Real Federación Española de Atletismo





 martes, 07 de abril de 2020   ENTREVISTA WEB 30/2020
Parece que fue ayer pero ya han pasado nueve años desde 2011 cuando Manolo Martínez se retiraba del atletismo y terminaba una prodigiosa carrera.
Manolo Martínez: nueve años después

Por : Alfredo Varona

No me quedaría con ningún momento de mi carrera. Sólo me quedaría con el día a día en los entrenos. De verdad. Yo me conformaba con que la competición me saliese un poco mejor que la anterior. Pero nunca acepté compararme a los demás -me dice Manolo Martínez.

-¿Y no es necesario en el atletismo compararse a los demás? -le contesto

-No, ¿por qué?

Así arranca la conversación con Manolo Martínez, el mítico lanzador de peso que ya tiene 45 años. El día que se marchó en 2011 descubrimos que nadie es eterno. Ni siquiera él, que fue 85 veces internacional: Manolo Martínez.

-Yo sacaba la motivación de la superación personal. Me quería hacer mejor a mí. Ése era el único veneno que tenía metido en el cuerpo y aguanté hasta el día que vi que no podía mejorar más. Entonces me dije: 'hasta aquí hemos llegado, tenemos que irnos'.

-¿Qué pasó ese día?

-De alguna manera fue como una pequeña muerte, porque yo llevaba una vida muy entregada al atletismo. Al final, eran las 24 horas del día en la que uno sabía que todo lo que hiciese influía en el resultado: fuese lo que durmiese, lo que comiese o lo que pensase, todo.

-Quien algo quiere algo le cuesta, decimos.

-Sin duda. Yo llegaba a comer sin ganas, pero tenía que comer más de 8 mil calorías al día y eso no es tan fácil. Pero no me quedaba otro remedio porque pasaba cuatro horas diarias levantando pesas y eso significaba un gasto calórico que debía reponer. Tenía que hacer seis comidas completas al día y como no me daba tiempo a hacer la digestión dos de ellas tuve que sustituirlas por batidos de proteínas.

En realidad, a los 45 años, Manolo Martínez trata de explicar el precio de todo eso. También lo podría relatar de otra manera, "los brazos y las piernas, que yo tenía, ya no las volveré a tener", y ahí es donde tratamos de llegar, a la banda sonora de toda esta historia:

El paso del tiempo.

-Yo no buscaba engordar, sino que buscaba peso útil. Si quiere, se lo puedo explicar a través de esa fórmula física en la que la velocidad es igual a la masa por la aceleración lo que significa que pesando más vas a generar más velocidad para la bola.

-¿La bola es complicada?

-No, la bola no, lo que sí es complicada es la excelencia. Pero eso es ley de vida en todos los órdenes decla vida. Cualquier actividad hecha de la mejor manera posible está al alcance de muy pocos y yo intenté ser uno de ellos a fuerza de repetir, repetir y repetir.

-Y lo consiguió.

-Mas o menos, sí. Creo que sí. Si no llegué al límite estuve muy cerca. Llegué a lanzar 21,47 metros que para un español pocos lo hubiesen dicho. Llegué entrenando de un modo muy rústico: yo, mi entrenador y mi osteopata. Por eso digo que fui como un pionero en el salvaje oeste, y no pasó nada. Descubrimos que se podía hacer, descubrimos que, al final, la necesidad agudiza al ingenio.

De ahí salió un atleta que llegó a cuatro JJOO. Un atleta absolutamente competitivo. Hasta en sus primeros Juegos, los de Atlanta del año 1996 en los que, después de casi todo el año lesionado, fue quinto. Porque Manolo Martínez se convirtió casi en un seguro a todo riesgo desde que empezó a hacer pesas en un escenario que a primera vista resulta extraño: las calles de León.

- Allí fue donde entendimos que era más interesante buscar soluciones en vez de plantear problemas: yo empecé en el colegio de huérfanos ferroviarios de León donde había una pista de ceniza, incluso las pesas que levantaba eran las que había fabricado un tornero de forma muy artesanal para Margarita Ramos, ni siquiera para mí.

-¿Qué sentía usted en el podio?

-Siempre lo vi como el reconocimiento público a mi esfuerzo. Pero es que llevé mi pasión hasta tal extremo... Eso me permitió representar a mi país, ser campeón del mundo, ser campeón de Europa en pista cubierta, estar tantas veces ahí, hacer cuartos puestos para regalar... Es más, siempre digo que me encantaba la medalla de chocolate...

-¿Y le encantaba?

-No pero ¿sabe lo que pasaba conmigo? Creo que supe ser equilibrado. Ni cuando ganaba me llevaba el alegrón del mundo ni cuando perdía sentía una frustración inaguantable. Mi forma de ser era así. Supe gestionarla. Nunca viví con la obsesión de ser el mejor del mundo.

-¿Pudo serlo?

-Siempre prescindí de esa comparación.

Quizás sea el legado que nos deja Manolo Martínez en esta conversación. Un hombre dividido hoy en demasiados hombres: entrenador, artista, actor en 'Estigmas', escritor de poemas, de guiones, hasta de alguna obra de teatro... Y, además de todo eso, estudiante de tercer curso de osteopatia.

Pero sobre todo Manolo Martínez es un hombre, que ha convencido a sus dos hijas, que van a cumplir 14 años y que son jugadoras de baloncesto, de la importancia de aprovechar el tiempo. "El tiempo nunca descansa", les dice. "El tiempo no se para ni para tomar el almuerzo".

Hoy lo he sentido al hablar con él, porque al pensar en Manolo Martínez, incapaces de borrarlo de la memoria, siempre me parece que fue ayer. Es como si volviesemos a Sidney, a Atenas, a Gante, a Birmingham, a tantos sitios que nos valen de inspiración para hacernos mejores. "Pero no es saludable vivir en la nostalgia", replica él. "Nunca vas a volver a lo que ya pasó. Por eso yo no intento regresar a un sitio en el que las puertas están cerradas. Eso lo entendí como nunca el día que vi que mi cuerpo no podía mejorar más. Me dije entonces: 'Manolo, esto se ha acabado, te toca reinventarte'".

-Y se reinventó.

-Me gusta estar vivo y sentirme útil con los demás como otros lo fueron conmigo. Pero he descubierto que no es fácil, que complacer a una persona ambiciosa es una tarea muy exigente.

-Pero usted ha dicho que siempre se preocupó por buscar soluciones en vez de plantear problemas.

-Asi es porque tuve la suerte de dar con un buen maestro como Carlos Buron. Entre nosotros se juntó el hambre con las ganas de comer y luego supimos administrar el veneno que fue lo que nos permitió durar tantos años hasta que vimos que mi cuerpo no volvería a ser el que había sido.

-Y fue bonito mientras duró.

-Fue muy bonito, sí.

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