Real Federación Española de Atletismo





 miércoles, 19 de febrero de 2020   ENTREVISTA WEB 15/2020
La vida de Azucena Díaz en las alturas

Por : Miguel Calvo


Siempre a contracorriente, existen lugares en los que el tiempo parece haberse detenido.

A más de 1.800 metros sobre el nivel del mar y a menos de una hora en coche del centro de Madrid, la residencia del puerto de Navacerrada es uno de esos lugares que permanecen ajenos a las reglas del tiempo y del espacio.

Por fuera, la característica silueta del edificio se recorta sobre las construcciones que resisten allí arriba al frío y a la nieve del invierno. Por dentro, los grandes salones comunes se abren a través de las ventanas a los bosques que llegan hasta la cumbre del Alto del Telégrafo. Los pasillos nos trasladan a un viejo albergue de los años setenta. La austeridad de las habitaciones nos recuerda que muchas veces no necesitamos nada más para ser felices. Y en medio del silencio que se apodera a diario de la residencia, una solitaria foto de la maratoniana Azucena Díaz en los Juegos Olímpicos de Río 2016 colgada en la pared de recepción anuncia a los recién llegados que acaban de entrar en un lugar donde el tiempo no existe, pero donde los sueños se cumplen.

Acostumbrada a reinventarse, Azucena Díaz llegó a este lugar por primera vez junto a otros atletas para preparar los Juegos Olímpicos de Río. Como si fuera un auténtico flechazo, desde el primer instante se enamoró de la vida monacal del corredor de fondo que se instala a vivir más arriba de las nubes que se extienden por el valle. Y tras aquella primera experiencia decidió que aquel lugar sería su segundo hogar: desde entonces, sin más medios ni más apoyos económicos que su propio bolsillo, cada vez que tiene que preparar un gran objetivo se encierra en la soledad de la montaña y la sobriedad del albergue, como si el maratoniano de élite fuera lo más parecido a un eremita.

"Desde el primer día sentí que instalarme aquí era una idea fantástica - comienza a relatarnos Azucena Díaz -. Encerrarme aquí antes de cada gran objetivo me permite aislarme del mundo, olvidarme de los compromisos y poderme centrar al 100 % en el entrenamiento. Salvo aquella primera vez, siempre vengo totalmente sola y las largas semanas aquí son mucho más que un aprendizaje y una forma de conocerme a mí misma: es toda una experiencia vital".

A su alrededor, sobre todo en medio del invierno que configura la temporada de cross y que sirve de escenario a los grandes maratones de primavera que dan acceso a los verdaderos sueños olímpicos del verano, todo es silencio. Montaña. Naturaleza. Un reino de nieve, frío y viento donde la soledad es la única compañía.

Y ahí Azucena Díaz ha sabido dibujar su propio mundo, aprovechando las ventajas del entrenamiento en altura muy cerca de su casa y con el menor desembolso económico posible para poder hacer de esa situación tan idílica algo mantenido a lo largo de todo el calendario.

Cada día desayuna, come y cena con los alimentos que ella misma o su chico suben en tuppers y que ella cuida con un pequeño frigorífico y un microondas que ha instalado en su habitación. Su vida se escribe únicamente como la rutina que hay entre entrenar y descansar. Tras cientos de horas de entrenamiento, ha hecho suya la carretera de siete kilómetros que une Navacerrada con Cotos y por donde antes escribieron sus historias muchas de las principales leyendas de la historia del atletismo y el ciclismo español. A lo largo de ese pequeño y duro trayecto, siempre en régimen de autosuficiencia, se apaña para dejar sus avituallamientos prácticamente enterrados en la nieve y subsistir con las prendas con las que sale a correr en cada entrenamiento. Si toca entrenar ritmos más altos, baja en coche a la vieja pista de Guadarrama donde los vientos que vienen de la montaña son los únicos que imponen las reglas. Tras cada entrenamiento, regresa como puede a la cama del albergue para seguir descansando. Su fisio y su equipo de Madrid siempre están cerca. Cuando el wifi lo permite, puede trabajar un poco en su ordenador. Y si el mal tiempo concede una pausa, aprovecha para pasear un poco por los alrededores de la residencia y seguir disfrutando de la calma de la naturaleza que tanto ama.

