Real Federación Española de Atletismo
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 lunes, 15 de octubre de 2018   NOTICIA WEB 342/2018
Cincuenta años después, nos inundan los recuerdos de los que fueron protagonistas: los atletas españoles que lo vivieron en primera persona
Cartas de México 68

Por : Miguel Calvo



Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida.
Canción de simples cosas, Chavela Vargas.


La mayoría de las ocasiones, las revoluciones llegan casi sin darnos cuenta, sin ser conscientes del todo de la trascendencia de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Entonces, solo el paso del tiempo es capaz de poner la perspectiva necesaria y ayudarnos a valorar en su justa medida aquellos momentos en los que sabíamos que algo mágico estaba pasando a nuestro alrededor, pero que no sabíamos hasta qué punto nos iba a marcar, tanto a nosotros como a todas las generaciones futuras.




Medio siglo después, gran parte de la historia moderna podría caber en aquel lejano 1968 que se ha convertido en un lugar común repleto de nostalgia para quienes lo vivieron y de curiosidad para las nuevas generaciones, a medio camino entre la modernidad y el pasado, como un auténtico punto de inflexión a partir del cual cambiaron para siempre muchos valores y formas de ver la vida.

Un año tan cargado de hechos históricos como la guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, el inicio de la lucha contra la segregación racial, el atentado contra Robert Kennedy, la elección de Richard Nixon como presidente de los Estados Unidos, la primavera de Praga y el levantamiento de los estudiantes en todo el mundo, con el mayo francés de París como epicentro y la matanza de la Plaza de las Tres Culturas en México como símbolo de la represión más brutal.

Y, entre todo ello, la firme convicción de que la playa estaba bajo los adoquines, terminando de formar el espíritu que explotaría al año siguiente en la popularización imparable de las grandes concentraciones reclamando una sociedad mejor y con fenómenos culturales como Woodstock y los grandes festivales de música en busca de nuevas libertades que se creían perdidas.

En medio de toda aquella vorágine, impregnados por las ganas de cambio que parecían inundar cualquier parte del mundo, los Juegos Olímpicos de México llegaron durante un mes de octubre de hace cincuenta años para también cambiarlo todo. Como si, dentro del mundo del atletismo, comenzar a hablar de la nueva superficie sintética conocida como tartán y de la influencia de competir a tanta altitud (2.240 metros) hubiesen adelantado un futuro que llegó de repente en el momento justo, en plena revolución. Terminando de situar el contexto, junto a las competiciones deportivas México organizó una importantísima olimpiada cultural para emular las celebraciones de la antigua Grecia en las que se cultivaba tanto el espíritu como el cuerpo, y en la que, por ejemplo, el cuadro de Dalí titulado El atleta cósmico representó al arte español. Además, los propios Juegos Olímpicos se convirtieron en un referente para el diseño gráfico gracias al espectacular proyecto que lideraron el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y el diseñador Pedro Ramírez Vázquez. Y el Estadio Olímpico Universitario, centro neurálgico de aquella olimpiada y localizado dentro de la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México, situó por primera vez al estadio olímpico dentro de un área declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, en un lugar repleto de edificios modernistas y ambiente universitario, pero de marcado sentido histórico y cargado de símbolos prehispánicos, con la firma del muralista Diego Rivera. Y a partir de ahí, se celebraron unos Juegos Olímpicos tan icónicos que quedarán marcados para siempre por el encendido del pebetero por primera vez a cargo de una mujer (Enriqueta Basilio), el salto infinito de Bob Beamon, la revolución técnica de Dick Fosbury, el puño levantado del Black Power y una sucesión irrepetible de récords del mundo, como si fuese el momento justo en el que podían caer de forma simultanea todas las fronteras físicas a las que se enfrentaba el ser humano.




Representando a España, a México viajó un equipo formado por once atletas que marcaron toda una época del atletismo español, a medio camino entre las viejas pistas de ceniza y los nuevos estadios de tartán sintético, y justo en mitad del trayecto que hay entre los autodidactas que escribieron la historia del atletismo español hasta los años cincuenta y la profesionalización del atletismo que comenzaría a llegar justo en las décadas posteriores a los años sesenta, con aquellos pioneros convertidos en entrenadores para traspasar el conocimiento que hasta entonces tan solo se adquiría a partir de la experiencia propia.

