Real Federación Española de Atletismo





 jueves, 11 de abril de 2019   ENTREVISTA WEB 25/2019
Nicolás Quijera: donde hay una herida, hay un reportaje

Por : Alfredo Varona - Fotos: Miguelez TEAM


Donde hay una herida, hay un reportaje. Es más, podría decir que cuando un atleta lesionado te abre la puerta de su casa, en realidad, te abre la puerta de algo más importante: su corazón. Esta, efectivamente, es la historia de un atleta de 22 años que se ha roto el tendón de Aquiles por segunda vez; que podría lanzar piedras contra la mala suerte y que, sin embargo, explica con la naturalidad que lo haría un padre de familia que "el futuro es esperanzador".

Sin embargo, Nicolás Quijera tiene 22 años, vive en casa de sus padres en Zulueta, a 10 kilómetros de Pamplona, donde el tiempo le ha enseñado que "la cabeza es más importante que las cicatrices". Que hoy puedes ser el hombre más feliz del mundo y mañana no poder levantarte de la cama. Pero entonces no hay que pensar en la infelicidad de no hacer lo que quieres hacer, sino "en la manera de aprovechar el tiempo que ahora te sobra. No siempre te sobra tiempo. Al contrario. Siempre estamos quejándonos de que nos falta tiempo. Pero ahora está claro que no ha sido mi caso".

Por eso esta también es la historia de un joven de 22 años que en esas dos semanas en las que no se podía levantar de la cama, recién operado del Aquiles, leyó 'La sombra del viento' de Carlos Ruiz Zafón, una historia oscura de la que aprendió que "la única manera de resolver el misterio es la de ser perseverante". Y le valió de mucho, porque, en realidad, "una lesión también es un misterio. Nunca se sabe lo que puede ocurrir".

Pero a Nicolás no le asusta que este sea un proceso lento. "Sabía que lo iba a ser". En su cabeza no está la incógnita sino la hoja de solicitud para curarse y regresar. Sobre todo, regresar. "Sé que no es una lesión muy habitual. Aún menos en gente de mi edad. Pero si me ha pasado a mí es porque tenía que pasar. Quizá solo era parte del destino o igual, quién sabe, salgo más reforzado de todo esto", añade hoy, cuatro semanas después de la operación en la que la paciencia nunca perdió su sitio. "Sé que lo importante es que cada día que pasa tenga mejor pinta que el anterior. Hace una semana empecé a apoyar el pie y fue una sensación muy agradable. Así que no quiero ni pensar lo que será cuando pueda volver a andar, a correr, a entrenar y a hacer una vida normal. Pero también sé que eso llevará su tiempo".

Porque, en realidad, esta también es la historia de un joven que sabe que la memoria es un acto de servicio. Hace cinco años tenía 17 en aquel verano, en pleno Campeonato de España juvenil, en el que se rompió el Aquiles por primera vez. Pudo decir 'lo siento' pero prefirió decir, 'vamos a salir de esta', amurallarse frente al miedo, explicar que una herida es una lección que también te hace más competitivo. "De repente, entendí que en la vida también hay que pasar por momentos malos. Siempre me lo decía mi padre, que también ha pasado por algunas lesiones. De hecho, él ha sido atleta. Fue velocista y aún tiene el récord autonómico de Navarra de 400 metros (48'49")".

No cabe duda de que Nicolás habla con una madurez que da gusto escuchar. "Sí, eso me dice la gente, que se me ve muy maduro para mi edad". Yo también se lo digo en este rato en el que no hacemos más que probar las diferencias entre el todo y la nada o entre el bien y el mal. Nicolás viaja entonces al año pasado en el que iba tan bien que parecía imposible lesionarse algún día. Vivió en EEUU, en el estado de Misisipi, donde no solo terminó la carrera de Economía. "Fortalecí mi inglés, conocí a mucha gente y coincidí con un grupo de entreno de mi especialidad, de los cuales yo era el que peor marca tenía. Estoy hablando de gente que había llegado a lanzar 82 y 86 metros y, para mí, que llegué allí con 75, fue increíble lo que aprendí de esa gente, de esa rivalidad".

Hoy, sin embargo, apenas puede apoyar el pie en el suelo. Y echa de menos la pista. Pero no se le ocurre preguntar por qué esto ha tenido que pasarle a él. No lo pregunta porque sabe que la vida es "una mezcla de lo bueno y de lo malo" en la que pequeñas cosas, "como hace una semana cuando volví a poner el pie en el suelo", saben a gloria. Así que no quiere ni pensar en lo que será el día "en el que pueda volver a andar o a correr". Sólo quedará entonces la segunda cicatriz que vino sin pedir permiso, como todas las cosas que no se desean, "en la Copa de Europa de Samorin. Al empezar a correr, al tercer o cuarto apoyo, escuché un sonido estremecedor. Noté que el pie no reaccionaba y no pudo ser más desagradable: rápidamente entendí lo que había pasado".

Por eso esta también es la historia de un atleta de jabalina que ahora solo concursa para recuperarse. "Me tomo la vida según los objetivos que van saliendo a cada momento. No puede ser de otra forma. Pero, sea como sea, no hay que derrumbarse. No vale de nada pensar en negativo, decir que 'esto va a ser muy difícil', porque, al final, una vez que te pones a ello, las cosas no son tan difíciles. Me puedo recuperar y me voy a recuperar porque por delante tengo un objetivo que me parece real: los JJOO de Tokio". Quizás porque las heridas no sólo crean reportajes. También refuerzan ilusiones que tal vez algún día te pueden acercar al fin del mundo.



 

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Junto a su entrenadora Idoia Mariezkurrena
Junto a su entrenadora Idoia Mariezkurrena









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