Real Federación Española de Atletismo





 jueves, 07 de mayo de 2020   NOTICIA WEB 107/2020
El club de los atletas poetas

Por : Miguel Calvo




"Aprovecha el instante presuroso"
Horacio


En medio de la inmovilidad que poco a poco comienza a desperezarse, estos días siguen siendo un buen momento para abrir la caja donde guardamos las viejas fotografías que nos recuerdan que el deporte, tal y como escribió Jorge Valdano, está formado por sueños (futuro), emoción (presente) y una gran parte de nostalgia (pasado).

Uno de esos retratos nos devuelve la imagen del recientemente fallecido Francisco Aritmendi y nos invita a viajar a un tiempo que parece que hace mucho que dejó de existir, pero que realmente permanece atrapado en la luz de los interminables atardeceres velazqueños de Madrid.

A medio camino entre el verano y el otoño, la fotografía nos lleva de regreso al mes de octubre de 1962. Aquellos días, Madrid y el estadio de Vallehermoso eran un hervidero de atletas llegados desde el otro lado del Atlántico para la disputa de los II Juegos Atléticos Iberoamericanos. El silencio y la tranquilidad de la Ciudad Universitaria, abierta a la sierra de Guadarrama, se convirtieron en el mejor lugar para posible para alojar a los atletas. Y la imagen casi olvidada que recuperamos nos trae el recuerdo de un jovencísimo Aritmendi, que entonces probablemente no podía ni soñar con ganar el Cross de las Naciones o con competir en el estadio olímpico de Tokio, subido a una silla cantando la bulería de la Ovejita Lucera que popularizó Pepe Mairena, mientras que sus compañeros de la selección española sonreían en plena sobremesa.

Reflejo del ambiente que se vivía en aquella época en la que el atletismo español comenzaba a abrirse al mundo tras los Juegos Olímpicos de Roma y los primeros Juegos Iberoamericanos de Santiago de Chile, el equipo español se instaló en el mismo colegio mayor universitario en el que se albergaron las selecciones de Chile y Colombia.

Como anfitriones, los atletas españoles recibieron a sus compañeros chilenos y colombianos con una reunión de bienvenida en la que compartieron cánticos y risas. Instigados por el atleta Rufino Carpena, cuyo nombre artístico de Farrapes hizo que aquellas reuniones se bautizaran como Farrapadas, cada día todos los atletas se reunían después de cenar para pasar las veladas cantando o recitando hasta la hora de irse a descansar. Y poco a poco aquellas reuniones se fueron desbordando a medida que los atletas del resto de delegaciones alojados en otros colegios mayores se fueron uniendo también a las fiestas para escuchar o interpretar canciones y versos.

Hasta que todo desembocó en la gran fiesta de despedida que tuvo lugar en los jardines de Cecilio Rodríguez la noche del 12 de octubre. Convencidos de que la vida es una interminable fiesta alrededor de una guitarra, Pipe Areta cantó el Only You de los Platters, Rivero y Cano hicieron mover las caderas a todos a ritmo de twist y Rock and Roll, el venezolano Héctor Thomas pasó de ganar el decatlón a recitar poesías, el lanzador de jabalina portugués Santinho das Neves entonó canciones mexicanas y, entre tantos otros, el discóbolo cubano Modesto Mederes cantó A la orilla del mar como símbolo del océano que une y separa a los atletas de uno y otro lado.

Tras el Iberoamericano, los atletas españoles se embarcaron en una pequeña gira por ciudades como Coruña, Bilbao o Barcelona y el sonido de las guitarras, los versos, las risas y el espíritu de compartir las habilidades artísticas de cada uno se convirtió en uno de los signos de identidad de aquella generación de atletas españoles durante todas las competiciones y las concentraciones que llegarían durante los siguientes años.

Testigos de aquella época, tristes por las ausencias que nos han traído las últimas semanas, a través del teléfono Jorge González Amo y el propio Pipe Areta, una especie de capitán para todos con sus tres participaciones olímpicas entre Roma 1960 y México 1968, recuerdan emocionados aquella época en la que la vida, el deporte y la amistad se entremezclaban continuamente.

Durante la conversación rápidamente comienzan a sucederse lugares como Tolosa y la pista de Berazubi, con el recuerdo de tantas concentraciones vividas allí. Los encuentros internacionales, las Universiadas y los campeonatos militares. Las figuras de José María Cagigal y José Luis Torres. La imagen de Areta sentado al piano. Las guitarras de Garriga y Rafa Cano. La tradición poética de Jenaro Talens. El protagonismo de Rufino Carpena y Jesús Hurtado, siempre dispuestos a las bromas. La pillería de Mariano Haro, Carlos Pérez o Álvarez Salgado. La filosofía de vida de Ignacio Sola, José Luis Martínez o Jaime López Amor, a medio camino entre compañeros y maestros. La amistad con otros grandes atletas europeos de la época. Las concentraciones en Volodalen junto a los mejores fondistas del mundo. Los viajes imposibles. Las preolimpiadas. Los días olímpicos en México 68 que cambiaron la historia del atletismo mundial para siempre. Y la figura de José Luis Torrado "El Brujo" como maestro de ceremonias en ritos fundamentales como la patata del pufo que debía de meterse en la boca el atleta que hubiese hecho la peor actuación del campeonato o el bautizo de los novatos, quienes debían pasear ataviados con una sábana como romanos mientras Torrado les uncía aceites y recitaba versos en latín inventados sobre la marcha en medio de las risas.

"Todos queríamos ganar, pero no nos iba la vida en ello; no aspirábamos a vivir permanentemente en el podio. El ambiente que se vivía era muy distinto: convivíamos de verdad y por encima de todo éramos muy amigos", describe Pipe Areta a toda aquella generación irrepetible a medio camino entre la ceniza y el tartán, entre el futuro del deporte profesional y el espíritu del auténtico deporte universitario y amateur como forma de vida.

"Entonces los veranos eran mucho más largos - añade Jorge Gonzalez Amo -. Las temporadas duraban más tiempo, había muchas concentraciones y convivíamos muchísimo tiempo todo el equipo junto. Había una gran tradición de cantantes, y la amistad entorno a la música y las letras formaban parte de cada instante.".

"Al final - concluye Pipe Areta -, siempre acabamos volviendo a aquella pregunta que nos habla de la alegría de la infancia y de los sueños de la juventud: ¿te acuerdas cuando éramos felices y no nos dábamos cuenta?"

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Concentración del equipo español en Guadarrama en 1962
Concentración del equipo español en Guadarrama en 1962

La pista de la Ciudad Universitaria de Madrid, centro neurálgico durante muchas décadas
La pista de la Ciudad Universitaria de Madrid, centro neurálgico durante muchas décadas

El venezolano Héctor Thomas, venecdor en decatlón en los Juegos Iberoamericanos de 1962
El venezolano Héctor Thomas, venecdor en decatlón en los Juegos Iberoamericanos de 1962

Areta junto al entrenador Foto Álvarez (a su derecha) y Rafa Cano (a su izquierda) tocando la guitarra en el Estadio de Riazor en 1970
Areta junto al entrenador Foto Álvarez (a su derecha) y Rafa Cano (a su izquierda) tocando la guitarra en el Estadio de Riazor en 1970

José Luis Torres junto a jaime L´pez-Amor en la Pista Unviersitaria de Madrid
José Luis Torres junto a jaime L´pez-Amor en la Pista Unviersitaria de Madrid

Volodalen 1968
Volodalen 1968









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