Y, muy vinculados al mundo universitario del que procedían en la mayoría de los casos y siempre con las raíces en el amateurismo y en la época en la que los atletas empezaban a buscarse la vida para seguir adelante, por encima de todo aquella generación de atletas fue un grupo de grandes amigos, cargados de los valores que regían entonces las reglas del deporte. Tal y como, en la actualidad, se sigue percibiendo en un numeroso grupo de whatsapp que ha ido surgiendo a partir de los homenajes a esta generación que han proliferado en los últimos años y que les agrupa a todos ellos bajo la denominación de "Los Irrepetibles", según ellos mismos se hacen llamar. Como si de una correspondencia a través de la cual los mismos protagonistas que estuvieron en los Juegos Olímpicos de México 1968 nos cuentan en primera persona la historia de aquellos días, este trabajo es una recopilación de las cartas que ellos mismos nos han escrito para este fin y un resumen de las largas conversaciones que hemos mantenido con ellos, incluyendo a los dos atletas que estuvieron en aquellos Juegos y que ya han fallecido (José Luis Martínez y José Luis Sánchez Paraíso) y que también aparecen en estas cartas a través de viejas entrevistas y crónicas de aquellos días.

En vísperas del 50 aniversario, con motivo de una pequeña tertulia, regresamos a las viejas pistas de ceniza de la Ciudad Universitaria de Madrid, donde la mayoría de ellos nacieron y se criaron deportivamente.

A finales del mes de septiembre, en torno a la festividad de San Miguel, el verano todavía se resiste a marcharse y, mientras paseamos por la vieja pista con Alberto Esteban, Jorge González Amo e Ignacio Sola, el maravilloso atardecer de la capital enciende todo el horizonte y las conversaciones nos trasportan a un tiempo que parece muy lejano, pero que es esencial para entender el momento actual.

- Desde México se produjo una inflexión total y aquellos días fuimos muy felices, afirma Alberto Esteban.

- Además, vivimos unos de los Juegos Olímpicos más revolucionarios e icónicos de la historia: un puño en alto con un guante negro, un salto tan largo para el que no había ni la suficiente cinta de medir, un salto de espaldas que asombró al mundo. Y todo eso ha provocado un reconocimiento y un recuerdo tan grande que es algo que no ocurre con cualquier otra edición olímpica. Algo que ni siquiera pasó con los Juegos que les precedieron y le sucedieron, como Tokio o Múnich, añade Ignacio Sola.

- Siempre se ha hablado del tartán y de la altitud. De que si todo lo que ocurrió allí fue una evolución natural. Pero no es así. Simplemente fue una generación absolutamente extraordinaria (Szewinska, Colette Besson, Al Oerter, Beamon, Fosbury, Jim Hines, Tommie Smith, Lee Evans, Saneyev, Mamo Wolde, la sombra de Abebe Bikila…) que se juntó en un momento totalmente extraordinario, mágico. Y que luego ni siquiera volvieron a repetirlo. Fueron unos días únicos, termina de apuntar Jorge González Amo.

- ¿Y las zapatillas? ¿Recordáis aquellas viejas Múnich? No os lo vais a creer, pero el otro día paseando con mis nietos por un centro comercial, vi que había una tienda solo de esa marca y que ahora están totalmente de moda, reflexiona Alberto Esteban entre risas.

- Claro que me acuerdo. Antes de que empezaran a llegar todas las nuevas zapatillas, solo teníamos aquellas Mates de piel tan rígida y tacos larguísimos, contesta Jorge González Amo.

- Aquellas Múnich fueron con las que yo competí en México. Recuerdo que estábamos en Pontevedra, en una concentración previa, y apareció un tío con un Simca 1000 diciéndonos que hacía las mejores zapatillas de atletismo del mundo y que si queríamos probarlas nos las regalaba. Fuimos al maletero, entramos a saco y nos las llevamos todas. Competí con ellas en aquella final olímpica y a la vuelta les mandé una foto con ellas, que luego la ampliaron y la utilizaron como publicidad, finaliza Ignacio Sola mientras se abrazan juntos a los buenos momentos vividos.

A lo lejos queda el recuerdo de México 1968 y los días felices. Primero, compitiendo dentro del estadio olímpico universitario. Después, con el paso de los días en los que la villa olímpica y sus alrededores se convirtieron en un enorme bazar donde poder ganar algo de dinero extra negociando con todo tipo de objetos, reflejo de aquellos años en los que tocaba agudizar la picaresca. Y, por último, con las noches transformadas en una fiesta interminable a través de las calles del DF, la música de Chavela y las mansiones de la numerosa colonia española engalanadas y repletas de mariachis recién contratados en la plaza Garibaldi.

Medio siglo después, la tarde termina caer sobre Madrid y, antes de despedirnos, continuamos charlando mientras que la vieja pista se va perdiendo de nuevo en el silencio de la noche, recordando aquellos años en los que la llegada del tartán iba a dejarla olvidada y en los que el futuro pareció que había llegado de improviso.

 



 

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