Real Federación Española de Atletismo





 miércoles, 29 de enero de 2020   ENTREVISTA WEB 8/2020
Saúl Ordóñez: Ser montaña

Por : Miguel Calvo


Parafraseando al montañero que escribió que la montaña es la vida, podemos afirmar que se corre como se vive. O que se vive como se corre. Pues, al fin al cabo, subir montañas o correr suele ser lo mismo que vivir.

Convertido en montaña, Saúl Ordóñez comenzó a correr siendo un niño en su pequeño pueblo de Salentinos, situado en la comarca del Alto Sil de El Bierzo, a los pies del pico Catoute.

Rodeado por sus padres y hermanos, desde pequeño se apuntó a las clases extraescolares del colegio C.R.A. Páramo del Sil que organizaba su profesor César Villanueva. Allí conoció al entrenador Chus Alonso, quien impartía atletismo y que era conocido por todos como "ese loco que corre por los pueblos con los niños cantando". Y, poco a poco, su vida y su infancia se fueron convirtiendo en una carrera infinita.

"Los entrenamientos que hacía en Salentinos, en Páramo del Sil y más tarde en el bajo Bierzo, eran bastante livianos y Chus se conformaba con que saliera a entrenar y apretarme las clavijas los días que entrenaba a su vera - recuerda el propio Saúl Ordóñez -. Muchos días corría acompañado por mis padres o hermanos, que iban de paseo. En otras ocasiones me acompañaba mi padre con el coche, e incluso a veces me seguía para alumbrarme la carretera, ya que pronto se hacía de noche. Otros días iba yo solo por el valle, buscando siempre los caminos más llanos, ya que lo que me interesaba era correr rápido y para ello tenía que huir de las cuestas de mayor desnivel o de las bajadas más peligrosas. El atleta tiene que saber convivir con la soledad interior, ya que en carrera tienes que tener una gran fortaleza mental para poder estar constantemente concentrado y competir con plena destreza. Para muchos atletas eso es un problema, pero para mí es un placer y me sigue gustando mucho salir a correr por la montaña para encontrarme conmigo mismo".

La misma montaña que desde el comienzo se quedó grabada en su alma, parte del horizonte que le acompañaba cada día.

"Mi infancia y mi desarrollo personal siempre estuvieron vinculados a una educación basada en la preocupación por el medio ambiente y mis padres me transmitieron unos valores de cariño por la naturaleza que a día de hoy sigo teniendo - continúa el plusmarquista español de 800 metros -. Además, la montaña ha sido una de las motivaciones deportivas que he tenido desde niño, cuando la ascensión del Catoute era para nosotros el mayor desafío que hacía valer la dificultad del emblemático pico que se puede apreciar desde el valle glaciar donde se sitúa Salentinos. Su imagen es parte del paisaje que me ha acompañado siempre y, desde su cumbre y toda la crestería contigua, las vistas del Alto Sil y de la Sierra Gistredo son maravillosas".

Hasta que eso que llamamos personalidad se fue construyendo a su alrededor, siempre marcado por ese espíritu "chusiano" que le clavó en la mente su entrenador y cuyo lema prácticamente era "correr hasta que mueras." Así como por los valores que nacen en el albergue montañero La Cabana del Trasgu que regentan sus padres en Salentinos y que hablan de sueños, convivencia, silencio, descanso y esfuerzo.

"La Cabana del Trasgu es una forma de ver la vida - continúa Saúl Ordóñez -. La misma forma de mirar que nos enseñaron nuestros padres y a partir de la cual continué conociendo la montaña y disfrutándola, siempre desde unos valores de respeto y amor por la naturaleza. En la montaña la gente se ayuda. Se comparte espacio y conocimientos. Además, esto siempre es así partiendo desde una inquietud personal, porque nadie suele ir a la montaña obligado y si es así no vuelve. Aunque suene utópico, la vida debería de seguir esta línea para desarrollarte a partir de tus pasiones y gustos y poder dedicarte a ello en un futuro".

