Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 11 de julio de 2018   NOTICIA WEB 268/2018
Mercedes Chila hace historia en los lanzamientos y un doblete Jesús España y Juan Carlos Higuero en 5.000m
Los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa (VI): Los hitos de Gotemburgo 2006

Por : Chema Barberarena


En la representación más alta del combinado nacional hasta aquel momento en los Campeonatos de Europa, el éxito de Gotemburgo radicó en un conjunto de pequeños hitos que marcaron la participación de la Selección Española en el devenir del evento. Hitos que, a día de hoy, continúan liderando la estadística patria dada su inmensa valía. Hitos que, con pequeñas historias, construyen grandes recuerdos.

Todo, observado con la perspectiva que ofrece el tiempo, adquiere un empaque que es difícil de asimilar en el momento exacto en el que la acción se produce. Si permitimos que las cosas maduren, la vida terminará por ubicarlas en su sitio real. Algo así ocurre con la participación de España en el que fue el decimonoveno Campeonato de Europa de Atletismo. La ciudad sueca de Gotemburgo albergó, del 7 al 13 de agosto de 2006, por segunda vez en territorio del estado nórdico (tras Estocolmo, en 1958), una reunión continental que, para España, supuso un hito por varias circunstancias. Nunca la participación en un Europeo fue tan elevada hasta aquella fecha. Budapest, en 1998, donde hubo setenta y un atletas nacionales, ostentaba ese privilegio, siendo la única vez en que la cifra superaba los setenta. Gotemburgo lo elevó en cinco, hasta setenta y seis. Fue, asimismo, la primera vez en la que contemplamos a más de treinta españolas sobre el tartán en el máximo evento continental. Treinta y cinco fueron las atletas nacionales que dieron rienda suelta a su talento, algunas con mejor y otras con peor fortuna -todo hay que decirlo- sobre el tartán del Nya Ullevi Stadion. Cuarenta y uno los hombres, en la que es, hasta la actualidad, la representación porcentual más equilibrada entre ambos sexos que el atletismo español ha enviado a este evento.

La teoría dedujo en la previa, desde el propio seno federativo, que semejante constelación debía partir sobradamente preparada para atacar el récord de medallas que España tenía en su haber desde cuatro años antes, cuando, en Múnich, el combinado nacional se aupó al tercer puesto del medallero general con quince metales. La estimación, sin embargo, quedó algo tocada en su transformación en realidad. Finalmente, once fueron los premios que España se trajo de Gotemburgo: tres oros (tres menos que en Múnich, dos de ellos revalidados), tres platas y cinco bronces, para rubricar un cuarto lugar definitivo en la tabla por equipos. Con veintisiete finalistas -uno menos que cuatro años antes- el rendimiento no llegó al tope demostrado en la ciudad germana, pero, igualmente, fue sensacional.

