Real Federación Española de Atletismo
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 lunes, 11 de agosto de 2014   NOTICIA WEB 195/2014
Mariano Haro, Paco Sánchez Vargas, José Manuel Abascal, José Luis González, Fermín Cacho ... grandes atletas españoles que hicieron historia
Letzigrund. Donde juegan los mitos

Por : Miguel Calvo (miembro de la AEEA y colaborador de la revista Atletismo Español)


Si en el estadio olímpico, en las finales del Campeonato del Mundo, es dónde nacen los mitos, en Zúrich, en el viejo estadio de Letzigrund, es dónde luego se divierten. Dónde las leyendas cogen el tiempo, la distancia, y juegan con ellos hasta encogerlos y estirarlos a su antojo, convirtiendo a la ciudad suiza en uno de los templos sagrados del atletismo por dónde ha pasado toda la historia de este deporte y se han conseguido veinticinco récords mundiales. Al tiempo que también ha sido escenario para una pequeña parte de la historia del atletismo español, con doce plusmarcas nacionales y muchas actuaciones memorables logradas en el que será el marco del Campeonato de Europa que comienza este ´martes 12 de agosto y que se alargará hasta el próximo domingo 17 de agosto.

Andrés Amorós describía a Mariano Haro como un personaje de las novelas de Delibes. Recio, noble, con su aspecto de castellano impasible. Fiel reflejo de las tierras de campos donde aprendió a correr como un simple medio de supervivencia dentro de la España rural que el paso del tiempo parece ya haber borrado.

Era el caluroso mes de agosto de 1970, y Mariano Haro aún no se había convertido en la leyenda de aquella histórica final de los Juegos de Múnich 1972 dónde se quedó a las puertas de las medallas, ni en la de su nuevo intento en Montreal 1976. Era el tiempo de aquellos encuentros internacionales, de aquellas Copas de Europa en los que el atletismo se vivía con la pasión de los enfrentamientos entre selecciones. Como la semifinal que los días 1 y 2 de agosto de aquel año enfrentó a España con Francia, la Unión Soviética, Gran Bretaña, Suiza y Rumanía en el viejo estadio de Letzigrund.

España fue cuarta. Deberes cumplidos para un atletismo, para un país que, queriendo anticipar los años que debían de venir, poco a poco aprendía a nacer en el panorama internacional. Y entre aquel equipo (los "Bobby" Jones, Sarriá, Magariños, Álvarez Salgado, Sola, Areta, Garriga, Blanquer, Tallón…), entre aquellos recuerdos destaca la figura del palentino Mariano Haro, que logró una importantísima victoria en el diez mil ante enormes atletas como el ruso Alanov o el francés Tijou, a quienes atacó a falta de siete vueltas del final y remató con un gran cambio de ritmo a falta de trescientos metros en uno de los mejores momentos de la velada en la que Rafael Cano y el relevo corto establecieron dos nuevos récords de España al tiempo que Luis María Garriga lograba igualarlo.

"Haro rompió el diálogo que sostenían rusos y franceses", titularía después La Gazzetta dello Sport. "¡Haro! ¡Haro!" coreaba el graderío contagiado por los numerosos españoles que pudieron ver en directo como el estadio daba su bendición al que ha sido uno de los mejores corredores de fondo que ha dado nuestro atletismo.

Situado en el barrio de Altstetten, en el límite oriental del distrito número nueve del centro de Zúrich, Letzigrund se inauguró el 22 de febrero de 1925, perteneciendo en un origen al FC Zurich hasta que durante la Gran Depresión, en 1937, su titularidad pasó a la propia ciudad.

El 12 de agosto de 1928 se disputó la primera edición del encuentro atlético conocido como Weltklasse Zürich, que podemos traducir al inglés World Class, y ya desde su primera edición contó con la presencia del mítico Paavo Nurmi, adelantando el espíritu que le ha acompañado durante estos más de 80 años y que ha hecho que todas las estrellas de la historia mundial del atletismo hayan pasado por aquí, hasta el punto que coloquialmente suela calificarse como "los Juegos Olímpicos de un día".

Tras sufrir distintas remodelaciones en 1947, 1958, 1973 y 1984, el viejo estadio cerró tras la disputa del meeting de agosto de 2006, y tras ser demolido se construyó en su lugar el nuevo y actual estadio en vistas al Campeonato de Europa de fútbol de 2008, terminándose los trabajos en un tiempo récord que hizo que se inaugurara de nuevo a finales de verano de 2007 para volver a acoger la Weltklasse de ese año, sin haber perdido el aroma y el encanto del recinto. Tanto que como ha declarado Usain Bolt en más de una ocasión: "la atmósfera del estadio Letzigrund es única".

La atmósfera dónde en 1960 Armin Hary se convirtió en el primer hombre en correr los 100 metros en 10 segundos. Dónde Renaldo Nehemiah bajó por primera vez de los 13 segundos en los 110 metros vallas. Dónde Butch Reynolds batió el récord de los 400 metros de Lee Evans veinte años después. Donde los Coe, Kazankina y Mary Slaney exploraron los nuevos márgenes de la milla. Dónde reyes como Carl Lewis, Haile Gebrselassie o Yelena Isinbayeva aumentaron su reinado. Dónde los meeting más antológicos han hecho soñar a decenas de generaciones.

