Real Federación Española de Atletismo





 lunes, 13 de abril de 2020   ENTREVISTA WEB 31/2020
Miguel Navarro. Volveremos a correr bajo las antorchas

Por : Miguel Calvo


"La nieve hundirá los tejados"
Los montes (José María Martín Sarmiento, 1981)


Estos días inmóviles nos están enseñando que necesitamos buscar en las historias de nuestros mayores para intentar entender quiénes somos.

Como antídoto al tiempo robado, la Filmoteca Española ofreció la semana pasada en abierto la película Los Montes (José María Sarmiento, 1981), un viaje a un pequeño pueblo hoy deshabitado en la región del alto Sil de El Bierzo, a los pies del pico Catoute. Dentro de un mundo que estaba a punto de desaparecer, la película comienza con el fallecimiento del último hombre del pueblo y con las escenas cotidianas de las únicas mujeres que desde ese momento se quedaron al cargo de unas calles casi fantasmas. Por la noche, mientras velaban el cuerpo del fallecido, la película nos arrastra a las viejas historias que van contando aquellas supervivientes al calor de la hoguera, tejiendo entre todos sus recuerdos un mural de la vida que pronto también terminaría cuando ellas ya tampoco estuviesen, cuando la nieve hundiese sus tejados.

De la misma manera que la historia del pequeño pueblo permanece viva gracias a aquellos relatos, mientras que las malas noticias continúan golpeándonos durante estos días corremos a refugiarnos en las historias de nuestros abuelos para no olvidarlos nunca. En medio de la pena seguiremos recordando a Llorenç Cassi, Vicente de la Parte, Santiago Llorente, Feliciano Rodríguez Molina, José Antonio Martínez Bayo, Juan José Fuentes, Francisco Aritmendi y todos los que nos han dejado durante estos días tan duros. Cuando esta pesadilla termine abrazaremos todavía con más fuerza a todos nuestros mayores que aún tienen tanto que enseñarnos. Y entre los testimonios de toda aquella generación a la que le debemos todo lo que somos, seguiremos redescubriendo nuestra propia historia.

Igual que si imagináramos nuestra vida como una gran novela de aventuras, cualquiera de nosotros hubiésemos querido ser el maratoniano Miguel Navarro (Barcelona, 21 de noviembre de 1929).

Viajar a los Juegos Olímpicos de Roma 1960. Pasear por las calles de la ciudad eterna con José Luis Torres, Miguel de la Quadra-Salcedo, Tomás Barris, José Luis Albarrán, José Molins, Carlitos Pérez o Pipe Areta. Descubrir la gran belleza. Alojarnos en la villa olímpica como uno más de aquellos trece atletas que formaron la selección española. Y, sobre todo, correr aquel maratón olímpico que forma parte de la historia del deporte mundial gracias a los pies descalzos de Abebe Bikila y la meta que se situó junto al Coliseo en medio de un pasillo de antorchas.

Como un guiño a la historia de la ciudad romana, la salida de aquella carrera se situó en la Piazza del Campidoglio de la colina capitolina, el caput mundi o centro del mundo del Imperio Romano. Tras atravesar los foros imperiales y las Termas de Caracalla, el maratón continuó hacia las afueras de Roma en busca del atardecer infinito que dora las piedras de la capital italiana. Y a medida que caía la noche los corredores regresaron hasta el arco de Constantino que se sitúa junto a los pies del Coliseo, en medio del empedrado de la vía Apia iluminado con el fuego de las antorchas. Allí Abebe Bikila se hizo inmortal. Y como un sueño aquella noche Miguel Navarro finalizó en el puesto decimo séptimo con un nuevo récord de España (2h24:17), la mejor actuación de un atleta español en aquellos Juegos Olímpicos.



"Aquel maratón olímpico de Roma fue tan especial, tan bonito, que desde entonces nunca se ha podido igualar", recuerda todavía emocionado Miguel Navarro a punto de cumplirse 60 años de aquel histórico 10 de septiembre de 1960 que también forma parte de la historia centenaria del atletismo español.

El pasado mes de noviembre Miguel Navarro cumplió 90 años y es el atleta olímpico español vivo de mayor edad desde que en 2017 falleció el marchador José Ribas. Pero antes de todo eso, incluso antes de correr en Roma, Navarro fue un auténtico pionero de maratón español en los años en los que todo estaba por inventar.

Como si se tratara de un cuento de Cortázar, Navarro comenzó soñando con convertirse en una estrella del boxeo subido al cuadrilátero en su barrio de Sants durante los años de posguerra. Durante su servicio militar destacó por sus dotes para la carrera de fondo. Luego llegó el fichaje por la sección de atletismo del R.C.D. Espanyol. Sus primeros triunfos. La compañía de su entrenador Manuel Cutié, siempre desde un jeep o una motocicleta: "¡Ataca! ¡Ataca!". Sus cuatro récords de España de maratón. Sus cinco títulos de campeón de España entre 1957 y 1964 en los maratones imposibles que se disputaron en localidades como Valencia, Zaragoza, Manresa o Villafranca de Oria. Su medalla de plata en los Juegos Mediterráneos de Beirut 1959. Sus cuatro récords de España. Y la inolvidable carrera olímpica de Roma.

Después llegó su trayectoria como entrenador. Su trabajo como conserje en la portería de la Residencia Joaquín Blume de Barcelona donde sigue viviendo. Y sus ganas de seguir modelando el tiempo con sus manos de escultor.

En un mundo que ya no existe, cualquiera de nosotros hubiésemos querido ser Miguel Navarro.

Durante un homenaje el pasado mes de octubre en el Museo Olímpico de Montjuic, Navarro se reía al afirmar que no terminaba de gustarle cómo ha evolucionado todo y que, por ejemplo, no le gustó ver a Eliud Kipchoge en una carrera tan preparada para él como la que hizo en el Práter de Viena para bajar de las dos horas de maratón. Y rápidamente nos volvimos a perder con sus historias, con sus relatos.

Como los domingos de juventud en los que corría más de treinta de kilómetros en medio de la nada hasta llegar a la carretera de Castelldefels.

Como sus viajes diarios en el tren de las seis de la mañana hasta Vilanova i Geltrú para trabajar en la fábrica de Pirelli.

Como sus carreras de cada tarde por el centro de Barcelona mientras que la gente le gritaba como si estuviese loco y sólo estuviese perdiendo el tiempo.

O como aquellos tiempos tan diferentes en los que corría con unos calcetines de lana y aquellas zapatillas que ellos mismos fabricaban con unas gomas de Pirelli y que hacían que tuviesen los pies y las uñas destrozadas.

Hoy, el mundo al que pertenece Miguel Navarro parece olvidado. Pero igual que si siguiéramos tejiendo nuestra propia historia con los relatos de todos los que nos precedieron, siempre podremos refugiarnos en sus recuerdos, cerrar los ojos y soñar con volver a correr por la vía Apia romana iluminada con antorchas detrás de la sombra de Abebe Bikila.

 

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