Real Federación Española de Atletismo
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 martes, 17 de julio de 2018   NOTICIA WEB 277/2018
Con dos maravillosos oros de Nuria Fernández y Arturo Casado
Los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa (VII): El reinante 1.500m de Barcelona 2010

Por : Chema Barberarena


Más de ochenta atletas españoles acudieron a la llamada de los vigésimos Campeonatos de Europa, celebrados por vez primera en suelo nacional. Montjuïc, como antaño, volvió a vestirse de gala. Volvió a emocionarse. Volvió a vibrar. El mediofondo acaparó con brillantez, en el caluroso verano mediterráneo, casi todas las miradas. Barcelona vivió un Campeonato de intensa belleza.

Ochenta y cinco atletas nacionales. Jamás, en los diecinueve Europeos anteriores, España había completado una selección tan fecunda en número. Cincuenta y tres hombres y treinta y dos mujeres vestirían de rojo en Barcelona. Era la primera ocasión en la que se superaba el medio centenar de representantes masculinos en Campeonatos de Europa, y la segunda consecutiva en la que las mujeres se contaban por más de treinta efectivos. El total de medallas, que auguraba un acecho en toda regla a los vertiginosos quince metales de Múnich, en 2002, descendió hasta los seis podios (frente a los once de Gotemburgo, cuatro años antes), representando un retroceso significativo ante las siempre farragosas quinielas previas. El número de finalistas, sin embargo, igualó los veintiocho logrados en la ciudad alemana, hito numérico constante en el pedigrí de la selección nacional, en el que continúa siendo el tope de las participaciones españolas en Campeonatos de Europa.

A las ocho de la tarde del viernes 30 de julio de 2010, tórrido verano en Barcelona, las dos semifinales del 1.500m colocaron a Natalia Rodríguez (2 de junio de 1979, Tarragona) y Nuria Fernández (16 de agosto de 1976, Lucerna, Suiza) en respectivas terceras posiciones de cada una. En la primera, Rodríguez no podía ocultar un estado de forma sensacional. Su candidatura al oro se proyectaba desde el control y el empaque que otorga desvelar una seguridad casi insultante en sus posibilidades. En el amargo recuerdo, su traumática descalificación el verano anterior en el Mundial de Berlín, en una polémica y recordada maniobra con la etíope Gelete Burka. Y en el horizonte, la esperanza desarrollada tras el subcampeonato mundial que consiguió bajo techo en Doha, en marzo de aquel mismo año. En la segunda semi, por su parte, Fernández, hizo gala de sobria veteranía, y aun con más apuros, certificó el pleno español en la final del domingo. Pocos minutos después, serían testigos del magnífico resultado que depararían sus homónimos masculinos (más adelante en este artículo).

Aquella final contaba con peligrosas mediofondistas que convertirían en infierno el devenir de las españolas. La más destacada, posiblemente la rusa Anna Alminova, que en julio, en París, corría en 3:57.65 (tiempo después anulado por dopaje), ostentando el privilegio de haber sido la más rápida del año atlético. La británica Lisa Dobriskey y la francesa Hind Dehiba no estarían lejos de las hipotéticas aspirantes al triunfo final.

A las nueve y cuarto de la noche del domingo 1 de agosto, último día de competición, y última final antes de los relevos largos, que daban por concluido el Campeonato, sonaba el disparo que iba a conducir al éxtasis a las más de treinta y siete mil personas que se dieron cita en Montjuïc para decirle adiós al Europeo aquella maravillosa noche barcelonesa. La carrera, desde el primer metro, puso en evidencia lo que ya se intuía: las favoritas querían correr rápido. Nuria y Natalia, siempre colocadas en el primer tercio de grupo junto a Alminova, Dehiba, Dobriskey, la turca Asl? Çak?r Alptekin y la francesa Fanjanteino Félix, se mantuvieron fieles al estatus que se derivaba de la previa, y figuraron valientes ante la dureza del ritmo impuesto, de implacable seriedad. Con el grupo ya estirado se pasaba el ochocientos en 2:09.04. Al toque de campana el lío es sustancioso. Tras Alminova y Dobriskey, que comandan casi en paralelo, Dehiba y Çakir. Detrás de estas, encerrada por la cuerda, Fernández, y ligeramente por delante, a la altura de la línea divisoria entre calles, Rodríguez. La situación, en búsqueda de posiciones, se antojaba complicada, pero la sensación transmitida por las españolas había sido de tal aplomo que la circunstancia presagiaba, cuanto menos, apertura absoluta. Al inicio de la contrarrecta, Çak?r quiso progresar por el exterior, cerrando a Natalia, que mantenía su pulso a la expectativa, hasta su decisión de atacar a falta de poco más de doscientos cincuenta metros. Situándose en paralelo a Alminova en una maniobra de máxima inteligencia, la tarraconense hizo vibrar al ya de por sí enfervorizado público para presentar definitivamente sus credenciales al triunfo. Con la rusa escoltada, por dentro por Dehiba, y por fuera por Rodríguez, Nuria Fernández supo, casi de súbito, que su momento estaba a punto de llegar. Al enfilar la recta, la francesa mantuvo la cuerda en su poder, pero Alminova cometió el mínimo error de traspasar un casi imperceptible umbral hacia su izquierda, hundiéndose a partir de ese preciso instante, y que permitió a Fernández aprovechar el hueco entre ambas para fijar su objetivo. La decisión, en una décima de segundo, de aprovechar el resquicio, catapultó a Fernández hasta su empeño final. Pisando calle tres, Natalia Rodríguez mantuvo el tipo hasta la meta. La pugna, en su conjunto, fue maravillosa. Pero el definitivo impulso, el definitivo acelerón tras una carrera velocísima, apareció de las piernas de Nuria, que, en el sprint de su vida, fue quien no sólo soportó unos últimos sesenta metros de máxima tensión, sino que se benefició de la circunstancia para, a semejanza del héroe Casado dos noches antes, volar hacia el oro en una imagen absolutamente imperial. Los últimos metros de la madrileña (nacida en Suiza) pusieron patas arriba Montjuïc, en un estallido de júbilo de proporciones casi incalculables. La sensacional victoria, en 4:00.20, se convirtió en la mejor marca de Fernández en la distancia. Hoy, continúa siendo la segunda mejor marca de la historia del 1.500m español, sólo superada por el 3:59.51 de Natalia en Rieti, en 2005 (única española sub 4'). El pulso por la plata lo ganó la francesa Dehiba (4:01.17), con quien no pudo, finalmente, Natalia Rodríguez. No quiso el destino regalar a la catalana un oro ante su público un año después de la amargura de Berlín, a pesar de su lucha incansable hasta el último metro (4:01.30), premiada con un espléndido bronce.

