Real Federación Española de Atletismo





 miércoles, 03 de junio de 2020   ENTREVISTA WEB 50/2020
Martín Fiz: Mismo sitio, distinto lugar

Por : Miguel Calvo


Igual que los músicos vuelven una y otra vez a sus viejas canciones para reinventarlas de nuevo, para reencontrarnos con una gran parte del alma de Martín Fiz y de la historia del maratón español siempre regresamos a un caluroso día del corto verano que habita en las ciudades de Goteborg y Helsinki, situadas antes del fin del mundo que se encuentra al norte del norte.Fue el comienzo de la leyenda

"Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida", como cantaba Chavela Vargas.

El pasado verano, al cumplirse 25 años del triplete español en el europeo de Helsinki, Fiz soñó con regresar a la capital finlandesa. Con volver al lugar donde vivió su carrera más emotiva, con forma de un abrazo final infinito. Con volver a escuchar la vieja canción que trae la melancolía del paso de los años y las ausencias de quienes ya se fueron. Y con pasear con su familia por los mismos lugares que encierran una de las mayores tradiciones del atletismo mundial mientras recordaba las emociones que sintió allí corriendo escapado junto a sus amigos Diego García y Alberto Juzdado.

Todavía con las emociones a flor de piel, este verano se cumplen 25 años del título de campeón del mundo del corredor vitoriano, quizás su gran obra maestra, aunque él apele más al significado del abrazo de Helsinki o la cima que hubiese sido una medalla en los Juegos Olímpicos de Atlanta y Sidney, donde terminó en cuarta y sexta posición respectivamente. En esta ocasión, Fiz soñaba con celebrarlo corriendo con su hijo el maratón de Nueva York que cumple 50 años y que finaliza en el mismo Central Park donde nació el boom de las carreras populares con Fred Lebow, pero la pandemia mundial lo ha puesto todo en vilo y, mientras, poder recordar con Martín el maratón de aquel campeonato del mundo es una fiesta.

El calor cuando se dio la salida a las 14:00 h. El circuito sinuoso al que había que dar tres vueltas, totalmente abarrotado de público. La inteligencia con la que corrieron los españoles, escondidos gran parte de la carrera aunque él y Diego García estuviesen acostumbrados a correr siempre en cabeza. El momento en el que el brasileño Dos Santos rompió las hostilidades. Los inolvidables 10 kilómetros finales. El instante en el que Dionicio Cerón se fue por delante. Y, sobre todo, el momento en el que sintió que la zancada del mexicano cambiaba por el cansancio y se lanzó a por él, le dejó atrás con un fuerte hachazo y voló hasta la victoria.

Dentro de aquel gran final, entre los kilómetros 35 y 40 se corrió el parcial más rápido de toda la carrera (14:48). Y Fiz fue el único capaz de correr los últimos kilómetros a 2:57.

"Venía de correr en Rotterdam en 2h08:57, con un último kilómetro en 2:46, pero ni mi marca ni mi velocidad eran lo que me daban opciones al triunfo final - recuerda el propio Martín Fiz -. Rotterdam era una recta infinita, al nivel del mar, pero yo he sido más de circuitos ratoneros, de recorridos con calor y mil inconvenientes, como en Goteborg. Ahí es donde toca saber sufrir y donde podías plantar cara a los mejores corredores del mundo".

El resto, un triunfo basado de nuevo en las mismas raíces espirituales que Helsinki: la amistad entre García, Juzdado y Fiz, la sintonía de todo el equipo que formaban con sus entrenadores, las concentraciones en Navacerrada y el apoyo de los amigos que antes habían sido los ídolos de una generación que tuvo que reinventarse a partir del barro del cross y de la dureza de la vida, como el Taca Prieto.

"Todos nuestros secretos están en Navacerrada, en el espíritu de compañerismo que creábamos allí. En esas montañas buscábamos la soledad entre los tres y fuimos capaces de encontrar el equilibrio perfecto entre las tiradas largas que reflejaban la personalidad de Diego y los entrenamientos de calidad que nos definían a Alberto y a mí".

