Real Federación Española de Atletismo
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 jueves, 14 de febrero de 2019   ENTREVISTA WEB 4/2019
José Luis Mareca: kilómetro 0: Polígono Industrial Malpica

Por : Alfredo Varona


El entrenador es un tipo imborrable: José Luis Mareca. El atleta es una prolongación del entrenador: Toni Abadía. Así que es imposible que uno sea imparcial. Ni siquiera es necesario serlo en un relato como este que podría retroceder al mes de julio de 1972. El entrenador tenía 14 años. Justo un día antes de que naciese su hermano pequeño. Él estaba "muerto de miedo". Aquel día empezaba a trabajar en la misma fábrica en la que trabajaba su tío de caldedero, a mover el hierro fundido, a jugarse las manos. 46 años después, ahí continúa Mareca, en el mismo sitio, en el polígono de Malpica de Zaragoza, a la espera de que en el mes de abril, cuando cumpla 61 años, llegue "el ansiado contrato relevo", la merecida jubilación. "Pero yo ya no quiero hacerme ilusiones de nada", replica hoy, un día más en el que volvió a levantarse a las 5,45 de la mañana. El despertador es una orden. Y, como siempre, desayunó un zumo y un yogurt. Y se fue caminando en dirección a la parada de bus donde le recoge el autocar de la empresa que traslada a los empleados a la fábrica. Las calles aún no estaban puestas. Y no importa, porque es siempre así, desde el 72, la fuerza de la costumbre.

Cuanta dureza, cuanta literatura desprende este hombre, un enamorado del atletismo que empezó a entrenar a gente a los 22 años. Quizá porque todo en su vida, el mayor de cinco hermanos, siempre fue tan rápido. Pero, precisamente, esa es la banda sonora de esta historia. La de cualquier tarde en el Parque Grande de Zaragoza, donde arrancan tantas tardes. Y allí está Toni Abadía, que es uno de sus legados. Una parte más de su personalidad. Un atleta que hoy tiene 28 años y que empezó a entrenar con Mareca a los 16 después de que la mujer del entrenador hablase con la madre del muchacho, "porque el chaval quería dejar de correr". Pero, al final, no lo dejó y hay tanto que contar desde entonces… Quizá la película que aún nos falta por ver en el cine. La que nos demuestra que los abrazos no son consecuencia de la casualidad. La que viaja a todas partes como aquel año en el que Toni Abadía decidió empezar a trabajar de dependiente en El Corte Inglés. No tenía una gran necesidad. Pero buscaba "una experiencia para el día de mañana", a sabiendas de que "el atletismo no es eterno", porque esas cosas curten, esas cosas no se olvidan nunca.

En realidad, el atletismo va más allá de lo que sucede en la pista. El atletismo también es José Luis Mareca que acaba de trabajar a las tres y cuarto de la tarde después de toda una mañana levantando peso, expuesto al ruido de las máquinas. El atletismo también es esa siesta reparadora que luego le ayuda a poner las piernas en orden, a no dejar de correr una sola tarde en el calentamiento con sus atletas, a apuntarse al último maratón de Zaragoza y a terminarlo en 3 horas y 57 minutos. Él, que llegó a hacer 2 horas y 20 minutos, por el mero placer de estar ahí. Qué maravilla. Qué valiente. Pero esas son las historias que eligen su propio ritmo. Las fotografías que aún nos ponen la piel de gallina. Los árboles que nos dejan ver el bosque. La seguridad de que la perfección nace de la repetición. Los propios ojos de Toni Abadía que regatean sin problema a la vanidad. La vieja frase de Mareca que demuestra que no hay hombres perfectos, sino intenciones perfectas. "Toni es el mejor compañero que un atleta puede tener: no quiere que los demás trabajen para él, sino trabajar para los demás".

Quizá por eso esta historia ya vive por encima del bien y del mal. El prestigio ya está asegurado a todo riesgo: ya no depende de lo que pueda pasar mañana; ya no deberíamos ser neutrales. Ya no podremos dejar de escuchar a Mareca, que aún tiene grabado a fuego su primer sueldo en la fábrica (517 pesetas), y no pegarle un abrazo. No admirarle como se admira a la gente que nos llega al corazón. No por lo que sepa de atletismo, sino por lo que aporta al atletismo, que también tiene vocación de servicio público. "La medalla más importante es la de saber respetar al rival y ésa tú la ganas siempre", le dice él a Toni Abadía, a esos 28 años tan bien invertidos, a ese apasionado de las matemáticas y del álgebra. Sobre todo, del álgebra porque correr también consiste en resolver problemas, en hacerse mayor. No en complicarse la vida como nunca se la complicó su padre. Un ingeniero prejubilado de Telefónica que jamás ha corrido ni dos kilómetros. Quizá por eso Toni se refiere a su padre como su "gol por la escuadra", porque nunca se metió en esta afición suya por el atletismo. "Los padres pueden hacer mucho daño", replica.

Mareca no sabe si su relación con Toni es como la de un padre y un hijo, "pero podría ser que sí". Quizá porque Mareca es la inspiración: la manera de resolver con calma una decepción. Al final, las decepciones siempre son relativas. No hay casi ninguna que no se pueda solucionar. "A los 14 años, nada más terminar, el colegio no pude elegir", recuerda. "Tuve que ponerme a trabajar". Por eso hoy no sólo es un entrenador. También es una inspiración: la de ese adolescente del 72, muerto de miedo, a la entrada de aquella fábrica de hierros. Todo ese ruido. Todos esos hombres. El primer día. La primera vez. La manera de resolver el miedo que hoy, a los 60 años, relata como si nada y emociona como nadie. Toni también le escucha en los buenos y malos momentos en los que aprendió que "no se puede ganar siempre". Por eso la magia es la de volver o la de intentarlo. "He estado muy abajo y sé lo que la cabeza puede hacer por tí". Quizá porque la cabeza es lo que diferencia a esta historia en la que ya lo acordamos una vez: lo contrario de vivir es no arriesgarse. No admitir que algún día nos olvidaremos de las marcas pero jamás nos olvidaremos de lo que nos aportaron José Luis Mareca y Toni Abadía antes de subir al podio.

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Junto a su mujer y Antonio Abadía
Junto a su mujer y Antonio Abadía















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