Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 14 de agosto de 2019   NOTICIA WEB 155/2019
Helsinki: 25 años del triplete español en el maratón del Campeonato de Europa de 1994

Por : Miguel Calvo - Fotos: Miguelez TEAM


Acostumbrados a la dureza del clima, el día a día en Finlandia trascurre dentro de la rutina de un invierno infinito, atrapados por el frío y las noches interminables que sumergen todo en la oscuridad durante unos meses tan largos que parecen no tener final.

Tanto que, cuando después del frío surge el corto y breve verano, la vida se transforma y cada día se convierte en una explosión de luz donde la noche nunca llega. Hasta el punto de que, bajo el sol de medianoche y los días más calurosos del año, cada tarde es una improvisada fiesta, el bullicio de los parques y los espacios públicos recuerda a una verbena de verano, y la gente se aferra a todo aquello que les hace olvidar los problemas hasta el regreso de la oscuridad del invierno: un rato bajo el sol con la familia y los amigos, una cabaña junto al lago, una cerveza y una celebración con la vocación de quien se aferra a una última tarde de vacaciones.

En medio de la fiesta, antes de ir a dormir, pronto comienzan a surgir las historias que los más viejos cuentan a los más jóvenes, como si de un cuento se tratara. E inevitablemente, en un país tan enamorado del atletismo y su tradición como Finlandia, muchos de estos relatos se pierden dentro del recuerdo del viejo estadio olímpico, como las historias de los finlandeses voladores que desafiaron al frío para reinventar las carreras de fondo, los lanzamientos de jabalina que allí se sienten como una religión, el día que Paavo Nurmi encendió el pebetero olímpico en 1952, la triple gesta de Emil Zatopek en aquellos Juegos Olímpicos, el triunfo con el que Grete Waitz se proclamó allí mismo como la primera campeona mundial de maratón de la historia, el día que Paula Radcliffe derrotó a sus fantasmas y demostró que también podía ser campeona del mundo, o el inolvidable día de 1994 en el que tres amigos españoles se abrazaron tras la meta del maratón del Campeonato de Europa.

Justo en ese instante del que hoy se cumplen 25 años, el nombre de la ciudad de Helsinki surge en medio de la historia del atletismo español como el título de una canción o un poema, con la magia que desprenden los lugares más lejanos.

Así lo afirma el mismo Martín Fiz que aquel 14 de agosto se proclamó campeón de Europa junto a sus amigos Diego García y Alberto Juzdado: "Helsinki quedará para siempre como la ciudad que descubrió al maratón español, ese maratón que estaba escondido, ese maratón al que la gente sólo se pasaba cuando ya no tenía nada que hacer en otras distancias, pero que a partir de ese día demostró que había mucho talento escondido y empezó a reunir a corredores como nosotros tres, Abel Antón, Alejandro Gómez, Fabián Rocero, José Manuel García o un larguísimo etcétera de atletas que cambiamos la forma de entender la mítica distancia en nuestro país".

"Éramos unos soñadores - afirma Alberto Juzdado mientras se emociona recordando cómo sus compañeros le recibieron de rodillas tras la línea de meta que cerró un triplete histórico -. Y ya que hablamos de sentimientos, fue algo que habíamos sentido que podíamos hacer. Luego la carrera salió redonda y fue mágica, pero lo habíamos trabajado mucho. Fue un día memorable, lleno de valores, amistad y compañerismo. Y, en un deporte tan individual como el atletismo, demostramos que hay amistades que nunca se borrarán, como se puede ver en las imágenes".

En busca de los secretos de aquel día, todas las conversaciones con Fiz y Juzdado desembocan en las semanas previas de concentración en la venta Magullo. La convivencia que les unió para siempre. Los paseos por Segovia. Las durísimas jornadas de entrenamiento en altura. Los lugares geográficos que dibujan la sierra segoviana y que encierran los mayores secretos del maratón español. Los pinares de Valsaín. Navafría. Navacerrada. Los nombres del resto del equipo: Santiago Llorente (fisio y exatleta), Xabier Leibar (responsable RFEA) y los entrenadores Dionisio Alonso, Santi Pérez y Sabino Padilla. Todos los test que día tras día les confirmaban que podían correr muy rápido. Y el recuerdo de cuando los sueños se escriben corriendo a tres minutos por kilómetro por el asfalto de las carreteras que se recortan entre las montañas, con el lujo de contar con compañeros como el Taca Prieto, Paco Guerra o el argentino Antonio Silio.