¿Qué es ganar?, le preguntamos a Fiz en busca de ese gen ganador que comparte con otros amigos como Fermín Cacho o Abel Antón y que se encuentra detrás de sus éxitos como profesional y, sobre todo, del hecho de que a sus 57 años siga viviendo en la actualidad de reto en reto como quien es capaz de vencer al paso del tiempo.

"Ganar es el trabajo bien realizado -afirma el corredor vitoriano -. Una mezcla de saber descubrir el talento que tienes, trabajarlo y no dejar nunca de perseverar. Yo tuve la suerte de descubrir que mi talento era el deporte, dentro de él la carrera de larga distancia, y más en concreto el maratón. A partir de ahí no dejé nunca de trabajar sintiéndome muy afortunado por convertir mi pasión en mi trabajo".

"Cuando preparas algo con toda la fuerza del mundo, siempre sientes vértigo - continúa Fiz intentando describir a los más jóvenes si antes de una gran victoria hay más miedo o ilusión -. Yo incluso diría que ese vértigo tiene dos variantes. Por una parte, cuando no has trabajado todo lo que deberías te lleva a buscar excusas, a poner todas las pegas posibles para protegerte. Por otra parte, cuando has dado todo lo que tienes, está más relacionado con el miedo y con la verdadera ansiedad del deporte de alta competición".

"Antes de viajar a Goteborg, cuando iba con mi mujer en el coche al aeropuerto, recuerdo que llegué a pedirla que detuviera el vehículo, que se diera media vuelta y que no me llevara a coger aquel avión. Pero por suerte siempre sabía mirar en mi interior e intentar convertir ese miedo en ilusión, aunque en muchos casos es algo que llega a bloquear al deportista".

Tras cruzar la meta en el estadio, las imágenes nos devuelven a Martín Fiz corriendo feliz junto a la grada con la bandera española y con la ikurriña mientras esperaba a Juzdado y García, que acabaron quinto y sexto, y sin parar de gritarse a sí mismo: "¡Campeón! ¡Campeón!", como quien parece que tiene que autoconvencerse de lo que acaba de ocurrir.

"En ese momento, incluso siendo algo con lo que llevas soñando toda la vida, ni siquiera eres capaz de asimilarlo - continúa Fiz -. De repente te sientes dentro de un sueño, como en una escena de esas películas en las que el protagonista puede verse a sí mismo desde fuera a cámara lenta. Pero piensas que no es verdad. Estás en una nube".

"Realmente, fue ya en casa cuando fui consciente de que era campeón del mundo: cuando regresé a la rutina y volví a salir por mis caminos de siempre. Allí, en la soledad del bosque, es cuando me di cuenta de lo que había conseguido y no pude parar de llorar mientras seguía corriendo".

Mientras, una y otra vez podremos volver a las retransmisiones de las carreras de Helsinki y Goteborg. La televisión nos devuelve al Martín Fiz de siempre. Con su barba de varios días. Con esa mirada fija en la meta que representa el amor de todas nuestras generaciones por el maratón. Y con una pequeña medalla sujeta a una cadena que no para de golpearle el pecho.

"Por aquel entonces, en Vitoria compartía un programa de radio con el alpinista Juanito Oiarzabal. A él le llamaban Rompetechos y a mí me bautizaron Correcaminos (¡Fiz, Fiz!). Un joyero me hizo una pequeña medalla con la silueta del correcaminos y me acompañaba en todas las carreras".

Seguramente, en ese momento ni el joyero ni el propio Fiz pensaron que el verdadero maratón nació en la lejana Grecia. Ni que en griego Dromeas significa corredor. Ni que la palabra tiene la misma raíz que Dromo, que podría traducirse como calle o camino.

Correcaminos. Ir para volver. Tan lejos de casa como una tarde de verano en Goteborg o en Helsinki, y tan cerca como un día más en el bosque de siempre llorando como un niño mientras sientes que eres campeón del mundo.

El mismo sitio, pero distinto lugar.





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