La medalla quizá más inesperada, por inédita en todos los sentidos, fue la de la jabalinista gaditana Mercedes Chilla (19 de enero de 1980, Jerez de la Frontera). En el grupo B de la calificación, el sábado 12 de agosto, Chilla sellaba su billete a la final, que se disputaría al día siguiente, el último de competición, con un soberbio primer lanzamiento de 59.54m, suficiente para avanzar. Se convertía así en la primera finalista española en lanzamientos en una cita continental, mundial u olímpica, inaugurando un bellísimo camino que, al día siguiente, sellaría por completo, y cerrando el círculo de lo que debemos considerar, sin ninguna duda, como un hito histórico, tanto para los lanzamientos patrios como para la jerezana, en cuyo bagaje internacional sobresalía el subcampeonato continental sub-23 conseguido en Ámsterdam, en 2001. El domingo, Chilla sorprendería a propios y extraños con un concurso de singular mérito. La final, que comenzó al filo de las dos y media de la tarde en el Ullevi de mano de la gaditana, fue para la plusmarquista nacional (ya por aquel entonces) un salto extraordinario en su ya sólida trayectoria profesional. Envió la jabalina a 57.26m en su primera tentativa, con un lanzamiento que le colocaba en sexta posición tras la ronda completa. A la segunda, ya se fue a 59.63m. Un latigazo magnífico que servía para amarrar el cuarto lugar, a razón de convertirse en el segundo mejor lanzamiento de aquella segunda manga. Dos nulos en el tercero -a sabiendas, antes de este, que disfrutaría de la mejora- y el cuarto otorgaron cierto suspense a una situación que el destino quiso que concluyera de otra manera. En el quinto, bajo una climatología enrarecida, Chilla agitaba las emociones de todos los aficionados, aprovechando la coyuntura a través de un lanzamiento técnicamente soberbio, arropado por un grito desgarrador, en el que llegó a los 61.98m. Sonrisas, rabia, emoción contenida y sin contener, para sellar un bronce que sabía a gloria en un concurso limado por la lluvia, pero al que no debe excluirse mérito alguno. Para entonces, las inalcanzables Steffi Nerius (65.82m en el cuarto) y Barbora Špotáková (65.64m en el primero) relegaban a Chilla a ser la mejor de las otras diez finalistas, una hazaña estratosférica oteando las circunstancias y que debe interpretarse como la pequeña gran maravilla que fue y sigue siendo, visto con la perspectiva del tiempo que todo lo racionaliza. Ese 61.98m era el segundo mejor lanzamiento (y concurso) de Mercedes hasta aquel momento en su vida, tras el récord de España que, el 24 de julio de 2004, había conseguido en Castellón (62.32m). La plusmarca nacional pudo sobrevivir al bronce de Gotemburgo, pero Chilla, que ya había sido hasta aquel año cuatro veces campeona de España absoluta, la destrozó con saña en Mónaco el 20 de agosto, apenas una semana después de su bronce en Gotemburgo, certificando para la jabalinista un verano de ensueño. En aquel Meeting Herculis, en el Stade Louis II, superó por ochenta y ocho centímetros su propio registro, situándolo en 63.20m, registro que logró soportar el paso de casi cuatro años en lo más alto de las listas nacionales. En una gesta histórica, casi sin precedentes en el atletismo español, Chilla, con su bronce, engrosó con lujo el palmarés histórico, y ostentó el maravilloso privilegio de convertirse en una pionera de los lanzamientos en nuestro país. "Estoy en una nube, todavía no me lo creo", dijo la pupila de José María Vega, sobrepasada por una contagiosa emoción, que casi no daba crédito por haber sido parte de la mejora en la final. "Me alegra haber podido demostrar que los lanzamientos también existen". Chilla, con aquel bronce, envió la jabalina española a la eternidad.


El jueves 10 de agosto, el 5.000m masculino inauguraba su recorrido en los Campeonatos con dos semifinales. En la primera, a las seis menos veinte de la tarde, el madrileño Jesús España (21 de agosto de 1978) y el burgalés Juan Carlos Higuero (3 de agosto de 1978, Aranda de Duero) clasificaron directamente, cuarto y quinto. El primero, con sobriedad. El segundo, doblando prueba, junto al 1.500m, su distancia predilecta, en la que la tarde anterior había conquistado un valiosísimo bronce. Inmediatamente después, turno para el extremeño Pablo Villalobos (20 de mayo de 1978, Almendralejo), que protagonizó una de esas anécdotas tan recordadas a posteriori en los Campeonatos. Villalobos, aún en los albores de la prueba, tuvo que detenerse en seco a amarrarse el cordón de una de las zapatillas, que se le desató en un pisotón prácticamente al inicio de la prueba. Con la inteligencia que siempre demostró durante su trayectoria, supo gestionar los nervios y el físico para clasificarse, séptimo, por tiempos, para la final del domingo. Y fue ese domingo, día 13 de agosto, cuando uno de los hitos mencionados en la presentación de estas líneas selló una de las páginas más homenajeadas del historial reciente del atletismo español, y que, observado tras el paso del tiempo, adquiere una trascendencia capital.