En La Zubia, en plena entrada al parque natural de Sierra Nevada, junto a la Granada de Lorca, nació otra de las grandes historias del atletismo español, la de Francisco Sánchez Vargas, que convirtió la necesidad en pasión y aprendió todos los secretos del fondo en aquellos trayectos que tenía que hacer corriendo desde la ciudad granadina a su pueblo para ir a trabajar.

Los Juegos de Moscú, en 1980, a través de dos jóvenes de 22 años, confirmaron el idilio que ya siempre tendría nuestro atletismo con los tres mil metros obstáculos. Paco batía el récord de España en semifinales (8:18.96), y ya en la final quedaba quinto, mientras que Domingo Ramón finalizaba cuarto cerrando una actuación histórica y estableciendo en 8:15.74 un nuevo récord de España que duraría diecinueve años.

Años más tarde, en 1983, Sánchez Vargas no conseguía clasificarse para la final del Campeonato del Mundo de Helsinki por centésimas, pero demostrando el enorme atleta que fue encontró su lugar de recreo en las reuniones más importantes del centro de Europa. Primero (en junio ya había ganado en París) se impuso en Berlín con su mejor marca personal de siempre (8:16.59), y una semana después, en el Letzigrund que sólo consagra a los más grandes, lograba una importantísima e histórica victoria en la Weltklasse, imponiéndose a los que habían logrado medalla en el reciente mundial.

Antes, entre Haro y Sánchez Vargas, el estadio de Zúrich acogió una reunión preolímpica en vísperas de los Juegos de Montreal 1976. Juan Lloveras, Andrés Ballbé, el cuatro por cien y Carmen Valero establecieron cuatro nuevas plusmarcas nacionales en Zúrich, demostrando el pico de forma con el que llegaban a la cita olímpica.

Días después de aquel récord, Carmen Valero se convirtió en la primera atleta española en participar en unos Juegos. Su historia, la de aquella niña que llegó al atletismo y descubrió la mano de Josep Molins para convertirse en la mejor atleta española del siglo XX según la designó la Asociación Española de Estadísticos de Atletismo, siempre ha escrito sus mejores episodios sobre el barro del cross, pero sin dejar de lucir su calidad sobre el tartán en alguna ocasión.

En Montreal, sin poder pasar las eliminatorias, los ochocientos y los mil quinientos metros demostraron que eran unas distancias que se le quedaban cortas, pero Carmen ya se había convertido en historia de nuestro deporte. Y antes, una vez más el viejo Letzigrund, Zúrich había sido testigo de su mejor carrera de siempre en las dos vueltas a la pista, en un año en el que también batió los récord de España de 1.500 metros (4:08.34 en el junio de Dusseldorf) y de 3.000 metros con 9:17.6 en el mayo riojano de Logroño (marca que esta sí volvería a bajar en 1977 y 1978 hasta dejarla en 9:00.9).

Después vendrán la presencia en Zúrich y su Weltklasse de los mejores milleros y obstaculistas de nuestra historia. La continuación de la especial relación con las vallas que nació con Cano y Lloveras en los setenta, se prolongó con aquellos meeting de los ochenta con Javier Moracho y Carlos Sala y se plasmó en las nuevas plusmarcas de España de José Alonso sobre los 400 metros vallas en 1987 y Alozie en 2001. La enorme victoria de Antonio Reina en 2005. La participación allí de los mejores atletas que ha dado nuestro atletismo.

Los viejos cronistas hablan de esa magia especial que desprende la pista de Letzigrund las tardes de verano. El día sobre poniente, el agradable anochecer al suave calor de agosto en Zúrich, el viento retenido. Las condiciones perfectas con un público entregado que agota las entradas con semanas de antelación para disfrutar sin medianías del mejor atletismo posible. Como aquellas mágicas noches en las que cayeron al tiempo dos récords del mundo. La de 1981 con Nehemiah y Coe. La de 1988 con Carl Lewis y Butch Reynolds. La de 1995 con Gebrselassie y Kiptanui. Como aquella noche del 13 de agosto de 1997 en la que los libros se abrieron para recoger hasta tres récord mundiales, con Haile Gebrselassie, el obstaculista Wilson Boit Kipketer, y el inolvidable Wilson Kipketer, a quién como Nehemiah y otros tantos la gloria del oro olímpico les rehusó pero el atletismo siempre recordará por su grandeza.

Los años ochenta vivieron la época dorada del medio fondo europeo, y las rivalidades que surgieron en tierras británicas y españolas marcaron una de las mejores etapas que se han vivido en la milla de la vieja Europa. Los organizadores de la reunión de Zúrich lo sabían, y poniendo a su servicio toda la magia de Letzigund cada año se intentaba conseguir la carrera perfecta.

