Real Federación Española de Atletismo





 jueves, 04 de junio de 2020   ENTREVISTA WEB 51/2020
Niurka Montalvo: de La Habana a Sevilla

Por : Fernando Miñana


El triunfo de Niurka Montalvo en el Mundial de Sevilla fue mucho más que una medalla de oro.

No hay 'spoiler' posible. Todos sabemos cómo acaba esta historia, con Niurka Montalvo subida en la cresta del podio del Mundial de Sevilla 99, el himno de España sonando en el estadio de La Cartuja y el público entregado a la saltadora, convertida de golpe, de un día para otro, en un fenómeno de masas.

Pero la historia comienza a 500 kilómetros de Sevilla, en el aeropuerto de Barajas, cinco años antes. Un bullicioso grupo de atletas cubanos está facturando el equipaje después de pasar varias semanas compitiendo en Europa. Las maletas van a tope, con cantidad de productos que no hay en Cuba escondidos entre pantalones de chándal y zapatillas. El velocista Andrés Simón está apurado porque lleva demasiados bultos y aborda a un español que espera en la cola. "Perdone, señor, ¿le importaría pasarme esta bolsita?", le pregunta, zalamero, con esa guasa caribeña, mientras lo compañeros observan la jugada. El español dice que sí pero en cuanto coge la 'bolsita' y nota como le cede el brazo entiende el apuro.

Al final todos acaban dentro del avión y, nada más despegar, aquel español, José Saleandro, se va a por Simón para cobrarse el favor. "Perdona, chico, ¿te importaría cambiarme el sitio?". La maniobra la recuerda ahora, 52 años recién cumplidos, Niurka Montalvo (La Habana, 1968). "Se sentó a mi lado en el avión y estuvimos hablando todo el vuelo. Y en cuanto llegué a Cuba, me lo encontré en el estadio Panamericano, que yo entonces no salía de allí. Cogimos confianza, se fue y al año siguiente regresó y ya empezamos una relación".

Niurka era feliz en La Habana. Vivía en el barrio de Los Pinos con su madre y sus hermanas y entrenaba a diario en el Panamericano, un templo del atletismo, en el grupo de Sigfredo Banderas, que también preparaba a Yamilé Aldama o Yoelbi Quesada. "Por eso la idea era casarnos en Cuba y al final de mi carrera deportiva ya decidir dónde nos instalábamos. Pero cuando me fui a casar vieron que era deportista de élite y empezaron a poner inconvenientes. Te falta un sello, luego que te falta este papel, y así cada vez que iba con todo. Yo tenía 26 años y tenía claro que nadie iba a decidir por mí cuándo y con quién me iba a casar. Y fue cuando decidí marcharme".

José Sanleandro había nacido en La Línea de la Concepción (Cádiz), pero había crecido y estudiado en Alemania, y vivía en Gelsenkirchen. Niurka esperó hasta la siguiente concentración del equipo cubano en Guadalajara para escaparse. Se plantó en La Línea y, tras dos días, se marchó a Alemania por miedo a que le echaran el guante en España por desertora. "En el aeropuerto vi que me seguían unos agentes cubanos. Hay que tener en cuenta que no era como ahora, entonces era algo excepcional".

Después regresó a La Línea, en busca del sol y la playa, y pasó la temporada invernal entrenándose sola. De vez en cuando tenía que ir al consulado de Cuba en Sevilla para lograr algún papel que acreditara que era ella. Y en marzo, ya documentada, regresó a Alemania y comenzó a entrenar con Eckhart Hurt. "Le estaré eternamente agradecida por su apoyo incondicional y el de su esposa", apunta. Esa temporada de 1998 la pasó en Alemania y después se casó en Marbella con su pareja. No fue un año sencillo. Niurka pasó del Caribe al invierno del norte de Europa, sin entender el idioma y preparándose sola salvo dos días que iba a Düsseldorf a que Hurt le viera el talonamiento y revisara su técnica. Pero nunca fue una mujer que se arrugara con facilidad y su carácter la sacó adelante. Ese verano llegó a saltar más de 6,90 y completó la Golden League -anterior denominación de la Diamond League-. "No estuvo mal. También hice en el Mitin de Madrid, mi única competición en España porque nadie más se atrevió a enfrentarse a la delegación cubana y prefirieron vetarme. En Madrid hablé con gente del atletismo cubano porque estaban saboteando mi carrera en Europa. El organizador del mitin de París, por ejemplo. prefirió pagarme en función del puesto que hubiera logrado por ranking que dejarme competir. Hasta que el de Zúrich se plantó y ya todos me dejaron en paz. Cuando hablé con los cubanos les dije que yo aún estaba dispuesta a competir por Cuba, que yo solo me había casado, que no había pedido asilo político, pero me dijeron que no. Ellos solo querían que le pidiera perdón a Juantorena y volviera a Cuba sin hacer ruido, pero yo soy rebelde y no entendía por qué tenía que pedir perdón, así que les dije que era mi profesión y que yo decidía qué hacer con mi vida".