"Es algo que sólo puedes imaginar viviéndolo in situ - afirma Martín Fiz -. Viéndonos entrenar y animarnos cada jornada. Un día era el fallecimiento de uno, otro la debilidad de otro, pero siempre se compensaba con la fortaleza del que ese día estaba mejor, con el ánimo del más fuerte de cada entrenamiento, o con la alegría infinita de Diego García. Siempre tirábamos hacia delante, sabiendo que en Helsinki íbamos a dar lo mejor de nosotros mismos y viendo después en la capital finlandesa que, mientras corríamos, a medida que pasaban los kilómetros nos íbamos quedando tan solos como habíamos estado tantas veces en las carreteras de la sierra".

En pleno competición, todos coinciden en señalar el instante en el que los tres se marcharon en solitario como el momento clave de la carrera. Impetuoso, Martín Fiz, que un año antes había debutado en la misma capital finlandesa, fue el único que respondió al ataque del portugués Pinto. Por detrás, Diego García cerró el hueco cuando consideró oportuno, llevando con él a Alberto Juzdado ("Diego era siempre mi timón", como recuerda el corredor madrileño). Y ya juntos, dejaron atrás al corredor portugués y siguieron soñando con un podio completo.

Como si en esos momentos los elegidos pudieran ver todo a cámara lenta mientras que el resto de mortales se pierde entre pulsaciones aceleradas, la lucidez de Juzdado recuerda cómo era consciente de cada detalle, de cada grito de ánimo de los entrenadores o de su familia.

Al mismo tiempo, siempre con ese nervio que le hizo campeón, Fiz rebobina y avanza la película. Recuerda el miedo que da la competición mientras caminaban hasta la salida en medio del calor y la humedad que convirtieron el asfalto que rodea los lagos de Helsinki en un día atípico. Revive las miradas cómplices entre los tres corriendo ya solos. Siente otra vez el miedo que le asaltó cuando perdió de vista a Alberto. Transforma de nuevo los temores en la alegría que supuso ver entrar a sus amigos en el estadio. Se pierde en la emoción de los brazos en alto, las rodillas en el suelo y un abrazo infinito. Y, como si fuera el mejor final posible, se guarda para siempre la emoción que sintieron al ser el mismísimo Emil Zatopek quien les colgó las medallas al cuello.

Hasta que Juzdado vuelve siempre a poner cordura: "Las televisiones, las radios, los periódicos… fueron unos días increíbles con los que todavía te emocionas al recordar cómo la gente se acercaba y te paraba para darte las gracias por ese instante de felicidad. Pero luego llegas a casa, regresas a tu soledad del entrenamiento y es curioso cómo algo así te marca para siempre, pero al mismo tiempo te hace poner todavía más los pies en el suelo. Vuelves siempre a ese instante en el que te ves corriendo tú solo después de todo el ruido, en medio del silencio, y vuelves a analizar contigo mismo lo que ha pasado, te abrazas a la descarga emocional que acabas de vivir y sientes aún más que el camino correcto es ese: seguir aferrándote al romanticismo y los valores que te han llevado hasta ahí. Y que pronto llegará el más difícil todavía, como cuando al año siguiente conseguimos ser primero, quinto y sexto en el Campeonato del Mundo de 1995".

Y en medio de la nostalgia, la figura de Diego no para de crecer mientras que, emocionados, Martín y Alberto lo recuerdan como el alma máter del equipo y el verdadero referente. El artífice de la explosión del maratón español. El mejor ejemplo de que, desde la sencillez y los orígenes más humildes, era posible soñar con todo en los Juegos Olímpicos de Barcelona cuando parecía que no había nada alrededor. El mejor estratega y maratoniano puro. Y, en definitiva, la personalidad que supo convertirles a todos en una piña, siempre aferrado a valores como la nobleza, la generosidad, el compañerismo, la entrega, la profesionalidad y la alegría de la que no paran de hablar sus amigos para referirse a él mientras se dejan llevar por las emociones.