Exultante, Nuria Fernández logró el mayor éxito de su dilatada trayectoria, prolongada aún hasta nuestros días. En una victoria inesperada, los 33 años, 11 meses y Nuria Fernández logró el mayor éxito de su dilatada trayectoria 16 días de la madrileña la convertían en la más veterana atleta española en coronarse medallista en un Europeo. La cifra sería superada después, curiosamente… por ella misma. "Cuando he visto que nadie me pasaba ha sido una emoción… y luego, ver a la gente, lo que me han ayudado… Ha sido para mí increíble. Y más, después de tanto tiempo de trabajo, tantos años… estaba tan emocionada y tan excitada que no he podido dormir". No era para menos. Emoción incontenible en el abrazo entre las dos españolas. Sin lugar a dudas, uno de los momentos más especiales del evento, con ambas en el primer y único podio de dos españolas en una misma prueba de un Campeonato de Europa, una situación que resultaba inédita hasta aquel entonces, y que no ha vuelto a repetirse.

Para comprender la segunda parte de esta semblanza, hemos de volver atrás en el tiempo, concretamente hasta el atardecer del segundo día de competición, el miércoles 28 de julio. El 1.500m masculino abría fuego con dos semifinales en las que los españoles no pasaron problemas. En la primera, el andaluz Manuel Olmedo (17 de mayo de 1983, Sevilla) siguió la estela del británico Andrew Baddeley para sufrir el menor desgaste posible, tras leer con inteligencia una carrera lenta y a la expectativa. Posteriormente, en la segunda, el local Reyes Estévez (2 de agosto de 1976, Cornellà de Llobregat), espoleado por su público, apretó para coronar su ronda por delante del madrileño Arturo Casado (26 de enero de 1983, Madrid). Trío de ases en una final que, sin la presencia del lesionado francés Mehdi Baala (campeón en 2002 y 2006), se acercaba a un hipotético 'triplete' que, visto lo visto, no era tan descabellado. La gran batalla procedería, según todos los analistas -y de los propios mediofondistas españoles-, de los británicos Lancashire y Baddeley.

Y a las diez de la noche del viernes 30, como presagio de lo que vendría después, un recuerdo sobrevolaba el tartán del legendario Lluís Companys. La Montaña Mágica de Montjuïc, echando la vista atrás en el tiempo, se sinceraba con el pasado. El paralelismo era evidente y, a todas luces, inevitable. De fondo, el monumental triunfo, paradigma del éxito atlético nacional e imagen icónica de nuestro atletismo en competiciones internacionales, del legendario Fermín Cacho en la final de los Juegos Olímpicos de la Ciudad Condal, dieciocho años antes, en aquel mismo escenario. El soriano, en 1994, y Reyes Estévez, en 1998, habían sido los dos representantes españoles en lo más alto del podio del 1.500m en la historia de los campeonatos continentales, en la que es hoy, junto con la sempiterna marcha, la prueba que más medallas ha otorgado al currículum de la Selección Española en los Europeos (catorce metales).

