. "Era una inspiración y una puñeta… Porque era tan buena. Y muy buena persona, me ayudó muchísimo en el entrenamiento. Yo en mi vida había entrenado tanto. Porque allí seguías el ritmo o te ibas para casa. Si volví a casa por Navidad con diez kilos menos".

En mayo regresó a España para quedarse y unos meses después, tras el Mundial de Helsinki, llegó Frank. "Así que solo he vuelto a Cuba de vacaciones y a ver a la familia". Casañas, un discóbolo que está al borde de la retirada, recibió la nacionalidad española en la primavera de 2008 y en verano logró una quinta plaza en los Juegos de Pekín.

Loli Pedrares, que lanzó casi cien veces por encima de los sesenta metros, fue la mejor martillista española hasta que irrumpió una joven tarraconense llamada Berta Castells. Asumió que era mejor que ella, pero entrenó y compitió cada vez con la idea de derrotarla. "Sin ella creo que no hubiera lanzado tanto. Porque puedes dejar de ser la mejor pero el atletismo te sigue ofreciendo la posibilidad de seguir peleando por lo que vales, por las mínimas, por las becas y por tus objetivos. Puedes hacer eso o rendirte. Y yo nunca me rindo".

La lanzadora gallega es una fanática del atletismo, pero tenía claro que no quería arrastrarse dentro de la jaula. Y en 2008, en el Campeonato de España de Tenerife, se marchó cediendo únicamente ante dos lanzadoras próximas a los 70 metros: Berta Castells y Laura Redondo. "Pero no me he desenganchado del atletismo ni lo haré. Los primeros meses seguía yendo a entrenar. Luego, embarazada, seguía con las pesas, y mi marido me pegaba unas broncas… Hasta que fui madre y lo dejé. Pero no quiero volver a coger un martillo porque empezaré a lanzar otra vez. Porque a mí esto me encanta y dejarlo fue doloroso. Y ahora vemos las Diamonds con los niños, pero me da igual si son atletas, solo quiero que sean felices". Aunque ahora es otra época. Unos tiempos que no tienen nada que ver cuando los lanzadores de La Coruña se tenían que ir al monte Xelo con sus hierros porque habían decidido dejar la pradera para el equipo de rugby, así que se marchaban a unos quince kilómetros. "Y allí lanzábamos, en medio de unos prados de la leche donde muchos días estábamos rodeados de ovejas, y así estuvimos casi una temporada entera".



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