Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 13 de junio de 2018   NOTICIA WEB 214/2018
Los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa (III): la primera medalla femenina. El oro de Mari Cruz Díaz en Stuttgart 1986

Por : Chema Barberarena


Un grito ahogaba en el olvido el tenue crepitar de las gotas de lluvia sobre el tartán. Una joven, niña más bien, escribía con letras de oro una de las páginas más bellas de la historia del atletismo español. Una historia para la que hay que remontarse más de treinta y un años atrás en el tiempo.

Los decimocuartos Campeonatos de Europa de Atletismo se celebraron del 26 al 31 de agosto de 1986 en la localidad germana occidental de Stuttgart, disputándose por vez primera en suelo alemán. Atravesada por el río Neckar en su camino hacia el Rin, río el primero que precisamente otorgaba apellido al estadio en el que se celebrarían los Europeos (Neckarstadion; hoy Mercedes-Benz Arena), la capital del Baden-Wurtemberg fue testigo imperturbable de una de las mayores gestas que el atletismo español puede -y debe- recordar. Aquella jornada inaugural, íntegramente vespertina, del martes 26 de agosto se convertiría en una de las más felices de las crónicas jamás contadas de las citas continentales gracias a la monstruosa capacidad competitiva de una joven de Viladecans, nacida el 24 de octubre de 1969 en Barcelona, que puso a disposición de la historia un temprano trozo de su trayectoria vital. Mari Cruz Díaz García inauguraba un pasaje triunfal, en un acontecimiento de significativa importancia para España, al aportar su mayor número de atletas (treinta y tres) hasta la fecha en un Europeo.

La marcha femenina hacía su debut en un Campeonato de Europa de la mano de los 10 kilómetros, distancia que soportaría estoicamente en los calendarios hasta la llegada, en Múnich 2002, de los 20 kilómetros. Curiosamente, en aquellos Europeos se añadía también el 10.000m a la agenda femenina, en ese lánguido goteo de emparejamiento que ha tenido lugar (con escasísima presteza, todo hay que decirlo) a lo largo de los años en nuestro deporte. Díaz, aquella enjuta joven de Viladecans, se convertiría una desapacible tarde del verano alemán, a las puertas de la Selva Negra, en la primera (y más joven) medallista española de la historia de los Campeonatos de Europa.

El año anterior, el 23 de agosto de 1985, en Cottbus, la casualidad desafió a la causalidad, estableciendo ambas el acuerdo de firmar una sensacional rúbrica en forma de doble triunfo español, en una inusual circunstancia que, aún a día de hoy, resulta sorprendente. Mari Cruz Díaz y su compañera Reyes Sobrino -que el año siguiente sería quinta en Stuttgart- se convertían al unísono en Campeonas de Europa Junior sobre la distancia de 5.000m (22:56.84). Ambas recordarían los entrenos en Viladecans, el sacrificio, la amargura, el cansancio. De la mano de Josep Marín, ambas enarbolaron el estandarte de una primera generación de la marcha femenina en nuestro país, origen inequívoco de todo lo que acontecería después.

Observada a través de la distancia y la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, la situación de aquella marcha pionera, en lo que a su capacidad técnica se refiere, ha terminado poco a poco volteándose en forma, dirigiendo sus pasos hacia una evolución diferencial. Sobre una menor frecuencia de zancada, los pasos de la experiencia, de la teoría y de la práctica han cerrado filas en torno al concepto de la elasticidad, que se ha convertido, posiblemente, en el súmmum pleno del devenir técnico de la marcha. Mientras la amplitud destaca sobremanera cuando se observa con detenimiento aquel marchar ya pretérito, el camino de los años ha convertido esta especialidad en un repertorio mayúsculo de perfiles y gestos de una enorme complejidad técnica, en busca de la excelencia. Díaz, que debutara con la Selección Española con apenas 13 años, que ya fuera cuarta en el Campeonato Mundial Junior de 1986 en Atenas -campeonato que conquistaría en 1988-, y que acumulaba paulatinamente la experiencia de conocer la sensación que ofrece verse ya triunfadora en varios Campeonatos de España, conocía de primera mano la exigencia del alto rendimiento desde unas edades que, hoy, provocan vértigo.