Ya desde el disparo, la lentitud de la carrera fue incuestionable. Nadie quiso tirar, nadie quiso dar la cara. Y el catalán Reyes Estévez, experimentado combatiente, curtido en mil batallas, tomó las riendas, más como iniciativa de control que con ansia de protagonismo o presteza. A la par, Casado hacía valer su infinita envergadura, resultando visible en casi todo momento en posiciones de privilegio. El ritmo, a pesar de todo, fue casi exasperante hasta que Tom Lancashire optó por zarandear el grupo a falta de un tercio de prueba. Arturo y Reyes, bien colocados, al igual que Baddeley, no cedieron. Manolo, más atrás, sufrió para progresar tras verse demasiado rezagado en un momento ya tácticamente importante. Casi nada hacía presagiar, al toque de campana, que la carrera se desarrollaría como lo hizo en los segundos siguientes. Cuando el dominio británico asediaba las aspiraciones de todos, emergió la exuberante figura de Arturo Casado. A falta, aproximadamente, de doscientos metros, el madrileño, en una maniobra colmada de súbita fuerza y determinación, levantó de sus asientos a las casi cuarenta mil almas que rugían en las gradas de Montjuïc. La Montaña Mágica conjuró de nuevo su hechizo, para que, como en aquel verano inolvidable de 1992, un español subiera a lo más alto del podio del 1.500m. Casado, con la fiereza y osadía de quien se sabe capacitado para soportar la embestida del agotamiento que produce un cambio de ritmo tal, apretó el paso con fervor, elevó las rodillas con ansia, cuadró sus casi ciento noventa centímetros de estatura, fijó su objetivo en el horizonte y apostó al unísono con todo su ser por el oro. Caballo ganador, sin duda. La maravillosa recta de meta del madrileño, sin mirar atrás, recordó, en parte, a la de Fermín, en solitario, con firmeza, con la portentosa autoridad de quien sabe que no ha errado el tiro, imponente, imperial. Inteligencia y rapidez al servicio de una victoria inapelable, sin paliativos (3:42.74). La potencia controlada de Casado, en una última media vuelta de ensueño tras una carrera de extrema inteligencia, contrastó con su incredulidad tras cruzar la meta con inmenso margen de diferencia, manos en la cabeza y gesto en mezcla perfecta de cansancio, emoción y escepticismo, a partes iguales. Casi ocho décimas después (3:43.52) el alemán Carsten Schlangen encarnaba la viva imagen de la astucia para rematar a golpe de velocidad terminal una actuación tan magnífica como adversa para las aspiraciones españolas. El invitado que nadie desea se coló en la fiesta española. El veterano Reyes Estévez, en descarnada lucha en paralelo con Schlangen, así como con el francés Kowal y el británico Baddeley, vislumbraba cómo, a su derecha, un cohete sevillano le arrebataba el bronce en vuelo rasante por la calle cuatro. inauguraba con celebración su certero asceManuel Olmedo (3:43.54)nso desde el 800m al 1.500m con su primera gran medalla internacional (y que redondearía con su oro, al año siguiente, en el continental bajo techo en París). Olmedo le arrebató el bronce a Estévez (3:43.67) por apenas trece centésimas. "Este bronce", dijo, "me sabe a oro". En la vuelta de honor, Montjuïc se rendía, preso del entusiasmo y la emoción, al doblete oro-bronce nacional. Casado manifestó con posterioridad su amargura por haberse quedado siempre con la miel en los labios, puesto que fue cuarto en Gotemburgo cuatro años antes, así como en el Campeonato de Europa Indoor de Madrid 2005 y en el Campeonato Mundial bajo techo de Valencia 2008, y quinto en el Mundial al aire libre de Helsinki 2005, y en el Europeo Indoor de Turín 2009. "A pesar de todo, esta medalla de oro recompensa tantos esfuerzos". Una carrera que, por diversos motivos, ya es historia de los Campeonatos de Europa para la Selección Española.


De la mano, en dos situaciones distintas, pero con un denominador común, el mediofondo español cerró la primera década del siglo veintiuno contemplando el panorama continental desde lo alto del pedestal. El 1.500m volvió a convertirse en la referencia que fue, en la prueba que más pasiones desató siempre en el aficionado nacional. Desafiando los límites de la realidad, aquel sideral 'doble doblete' -si me permiten el juego de palabras- traspasó el umbral de la felicidad en el atletismo español, convirtiendo nuestro 1.500m de Barcelona, tanto femenino como masculino, en una imagen que retorna ansiosa, una y otra vez, al imaginario colectivo. Aquellos dos fueron, curiosamente, los dos únicos oros españoles en aquel Europeo. Y, también curiosamente, y pese a metales de otros colores, fueron las últimas ocasiones hasta el presente en las que el 1.500m español se vistió de oro en Campeonatos de Europa al aire libre. En lo más alto, cuando surge el recuerdo de Barcelona 2010, acude rauda la viva imagen de la felicidad completa, felicidad personificada en Nuria y Natalia, Arturo y Manolo, y grabada a fuego en nuestra memoria, imagen reinante para siempre en el firmamento de aquel inolvidable Europeo.

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