En una carrera lenta, disputada bajo el abrigo de colosos como el irlandés Alistair Cragg o el británico, posteriormente estrella rutilante, Mohamed Farah, el trío español se conjuraba para lo que sería un desenlace inolvidable. Tres amigos, tres atletas de la misma generación, nacidos el mismo año, estandartes de una cosecha formidable. Farah, lejos aún de la condición que con los años terminó adquiriendo de fondista total, pavoneaba su particular correr con momentos de demostración en los que poco o nada sacaba en claro en relación a la final. No era Farah, ni por asomo, el imbatible -y en ocasiones casi inexplicable- fondista que posteriormente sería cuatro veces oro olímpico y seis veces campeón mundial. No poseía, aún, categoría de leyenda. España, mucho más inteligente, aguardaba, astuto, sin perder de vista en cada movimiento, los últimos estertores de una carrera que sabía perfectamente que le beneficiaba, tal y como estaba desarrollándose. "Las lesiones me han perseguido durante toda mi carrera, y yo he sabido sobreponerme a ellas", diría después, en una mezcla de orgullo y nostalgia, el valdemoreño. Alistar Cragg quiso tomar las riendas de la prueba en su último tercio, con un ataque salvaje, hasta que tuvo que abandonar a falta de un kilómetro, apenas segundos después del arreón, lanzando al vacío la carrera hacia su desenlace final. Jesús soportó la tentación del salto, y delegó en el turco Akka?, que siempre quiso mantenerse a la expectativa. Cuanto más tiempo pasaba, y menos recorrido faltaba para el toque de campana, mejores se planteaban las opciones de España. El arandino Higuero, que la tarde anterior ya había saboreado las mieles del éxito en su primer podio internacional con el bronce conquistado en el 1.500m, perdía algún que otro metro respecto al cuarteto de cabeza formado por Farah, España, Akka? y el neerlandés Liefers. Algo por detrás, Villalobos empujaba. El suicida cambio del turco a falta de trescientos cincuenta metros no hizo sino clarificar más las cosas. Farah nunca cedió la cuerda, en un momento en el que España ratificó con casi total certeza que sería podio. El de Valdemoro, en bella y peligrosa cabriola sobre los talones de Akka?, sorteando al otomano esta vez por el exterior de la última curva, se colocó a rebufo de Farah con el último hectómetro en el punto de mira del agotamiento, cuando, enfilando los últimos ochenta metros de prueba, el aficionado pudo asistir a una de las más bellas batallas del atletismo europeo, quizá, en toda su historia.

Una recta de ensueño, mano a mano, en paralelo, en el que sería el máximo logro en la trayectoria de Jesús España, y uno de los últimos ecos en forma de derrota en el currículum del todo-campeón Farah, excelso protagonista, posteriormente, de una de las mayores y más sorprendentes progresiones que el atletismo consigue recordar. Una pugna, sin duda, inolvidable. Jesús España (13:44.70, nueve centésimas por delante de Farah) sellaba el tercer y último oro del combinado nacional en Gotemburgo. Curiosamente, también el tercer oro consecutivo para la Selección Española en los Europeos en 5.000m, tras los triunfos de Isaac Viciosa en 1998 y Alberto García en 2002. Y si la recta final de España fue sensacional, la de Higuero redujo a cenizas cualquier comparación posible. Con un esfuerzo descomunal, en una exhibición absoluta de las cualidades retóricas y terrenales de un mediofondista, recortando peldaño a peldaño al turco Akka?, el 'León de Aranda' se convirtió, aquel ya lejano domingo de agosto, en uno de los exponentes máximos en nuestro país del mediofondista total, capaz, por un lado, de volar bajo en cualquier milquinientos de enorme exigencia, y por otro de sembrar el terror con una velocidad pavorosa en cincomiles de grandes campeonatos. "He corrido los cincuenta metros más rápidos de mi vida", manifestaba exaltado aquel flamante nuevo bronce, aparecido en la última recta del Ullevi casi de la nada. La emoción desbordaba cualquier expectativa previa, dadas las circunstancias en las que se habían conseguido el oro y el bronce. Más allá, séptimo concluía Pablo Villalobos en una actuación de extraordinario mérito para redondear una final soberbia, sin duda alguna, de absoluto sabor español. "Cuando he visto que Higuero era bronce y Villalobos séptimo, la alegría ha sido aún mayor", dijo España, con su sempiterna cadencia, a medias entre la elegancia y la cordura. En un alarde de espontaneidad, el fresco Higuero bromeaba con la prensa. "Otra vez aquí… voy a montar una tienda de campaña…". Genio y figura, desde luego, como inolvidable puntilla de un Campeonato tocado por la varita de los hitos. Esos hitos que, con el paso del tiempo, convierten las historias en leyendas



 

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