Real Federación Española de Atletismo





 miércoles, 27 de mayo de 2020   ENTREVISTA WEB 48/2020
Mi regalo de cumpleaños a Mariano Haro

Por : Alfredo Varona


Mariano Haro. Para mí es como un libro de historia.

Mariano Haro. Para mí es un personaje infinito que hoy me atrevo a resumir a través de una fotografía que, 48 años después, aún respira como si estuviese viva, porque son de esas fotografías que no se olvidan nunca con una capacidad inmensa para ponernos a todos de acuerdo.

Mariano Haro. Para mí es ésa fotografía que viaja hasta la final de los JJOO de Munich del 72 en la que aparece él con un dorsal gigantesco (el 169) y con una estrategia que no tiene miedo a nada. Y que nos recuerda que esa es la principal condición para triunfar: renunciar al miedo.

Mariano Haro. El atleta que en esa fotografía ya tiene 32 años y que quizás está en el mejor momento de su vida. Sus piernas son la prueba más fiel de que todo es posible en un escenario que muestra un reparto inmejorable con Lasse Viren, con Mirus Yifter, con David Bedford, con Emil Puttemans o con Frank Shorter ahí detrás esperando su oportunidad.

Mariano Haro. Entre todos ellos, allí está él domiciliado en el más difícil todavía desafiando el complejo de superioridad de las grandes potencias, demostrando que ellos pueden ser más altos y más fuertes pero no más duros. Por eso 48 años después seguimos hablando de esa fotografía. Es más, yo la he elegido para felicitarle su cumpleaños.

Su 80 cumpleaños.

Mariano Haro es el atleta español que pelea con los mejores del mundo ya en la última vuelta de la final olímpica de 10.000. Y entonces los mejores del mundo eran los hombres blancos como prueba esta fotografía que cada año que cumple resulta más emotiva, más sabia. Al fin y al cabo, los recuerdos están hechos de emociones y las fotografías son los abogados defensores de esos momentos en los que pudo pasar de todo.

Mariano Haro. Al recordarle hay algo más importante que la lógica: la imaginación. A su lado, quiero imaginar a esa España del 72 en las casas o en los bares pegada, en cualquier caso, a esos televisores en blanco y negro en los que era imposible diferenciar el color de sus calcetines: amarillos, eran amarillos.

Y no pasaba nada.

Nuestro orgullo era el mismo.

Mariano Haro. El día en el que se retiró despedimos a un atleta que se aproximó al infinito; que había sido 27 veces campeón de España y que nos demostró que la admiración no nace sola: el mundo necesita admirar a los mejores, a soñar y a sufrir con ellos como en aquel septiembre negro de Munich del 72: qué bonito tuvo que ser.

Mariano Haro. Entre todos los protagonistas de esa final nadie mostró tanta decisión como Mariano Haro. De hecho, en el kilómetro 6 cuando se cae Lasse Viren él toma el mando de la carrera. Y adelanta a Bedford. Y el hecho de que Yifter y Puttemans se sumen a él no inquieta a ninguno de los que aquel día estaban pegados al televisor como mi padre.

Mariano Haro. Por sufragio universal se había elegido a Mariano Haro como el mejor. Hasta es posible que a los 32 años estuviese en el mejor momento de su vida y que probablemente no volviese a existir un momento así en su vida.

Y no existió.

Pero en la última vuelta siempre puede pasar de todo. Y Lasse Viren se recupera milagrosamente. Y miren que hasta entonces Mariano Haro le había ganado tantas veces, pero ñ hay momentos en la vida que no se eligen.

Y Puttemans avanza y va a ser segundo. Y Yifter tercero. Y Mariano Haro cuarto corriendo en 27'48" en una final que, pese a todo, fue como una obra de arte. Por eso su recuerdo es un orgullo y esa fotografía que me persigue durante todo el relato una enseñanza más importante que cualquier medalla olímpica.

Nos enseñó algo que hasta entonces no sabíamos: podíamos estar ahí.

Y, además, nos enseñó que hay derrotas a las que no se las puede reprochar nada. Por eso 48 años después seguimos poniendo de ejemplo ese día, regresando hasta Munich del 72, dejándonos acompañar por la nostalgia de un personaje irrepetible.

Mariano Haro. Hoy, su recuerdo también es mi manera de mandarle ánimo. Hace poco le llamé y su mujer me contaba que andaba desanimado, que desde el pasado año cuando sufrió el ictus ya no podía coger el coche y perderse horas y horas por el bosque como a él siempre le gustó. Y es difícil, claro.

No quise molestarle más.

Y entonces me acordé del atleta y de esa fotografía de los JJOO de Munich que mi padre me explicó cuando era niño y que me impactó para siempre. Los nombres se me quedaron grabados en la memoria. Desde entonces, quizás inconscientemente, nunca he dejado de imaginar que Mariano Haro siempre fue el mejor: un atleta prodigioso venido de donde venían los atletas de antes, los pueblos.

Allí se miraba al cielo y no se veía nada que no se pudiese alcanzar. De ahí que los límites los pusiese uno mismo, y no importaba que la historia no jugase a nuestro favor, porque al final la historia no gana ni pierde carreras.

Y por eso la diferencia de estatura y de zancada entre Mariano Haro y Lasse Viren, dorsal 228 en la fotografía, no impidió que luchasen mano a mano porque Mariano Haro tenía ese carácter que no se daba por vencido en la pista.

Hoy, casi 50 años después, quiero imaginar que allí en Becerril, donde vive, pasará igual y también quiero imaginar que le sobra fuerza para volver a los bosques, donde es verdad que la naturaleza nos hace más felices.

Y, por lo visto, la naturaleza es sabia.






 

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