"La vida aquí arriba puede parecer muy triste, sobre todo entre semana cuando no hay absolutamente nadie, pero soy muy feliz sintiéndome sola en medio de la naturaleza - continúa explicando la maratoniana que sueña estos días con el maratón de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Tokio -. En pleno invierno, muchos días ni siquiera puedo apurar los siete kilómetros que llevan a Cotos, bien porque haya mucha nieve o bien porque aquí arriba todo cambia muy rápido y muchas veces el miedo a la ventisca y al granizo me obliga a quedarme en los dos primeros kilómetros yendo y viniendo para asegurarme que puedo encontrar refugio en menos de diez minutos si la cosa se complica. Además, siempre tienes que correr muy atenta a las máquinas quitanieves, porque van tan rápido que alguna vez me ha tocado lanzarme sobre la nieve de la cuneta, aunque con el paso de los años ya me he convertido en una parte más del paisaje y hasta los operarios me conocen".

"Pero aquí disfruto mucho más que lo que sufro y me lleno de toda la energía que desprenden las montañas - continúa Azucena Díaz como quien recurre a los viejos apus o espíritus que a lo largo de la historia de la civilización todas las culturas han situado siempre en las cumbres más altas -. Es algo muy espiritual y, además de todos los beneficios de la dureza del entrenamiento que llevo aquí arriba, la montaña me da un punto extra, una motivación muy especial. Hace que me sienta muy afortunada por poder vivir aquí y dedicarme únicamente a lo que gusta".

"¿Una imagen que me venga a la mente para describir mi vida aquí? - responde la maratoniana española -. Este año me quedaría con el momento más especial que me ha regalado el invierno. Después de tres días sin parar de nevar, salí a entrenar justo cuando la nieve se detuvo. El puerto estaba cortado y no había ni un solo coche. Únicamente estaba yo sola corriendo sobre un montón de nieve virgen. De repente, se levantaron las nubes y salió el sol. Cada rama de los árboles tenía diez centímetros de nieve. Disfruté como nunca llenando mis pulmones de aire y todo estaba tan precioso que tuve que detenerme. Me quedé unos instantes observándolo todo. Y sólo sentía ganas de llorar. Nunca llevo el móvil encima y ni siquiera pude hacer una fotografía, pero son momentos que sabes que te van a acompañar para siempre".

"Todos esos momentos compensan lo dura que es la vida aquí. Compensan todos esos días en los que no quieres ni salir de la residencia porque no puedes caminar. Todos esos días en lo que te cuesta continuar y ves hasta las montañas al revés - concluye Azucena Díaz -. Es algo que la gente no ve y que es muy difícil explicar. Los maratonianos tenemos un extra de motivación. No descansamos. Hay días en los que el cuerpo pesa. Otros en los que la cabeza te dice que no puedes más. Pero precisamente eso es el maratón y lo que te vas a encontrar durante la carrera: un montón de toboganes físicos y emocionales, momentos en los que crees que vas a morir, pero de los que luego te repones y de repente te encuentras feliz. Todo es cabeza. Y la montaña, los kilómetros, la soledad y el entrenamiento es lo que te enseñan cada día".

Lejos del tiempo, lejos del espacio, los conceptos de arriba y abajo suelen confundirse en multitud de ocasiones. Mientras, Azucena Díaz ya espera bajar de nuevo a la realidad. Allí sabe que le espera el maratón de Sevilla y la ilusión de intentar alcanzar su segunda cita olímpica en Tokio. El maratón viajará luego a Sapporo, pero en el horizonte el monte Fuji también seguirá recordando que a veces los mejores sueños descansan en lo más alto de las montañas.

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