"¡Estamos en una nube! ¡Estamos en una nube!", recuerda Alberto Juzdado que Diego García gritaba sin parar mientras se abrazaban, lloraban e iniciaban una interminable vuelta de honor.

¿Aquel abrazo de Helsinki es un buen lugar en el que quedarse a vivir?, nos preguntamos.

"Yo celebraría el 14 de agosto cada año - afirma Martín Fiz - Quizás la gente pueda pensar que los maratonianos no somos gente tan nostálgica, porque tenemos unas faces y unos caracteres muy duros, forjados a través de muchas horas en soledad y siempre tan aferrados a nosotros mismos, a esa capacidad de sufrimiento y a esa tolerancia al dolor. Pero estamos cargados de romanticismo y nos seguimos emocionando al pensar en estos instantes y al ver cómo la gente se sigue emocionando al recordarlo".

"Para ver bien tienes que sentir con el corazón - añade Alberto Juzdado -, y para nosotros y para toda la gente que se emocionó con aquella carrera fue una descarga emocional tan grande que nunca podremos olvidarlo, con todos los sentimientos y el esfuerzo que encierra esa imagen".

Lejos de olvidar, 25 años después es buen momento para celebraciones.

Martín, en pleno ejercicio de soledad, explica que, sin saber muy bien por qué, hoy necesita sentirse solo por un instante. Correr por sus caminos de siempre. Aferrarse a ese paréntesis de 15 kilómetros que siempre se reserva para sí mismo. Y, antes de celebrarlo con su familia y amigos, estar corriendo solo con todas las emociones que vivieron aquel día para seguir soñando con todo lo que pasó.

Mientras, alrededor de una mesa y una pequeña celebración, Alberto se abraza a su amigo Jesús España y a su entrenador Dionisio Alonso, el hombre que les dio todo y que cada 14 de agosto vuelve a cumplir años. Ríen. Se emocionan. Y brindan de nuevo como hicieron aquel día en Helsinki con una botella cava o el posterior 13 de agosto de 2006 en el que Jesús España se proclamó campeón de Europa en Goteborg. Y sin dudarlo, Martín y Alberto coinciden en cómo hubiese celebrado Diego un día como hoy. Rodeado de su familia y la cuadrilla que le seguía por todos los maratones del mundo. Riendo. Disfrutando. Y en medio de un maratón de nunca acabar que hubiese comenzado a las doce de la noche del día de antes y se hubiese prolongado hasta el día siguiente.

Sin espacio para la nostalgia, igual que una tarde de verano en Helsinki, cada 14 de agosto nos seguirá recordando que, mientras siga saliendo el sol, la vida siempre hay que celebrarla y que los recuerdos siempre terminan regresando: como el bosque de Armentia que fue construyendo la personalidad de Martín Fiz hasta convertirlo en una leyenda; como la carretera entre Akoitia y Azpeitia en la que Diego García aprendió a cambiar para siempre al maratón español; o como los montes y la naturaleza que siempre constituyeron el refugio de Alberto Juzdado mientras solo era un niño que soñaba con correr y ser feliz.

Y, por encima de todo, aquella fotografía del abrazo de Helsinki por la que no parecen pasar los años, nos seguirá recordando siempre la importancia de la amistad, del esfuerzo y de los auténticos valores que encierra este deporte, ya sea sobre la recta de meta o alrededor de una paella como la que Francisco Guerra invitaba cada domingo a sus amigos en la finca segoviana de sus padres, contigua a la Venta Magullo en la que los tres maratonianos españoles soñaban con escribir su propia historia, mientras que un niño llamado Javi Guerra contemplaba la escena e iba empapándose poco a poco de aquel ambiente y de aquellos sueños, claro reflejo de que un instante o una fotografía pueden convertirse en algo tan icónico que, veinticinco años después, siga inspirando y alumbrando el futuro de varias generaciones de corredores que un día comenzaron a soñar con kilómetros de asfalto, maratones y estadios olímpicos en el horizonte.



 

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