Real Federación Española de Atletismo





 jueves, 02 de abril de 2020   ENTREVISTA WEB 29/2020
Domingo Ramón: homenaje eterno a Malinowski

Por : Alfredo Varona


JJOO de Moscú 80. Antes de llegar a la final de 3.000 obstáculos del 31 de julio en el estadio Luzhniki debemos detenernos en la semifinal.

En el túnel de calentamiento Domingo Ramón Menargues se da cuenta de que se le han olvidado las zapatillas de clavos.

-¿ Qué puedo hacer? ¿Qué voy a hacer?

Está que se sube por las paredes.

- ¿Cómo ha podido pasarme esto a mí?

Habla con los jueces, habla con el mundo pero nadie puede solucionarlo hasta que aparece el mejor de todos: Bronislaw Malinowski, que ha traído un par de zapatillas nuevas de repuesto y se ofrece a prestarselas: unas Adidas blancas impolutas de las que Domingo Ramón ya no va a olvidarse nunca.

-Es imposible -explica hoy, a los 62 años, confinado en su domicilio de San Vicente del Raspeig, donde pasa horas ordenando recuerdos y regresando a los antiguos números de la revista 'Atletismo español', que tiene encuadernada por tomos y que fue un termómetro perfecto de la época.

Domingo Ramón tenía 22 años aquel 31 de julio de 1980 en el que se disputó la final de 3.000 obstáculos. Corrió de maravilla, de menos a más. Hizo récord de España pero a él siempre le quedará la duda de que hubiera pasado si se hubiese esforzado un poco más en la última vuelta.

Eshet Tura, el tercer clasificado, quedó tan cerca...

Domingo Ramón hubiera sido medallista olímpico. Se dio cuenta de la manera más simple un año después yendo a comprar a 'Galerías Preciados', abriendo un libro en la sección de deportes de los JJOO. Cuando pasó las páginas y llegó al capítulo de los 3.000 obstáculos lo entendió todo. Allí aparecían los tres primeros de Moscú 80 y él, que se había quedado tan cerca, no aparecía por ninguna parte.

-Creo que corrí bien, pero me faltó de ese poco en la última vuelta.

Ese poco que también volvió a faltarle otras veces.

Pero es entonces cuando uno debe imponerse a sí mismo.

-Es preferible celebrar lo que pasó que arrepentirse de lo que pudo pasar.

Y lo que pasó es que Domingo Ramón era un joven de 22 años que cuatro años antes había visto los JJOO de Montreal 76 en la residencia Blume de Barcelona. Un joven con el pelo largo y rizado que tenía entonces una beca de 20.000 pesetas y que no tenía miedo a nada. Un pasaporte para el futuro que entrenaba en Alicante con su entrenador Joaquín Villar.

-De hecho, estos días he estado leyendo un reportaje que nos hicieron en el 81 en la propia revista de 'Atletismo español' en la que explicamos como entrené para los JJOO, como nos guiábamos por los postes de kilómetros que había en la carretera pues en aquella época en Alicante no había pista de atletismo. Iba desde San Vicente del Raspeig hasta San Juan o me iba directamente a la playa de San Juan.

-Lo veo hoy y me parece una barbaridad pero, claro, ya no tengo 22 años -añade.

Fue una crónica que dio más mérito a lo que iba a lograr en Moscú, a ese cuarto puesto. De hecho, su entrenador Joaquín Villar, que hoy es un hombre de casi 80 años, le llama cada 31 de julio para felicitarle como si fuese la fecha de su cumpleaños.

Y entonces Domingo Ramón vuelve a recordar que todo lo que pasó en Moscú no hubiese pasado de no haber sido por Bronislaw Malinowski.

Si Malinowski no le hubiese prestado sus zapatillas de clavos en la semifinal Domingo Ramón nunca se hubiese clasificado para esa final.

-Malinowski entonces era el mejor. De hecho, fue campeón olímpico en Moscú y, sin embargo, tuvo ese detallazo conmigo que yo nunca olvidaré porque demostró algo importantísimo: uno puede ser un gran campeón pero aún puede ser mejor persona.

Quizás por eso Domingo Ramón siempre ha puesto de ejemplo a Malimowski a todos los que le rodean: a sus hijos, que ya tienen 36 y 32 años; a la vida, que va muy deprisa, o a mí mismo en esta conversación en la que recordamos que un año después Malinowski fallecía en un accidente de tráfico en Grudziadz, en su ciudad de nacimiento en Polonia. Tenía 29 años y al día siguiente, al leer la noticia en el 'As' o en el 'Marca', Domingo Ramón se dio cuenta de que "aquí, en la vida, estamos de paso".

En el dolor se hizo la promesa de no olvidarle nunca y la prueba es que muchísimos años después, quizás en 2006 o 2007, mientras estaba entretenido en internet, vio que en Grudziadz se organizaba una carrera en memoria de Malinowski. Se dijo, "ahí tengo que estar yo", y se sacó el billete de avión; se puso en contacto con equipo Olimpia de Grudziadz que fue el de Malinowski y habló con el presidente, que era su hermano.

Y Domingo Ramón fue y corrió allí: su ramo de flores. Y sintió una plenitud como no muchas más veces ha sentido en la vida. Y conoció el puente en el que se estrelló Malinowski. Y conoció a su entrenador, que fue quien al día siguiente le acercó al aeropuerto. Pero sobre todo comprobó que, casi 30 años después, Polonia no renunciaba al recuerdo de Malinowski.

Su nombre en las calles. Su nombre en las escuelas. Su nombre en el recuerdo.

Domingo Ramón lo ejemplifica cada día, cada momento. La nostalgia importa. El tiempo pasó pero la memoria es soberana. Domingo Ramón ya tiene el pelo blanco y treinta años de antigüedad en su trabajo, en el área de deportes del Ayuntamiento de San Vicente del Raspeig, donde sacó la plaza poco antes de retirarse.

Domingo Ramón aún sigue corriendo. El año pasado participó en el Mundial master de Torun. Y, aunque ya no sea como antes. Y, aunque ya no pueda volver a ir a Segovia y ver a ese chaval con el que fue a su primer Mundial junior de cross en el 77 Santiago Llorente, porque murió esta semana. Y aunque ya nunca vuelva a opositar por una medalla olímpica en Moscú, Domingo Ramón Menargues siempre será ese hombre menudo y tímido completamente comprometido con sus recuerdos.

Y, entre ellos, hay uno que le hizo mejor persona y que nos explica lo que los demás pueden hacer por nosotros y la importancia de devolverselo en secreto: homenaje eterno a Bronislaw Malinowski.

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