La carrera se disputó bajo la bonanza relativa de un anochecer bañado por el manto plateado de fina lluvia que acompañaría a las marchadoras en cada aliento de aquella carrera. El histórico Josep Marín, su preparador (así como el de la otra española participante, Reyes Sobrino, también viladecanense), visualizó con claridad meridiana el preciso momento en el que Díaz, acompañada por un grupo de otras cuatro marchadoras (dos soviéticas -Yelena Rodionova y Lidia Levandovskaya- y dos suecas -Ann Jansson y Siv Gustavsson, esposa del también marchador Enrique Vera-) debía atacar. "¡Ahora! ¡Ahora!". Y así fue. No era fácil intuir cómo se desarrollarían los acontecimientos pocos minutos después del ecuador de la prueba, cuando las suecas Jansson y Gunnarsson imponían su autoridad al paso por el quinto kilómetro. Las apuestas, a priori, enfilaban a las nórdicas y a las soviéticas hacia el oro. Poco presagio existía sobre la esperanza española. Mari Cruz, sin embargo, evidenció una madurez que resultaba extraordinaria para una chica en plena adolescencia. Sobre un circuito de dos kilómetros y medio que surcaba la Daimlerstraße, Díaz supo en aquel último kilómetro que iba a ser Campeona de Europa. "Sabía que, o era quinta, o ganaba. No había más. No me cabía en la cabeza otro puesto", reconoció años después. Con 46:09, Díaz se alzaba por tercera vez con la plusmarca española de la especialidad (siendo, además, mejor marca europea junior), arrebatándole el honor nacional a Sobrino (46:42 en mayo, en Potsdam), que llegaría en quinta posición. Era la primera ocasión en la que una marchadora española culminaba la prueba a una media inferior a los cuatro minutos y cuarenta segundos por kilómetro (4:36.89/km), y la primera oportunidad en la que Díaz marchaba por debajo de los cuarenta y siete minutos (llegó con 47:26 como marca personal, cuando venciera en la ronda preliminar de la Copa del Mundo de St.-Aubin-lès-Elbeuf en junio de 1985). Habiendo sido la primera española por debajo de la barrera de los cincuenta minutos -en 1984-, Díaz volvería a batir el récord de España de 10 kms en dos ocasiones más, ambas durante 1987, para sumar un total de cinco récords nacionales sobre la distancia.

Cinco y diez segundos después, respectivamente, cruzaba la meta el resto del podio, las suecas Jansson y Gustavsson (Vera-Ybáñez, según su nombre de casada). En cuarto lugar, la primera representante de la URSS, Rodionova, siendo quinta Reyes Sobrino, con 46:35, que arrebató la quinta plaza in extremis a la también soviética Levandovskaya, para fundirse en un abrazo con Mari Cruz que ha soportado con la máxima emotividad el inescrutable paso del tiempo. "Para una niña de 16 años, esto es lo más", dijo Díaz a los periodistas españoles que sitiaban su exigua figura en el Neckarstadion. La catalana mostró, además, una doble satisfacción: primero, por alzarse con un oro que casi no podía asimilar, pero que nunca dejó de creer que pudiera conseguir, comprendiendo y canalizando hacia un mismo lugar ese cúmulo de talento, trabajo y madurez; y segundo porque su prueba ya formaba parte, tantos años después, de la máxima cita continental.

Tras la tormenta, la teórica calma de la ceremonia… que deparó una curiosa anécdota. Presentada en lo alto del podio, Mari Cruz no daba crédito a lo que acontecía en el Neckarstadion. El himno nacional se convertía casi en esperpento, ejecutado por megafonía a superior velocidad de la correcta. La niña Mari Cruz, sin dar crédito, fue incapaz de contener una traviesa sonrisa ante la singularidad del momento, y en su floreciente bisoñez, reía, vergonzosa, cerca de la carcajada, para terminar cubriéndose el rostro con el ramo de flores entregado junto a la medalla, vista su imagen en las pantallas del estadio. Un simpático recuerdo para cerrar una situación que hoy puede calificarse poco menos que de inolvidable.

Con tan solo 16 años, 10 meses y 2 días, Mari Cruz Díaz derribaba hitos a cañonazos de realidad. Se convertía en la primera medallista española de la historia de los Campeonatos de Europa (la primera, además, con oro). Hoy, continúa siendo no sólo la más joven medallista nacional en un Europeo, sino la más joven participante, mujer u hombre, en la cita continental. Es la única atleta española que ha disputado un Campeonato de Europa con menos de diecisiete años.

El caprichoso destino quiso que ninguna marchadora española volviera a subir a un podio continental en las nueve ediciones siguientes de la competición. Y no se repetiría presea femenina por parte del combinado nacional hasta cuatro ediciones más tarde, con el bronce en 5.000m de Marta Domínguez en Budapest '98. Para el oro, hubo que esperar incluso cuatro años más, hasta el 9 de agosto de 2002, cuando Glory Alozie voló bajo en Múnich. Al día siguiente, Domínguez repetía oro (en 5.000m) en los Europeos más laureados de la historia para la Selección, sellando la única ocasión en la que un mismo Europeo ha contemplado dos oros femeninos españoles.

El oro de Mari Cruz Díaz, envuelto siempre por ella misma en la palabra "entusiasmo" en cada entrevista, relato o recuerdo posterior, abrió de par en par el camino para que la marcha femenina española convirtiera la ilusión y el talento precoz en síntomas inequívocos de creciente realidad, sirviendo de inspiración y semilla para que el futuro deparara la primera medalla femenina del atletismo español en unos Juegos Olímpicos de la mano de, precisamente… una marchadora de Viladecans. Conclusión sencilla es que jamás debería olvidarse que, por figuras como Mari Cruz Díaz, e hitos como aquel maravilloso oro de Stuttgart, aquel que dio el pistoletazo de salida a casi todo, hoy la marcha femenina representa todo lo que representa para el atletismo español.

Enlaces relacionados:

Historial Deportivo de Mari Cruz Díaz
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