El gran duelo entre José Luis González y José Manuel Abascal siempre parecía hacerse esperar. Distintas series en los grandes campeonatos, siempre distintos estados de forma en los enfrentamientos directos, y siempre ese no coincidir en los mítines alternando para ello el mil quinientos, la milla y los tres mil metros.

Pero en 1986, en la Weltklasse de Zúrich todo estaba preparado para la mejor pelea, máxime con ambos en el punto más álgido de su preparación a dos semanas del Campeonato de Europa de Stuttgart. Sebastian Coe y el norteamericano Steve Scott también estaba allí, y tan solo se lamentaba la ausencia de Steve Cram, lesionado a última hora, y Steve Ovett, más centrado ese verano en el cinco mil que le daría el triunfo en los Juegos de la Commonwealth.

A pesar de la enorme expectación levantada, los acontecimientos, por la batalla vivida, no defraudaron a nadie. A falta de trescientos metros Abascal lanzó su ataque, y González se fue tras él. Con los españoles enzarzados en su batalla particular, Coe y Cram, que ganaría la carrera, les pasaron en la parte final, mientras que ambos españoles, sin reservas, sin posibilidad de más entrega, se dejaron todo en un duelo que acabaría con González rodando por el suelo antes de cruzar la línea de meta.

Ahora, casi veinte años después de aquellos duelos, el atletismo español vuelve a citarse en Letzigrund con motivo del Campeonato de Europa que arranca la semana que viene. Antes, nos miramos en el espejo y encontramos un atletismo más renovado, más profundo. Mucho más femenino. Seguramente sin esas claras opciones de medalla que teníamos en la pasada década, pero con mucha juventud, futuro y variedad. Seguimos teniendo nuestra cabeza de fondo, nuestro gran corazón de mil quinientos y medio fondo. El esqueleto sigue siendo de marcha. Y el futuro emerge en un gran momento en que las nuevas extremidades se van desarrollando cada vez más apegadas a los concursos.

Como si del sueño de una noche de verano se tratase, apagamos la luz, y el rumor de los recuerdos que entran por la ventana abierta de agosto nos seguirán hablando de leyendas, de mitos. De historias de Letzigrund y los otros grandes mítines de verano que este año además se disfrazan de gala con el campeonato del viejo continente.

Herb Elliot, curtido en las dunas australianas de Cerutti hasta ser uno de los mejores mediofondistas de la historia, alcanzó el oro de mil quinientos en los Juegos de Roma 1960 bajando su propio récord mundial a 3:35.6. Cuentan que cuando se retiró, aún mantenía muy vivo en su cabeza el recuerdo de su primera carrera, con solo diez años. "¡Nunca me alcanzarán! ¡Nunca me alcanzarán!" recuerda Elliot que se repetía continuamente a sí mismo. La carrera, ochocientos metros con niños de tres y cuatro años más que él, había terminado metros atrás, y las propias personas del público eran los que intentaban detener al muchacho que seguía corriendo enloquecido por el triunfo.

En el noventa y dos, en la recta de meta de Montjuic, Fermín Cacho era quién corría por la gloria olímpica. El "no me alcanzarán" ya debía de quedar atrás, quizás en aquella última curva en la que corriendo junto a la cuerda consiguió dejar a todos. Y en los últimos metros, como el que ya casi se sabe ganador, las miradas a los laterales, nerviosas, ilusionadas, se repetían sin cesar para ver que el triunfo era suyo y que el horizonte de brazos abiertos al atardecer barcelonés más olímpico le pertenecía.

Tras una nueva gesta en los Juegos de Atlanta, aquella noche de 1997 en Zúrich, la de la locura de los Kipketer, la de Haile, el tiempo parecía haber dejado abierta una puerta a las fronteras atléticas, y el soriano, ya elevado a mito, se unió al juego en el que participaban los que fueran dos de sus principales rivales durante toda su trayectoria. El joven El Guerrouj, que tiraba en cabeza. El veterano Morceli, a quién Cacho superó tras la última curva.

Y al igual que hay carreras que se corren con el miedo hacia atrás, esa noche el pensamiento de Elliot seguramente no pasó por la cabeza del campeón español. Esa noche, el escenario era una vez más Letzigrund, y sólo se corría por alcanzar a los Jazy, Coe, Ovett y Cram, a los Abascal, González y todos aquellos que le habían precedido. Sólo por alcanzar a un El Guerrouj que se mostraba intratable.

Fermín Cacho dejó el reloj en 3:28.95, a solo cuatro centésimas del marroquí, estableciendo un nuevo récord de Europa que mejoraba el registro establecido por Steve Cram en 1985. Un nuevo récord que ha durado hasta el verano pasado, hasta el acelerón de Mo Farah en Mónaco, lo que con casi 16 años de vigencia le convierte en el más duradero de la historia del viejo continente en esta distancia, y que ha quedado para el atletismo español como el mejor ejemplo de lo apasionante que puede ser una noche de verano en Zúrich.



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