La Golden League llegó a Bruselas y allí se le acercó Rafa Blanquer. El valenciano le contó que era exsaltador y entrenador y que dirigía el club de su tierra. "Me propuso irme a Valencia y fichar por el Terra i Mar. Ahí se me abrió el cielo porque vivir en Alemania era muy duro para mí, no entendía nada". Ese invierno cargaron el coche, dejaron atrás Alemania y pusieron rumbo a Valencia con una parada en Burdeos para ver a su hermana, que vivía en Francia. "En Valencia encontré mi sitio. Me encantó el ambiente del grupo, con Glory Alozie, una Concha Montaner jovencísima, Joan Ekah, Elena Córcoles...".

Como estaba casada con un español solo necesitó un año para lograr la nacionalidad española, que fue autorizada tres meses antes del Mundial de Sevilla. Ahí ya estaban inmersos en su preparación y unos días después participó con el Valencia Terra i Mar en una Copa de Europa de Clubes durísima en la que Niurka acabó tercera, tras Inessa Kravets y Fiona May, pese a saltar 6,84, que en ese momento fue un nuevo récord de España.

Se adaptó bien a Valencia y a Blanquer. "Yo presenté mis libros y mis diarios de entrenamientos y él hizo una buena combinación: lo que estaba bien no había que tocarlo. Me hizo bajar de peso en musculación, aumentar la velocidad corta y corregir algunos errores de abuso de fuerza en la entrada a la tabla", detalla sobre su nuevo método de entrenamiento.
Unos días antes de irse a Sevilla saltó siete metros por primera vez en su vida. "Mucha gente se puso a decir que como era en Sierra Nevada, en altitud, que así cualquiera... Y yo decía que ya tenía 6,93, que no se me había aparecido la Virgen, que había batido dos veces el récord de España... En fin, que yo sabía que iba avanzando adecuadamente para afrontar el Mundial".

Por el camino no le asaltaron dilemas de tipo moral. La saltadora solo pensaba en llegar en plenitud al Mundial y demostrar que nadie podía dirigir su vida. Su misión no era únicamente deportiva, como se demostraría un año después, cuando Cuba impidió que la campeona del mundo compitiera en los Juegos Olímpicos de Sídney, el momento más doloroso hasta entonces. "Cambiar de pasaporte no cambiaba quién era. Yo tenía muy claro que era una cubana adoptada por España, y estaba encantada. Porque, además, había mandado el mensaje de que no se acababa el mundo si salías de Cuba, aunque ellos te lo vendieran así. Mi decisión tuvo mucha repercusión; se produjo mucho revuelo".

Y llegó el Mundial. El día de la calificación. El primer salto en Sevilla. "Salté bien, caí en el foso y me midieron la huella que dejó el pelo. A Rafa casi le da algo. '¡Te recoges la coleta!', se puso a chillar. En el segundo ya salté 6,50 y en el tercero 6,78 y me metí en la final".

La final de salto de longitud fue por la tarde-noche. "Calor había pero no me molestaba nada. Y supongo que a Fiona May tampoco. Ella era como yo. Una inglesa nacionalizada italiana tras casarse con un italiano. Las tres primeras de hecho, lo éramos, porque Marion Jones (estadounidense) en realidad es de Belice".

Aquel 23 de agosto de 1999 fue su coronación como atleta. Salió a la pista y comenzó a ver banderas de España que llevaban su nombre. Y cada vez que se levantaba y se iba al pasillo de saltos, el público enloquecía. "Aquello me daba unos subidones... Me preparaba para saltar y parecía que se fuera a caer el estadio. Y, claro, salía desbocada hacia la tabla. Rafa me pidió que me tranquilizara porque me estaba acelerando. Pero es que el público era una pasada, increíble. Esa sensación de que mucha de aquella gente había ido a verme a mí fue muy emocionante. Dejé la bolsa en el suelo y la sensación era de que tenía las piernas flojas. Me temblaban un poco. Y me dije: ha llegado la hora y no puedo fallarles".