En busca de ese futuro, Saúl Ordóñez llegó a Valladolid a los dieciocho años para comenzar a entrenar con Uriel Reguero y empezar la universidad. Con el mismo desparpajo con el que se movía en medio de la montaña, el corredor de Salentinos encontró su hueco. Adoptó a su entrenador como su otra mitad. Se abrazó a sus amigos, a sus estudios y a sus lecturas. Y siguió recorriendo el camino con el que había soñado desde niño. Con sus altos y sus bajos. Como cuando en 2015 se proclamó subcampeón de Europa sub 23. O cuando estuvo a punto de dejarlo todo y Uriel le convenció para seguir adelante. O cuando regresó más fuerte que nunca, todavía más descarado, y en 2018 reventó la historia de los ochocientos metros españoles ganando la medalla de bronce en el mundial de pista cubierta de Birmingham y batiendo después el récord nacional en Mónaco (1:43.65). O cuando, justo tras llegar a lo más alto, ha sabido sobrevivir física y mentalmente a un 2019 complicadísimo repleto de lesiones, rodeado por los suyos. Pues el ciclo vital siempre es un buen lugar donde refugiarse, como el propio paso de las estaciones.

"¿Un recuerdo para describir el verano? Jugar - responde Saúl Ordóñez -. En verano el pueblo se llenaba de niños y estábamos todo el día jugando en la calle y los caminos. Sólo pasábamos por casa para comer, cenar y dormir. ¿Un recuerdo del invierno? La nieve. Hacía que pasáramos semanas enteras sin ir a clase y era otro motivo de peso para pasar el día entero. Tanto el invierno como el verano son estaciones muy bonitas para pasarlas en un pueblo de montaña, igual que el otoño, pero para mí lo mejor siempre fue la primavera, ya que era mi cumpleaños y tras los largos inviernos de Salentinos era una gozada disfrutar de días más largos con mejor tiempo. Era el renacer del año".

Detrás de ese renacer, Saúl Ordóñez acaba de regresar del prestigioso New Balance Grand Prix que se ha disputado en la ciudad de Boston. Y como si todo siguiera en el mismo sitio, ha gritado que ha vuelto. Que nunca se ha ido. Y que, con la naturalidad que siempre le caracteriza, es capaz de volver después de un año de lesiones quedándose tan solo a 57 centésimas del récord de España de 1.000 metros en pista cubierta (2:18.81, segundo español de todos los tiempos).

Atrás quedan las páginas del libro La Milla Perfecta que le dejó su amigo y compañero de piso Marcos Casado para conocer mejor la historia de aquellos locos pioneros del medio fondo. Atrás queda también el consejo de su colega Saúl Martínez: "Quema la pista, amigo". Y por delante espera ya la forma de correr del Saúl de siempre, tan simple y tan compleja como una respuesta descarada a todos los problemas: "Si me miras, si me atacas, te devuelvo otro ataque".

Quizás, una buena despedida sería el epílogo del libro Los conquistadores de lo inútil del famoso alpinista Lionel Terray. "Si en realidad no hay ninguna roca, ningún serac, ninguna grieta que me esté esperando en algún lugar del mundo para detener mi carrera, llegará un día en el que, viejo y cansado, encontraré la paz entre los animales y las flores. El círculo quedará cerrado, y por fin seré el simple pastor que añoraba ser en mis sueños de niño".

O mejor todavía, las reflexiones del propio Saúl Ordóñez: "Esas palabras de Terray se acercan bastante a mi situación, pero yo soy más de ´El Mundo es ancho y ajeno´, donde la vida comunal entre habitantes de la montaña tiene un deber con la naturaleza y su defensa. El monte es parte de mí, por lo que no me olvidaré fácilmente de él fácilmente y seguiré vinculado constantemente. Es el mejor lugar de formación, reflexión y madurez".

Ser montaña. Pero antes toca seguir corriendo hasta el final.

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