El primer intento, pese a llegar a la tabla como un torrente, fue tranquilizante. "Hice 6,80 y así ya sabía que pasaba a la mejora, con lo que ya pude centrarme únicamente en competir". El segundo fue algo inferior (6,77) y el tercero, nulo. En el cuarto mejoró hasta 6,88. Se colocaba segunda. Y, tras otro nulo, llegó la última ronda de saltos. La italiana Fiona May iba primera; Niurka, segunda, y Marion Jones, tercera. "Marion Jones se la jugó e hizo nulo en el último. Era un nulo muy largo, de más de siete metros". Y llegó su turno. Su sexto intento. La última oportunidad de superar a la italiana. "En cuanto Marion Jones hizo nulo la gente comenzó a chillar de tal manera que tuvieron que parar las carreras. Yo me giré, cerré los ojos y me concentré porque el subidón era tremendo, tenía ganas de comerme la tabla".

Niurka salió lanzada para empezar una carrera de 15 apoyos. "Iba corriendo y todo el público me acompañaba. ¡Pum, pum, pum! Iba como flotando y tuve que frenar en los últimos apoyos". Entonces metió el pie, apurando al máximo, y salió despedida, un vuelo de dos y medio, que le llevó muy lejos. "Caí, me levanté, vi que era muy bueno y que el juez levantaba la bandera blanca. Sabía que había superado los 6,94 de Fiona, entonces vi que había saltado 7,06 y se produjo una explosión. Pero justo después me senté y me callé. Si yo había ido a por Fiona estaba claro que ella iba a ir ahora a por mí". Pero no arriesgó y terminó segunda.

El pie de batida de Niurka quedó inexplicablemente cerca de la plastilina de la tabla. La punta de su zapatilla, unas Reebok que había disfrazado de Adidas, la marca que le patrocinaba, terminaba hacia arriba y eso, y que el gesto acaba con el pie saliendo hacia atrás, evitó que dejara una marca, aunque Fiona May, reina destronada, vio en aquella decisión una injusticia. Pero el juez-árbitro, Fabián Felipe Somoano, lo consultó, para asegurarse, con el juez ITO (Técnico Internacional Oficial) de la IAAF, un húngaro, quien coincidió en su apreciación.

Niurka Montalvo, la hija de Arístides, un estibador de La Habana, y Ramona, que trabajaba en una fábrica de confección de medias, era la nueva campeona mundo. La casa de Ramona, llena de periodistas, comenzó a recibir a los vecinos, que acudían a felicitarla, tremenda bulla, por el sensacional triunfo de su hija, que se abrazaba a su gente justo antes de dar la vuelta de honor en La Cartuja. Alguien le tiró una bandera de España que llevaba de poncho. Y otra persona le lanzó una de Cuba. Niurka cogió las dos, dio un beso a la de su país de nacimiento y la lanzó de nuevo a la grada dando las gracias. "Yo no quería que se tomara como una provocación. Porque si mi marcha provocó tal revuelo, imagínate este triunfo. Si nada más llegar a la zona mixta, la primera pregunta que me hicieron fue: '¿A quién dedicas esta medalla? ¿A Fidel?' Pero yo seguía en una nube. Una cosa así no se asimila de golpe. Si incluso al día siguiente te despiertas y piensas: ¿Esto ha sucedido de verdad? No es solo la medalla de oro, es el momento, las circunstancias, vivirlo de forma compartida con toda aquella gente que llenaba el estadio...".

Aún pasó un buen rato en La Cartuja. La zona mixta, donde le pusieron por teléfono a su madre, en plena celebración con un montón de cubanos felices por su éxito; la ceremonia de entrega de medallas, con Mariano Rajoy, entonces Ministro de Cultura y Deportes, colgándole el oro, y la salida del estadio... Porque, en una tarde, Niurka había pasado de ser una atleta casi desconocida a convertirse en un fenómeno de masas que duró unos años. "Salí del estadio y no podía avanzar: la gente me asaltaba. La policía tuvo que intervenir para sacarme de allí. Pero si otro día fui a un parque con una amiga y de repente vimos que venía una avalancha de gente. Ella, una heptatleta cubana, no podía dejar que la vieran conmigo y salió corriendo, y a mí me tuvo que rescatar otra vez la policía".

Ante ese panorama, Rafa la cogió y se la llevó a celebrar el triunfo en un restaurante de Sevilla. "Sacaron varias cosas de picar pero yo solo recuerdo los pescaditos. No pude ni ir a ducharme. Llevaba el cuerpo lleno de arena. También vino con nosotros Manolo Tarancón, que era el conseller de Cultura de la Generalitat Valenciana, y me escribió un poema". Y de allí al hotel, para pasar la noche insomne viendo en el techo aquel salto magnífico que le cambió la vida. "Me hice famosa. Un día iba con mi madre por el aeropuerto y unas adolescentes comenzaron a chillar al verme. Mi madre se moría de la risa. No lo podía entender. A partir de ese momento todo el mundo sabía qué hacía, a dónde iba y con quién. Así que los lunes llegaba a las pistas y el profe (Rafa Blanquer) ya sabía todo lo que había hecho el fin de semana...".



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