Real Federación Española de Atletismo
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 viernes, 01 de junio de 2018   ENTREVISTA WEB 25/2018
Jordi Llopart y Josep Marín, un viaje a los orígenes de los primeros grandes éxitos internacionales del atletismo español.
Sobre el volcán

Por : Miguel Calvo


Hace 40 años, en la última parte de la década de los setenta, la gran revolución de la marcha española que iba a colocar a nuestro atletismo en la primera línea del panorama internacional ya llevaba tiempo cocinándose a fuego lento, aunque aún todo estaba por inventar.

"Recuerdo una anécdota de cuando llegamos a Praga para competir en el Campeonato de Europa de 1978 - nos cuenta por teléfono Jordi Llopart a sus 66 años recién cumplidos -. Nada más salir del aeropuerto, mientras nos dirigíamos al centro deportivo, oímos a unos compañeros que decían: "Bueno, hemos venido de vacaciones", y Josep Marín y yo nos dábamos en el codo mientras nos decíamos: "Sí, sí. De vacaciones… Ya verás, nosotros venimos aquí a dar el do de pecho".

"En aquel europeo, a los atletas nos alojaron en unos módulos prefabricados - nos cuenta Josep Marín desde Lanzarote, donde a sus 68 años nos atiende en la víspera de participar en uno de los Ironman más prestigiosos del mundo-. Se trataba de una especie de barracones en los que se distribuyeron a las distintas selecciones y, delante de cada puerta, había una tablilla con las medallas que cada país había ganado en las grandes competiciones internacionales, es decir, en Juegos Olímpicos y Campeonatos de Europa, porque por aquel entonces aún no se habían comenzado a disputar Campeonatos del Mundo. Cada vez que entrábamos y salíamos el cartel nos recordaba que éramos el único país europeo que nunca había conseguido ninguna medalla en ninguna competición".

Pero el cambio fue tan grande que, en muy poco tiempo (España tan solo había comenzado a participar desde 1973 en las semifinales de la Copa Lugano, antecesora de la actual Copa del Mundo), gracias a dos figuras capitales de la historia del deporte español como los propios Llopart y Marín, la marcha abrió el camino de los grandes éxitos internacionales al atletismo español: en aquel verano de 1978 en Praga, Jordi Llopart consiguió la primera gran victoria internacional de nuestro atletismo con su oro en los 50 kilómetros (Marín fue quinto en la distancia de 20 kilómetros); en 1979, en Serrahima, Marín consiguió los primeros récords mundiales del atletismo español en dos horas en pista y 30.000 metros, seguido muy de cerca por el propio Llopart con las segundas mejores marcas mundiales de siempre; en 1980 Llopart ganó la primera medalla olímpica de nuestro atletismo con su plata en los 50 kilómetros de Moscú (Marín fue quinto y sexto en 20 y 50 kilómetros respectivamente); y el círculo iniciático, repleto de portadas y grandes récords, se cerró en Helsinki 1983 con la primera medalla de España en un Campeonato del Mundo de Atletismo gracias a la plata de Marín en 50 kilómetros (también fue cuarto en los 20 kilómetros).

En definitiva, un nuevo horizonte en el que inventar un futuro sin límites ni fronteras, siempre con la marcha como pionera abriendo el palmarés español en cada gran competición.

"Cuando Jordi ganó en Praga, todos vimos que podíamos hacerlo - apunta Marín -. Porque lo que cuesta es romper el hielo, ser los primeros. Pasar de ni siquiera fijarte en el resto, porque piensas que son otra historia, a verlos como un igual. Y a nosotros nos tocó estar ahí, pero simplemente como otros que antes marcaron el camino como Mariano Haro, Tomás Barris y tantos otros grandes atletas, sin los que nunca hubiésemos conseguido llegar hasta ese punto".

"Tradicionalmente - describe Jordi Llopart -, en España la marcha atlética había sido siempre territorio de Cataluña, con el origen situado en la llegada de los hermanos Charlot desde Francia. A partir de ahí, por cercanía, se fueron uniendo marchadores en Aragón, País Vasco, Valencia, etc... Pero siempre de forma muy residual, con apariciones en grandes campeonatos de forma muy esporádica (como Luis Meléndez en los Juegos Olímpicos de Amberes 1930, Enrique Villaplana en 1948 o José Ribas en Roma 1960) y con un lapsus de tiempo bastante largo hasta los años setenta y la irrupción de nuestra generación con Agustín Jorba, Víctor Campos y todos los nombres que empezamos a definir un equipo mucho más profundo".

Más allá de la aparición de dos grandes talentos irrepetibles como Llopart y Marín, desde ese momento la marcha se convirtió en una parte principal del alma del atletismo español que ha llegado hasta nuestros días como una de nuestras mejores tradiciones atléticas. Pero, ¿qué razones se encuentran detrás de aquella gran explosión inicial?

"En el centro de todo debemos de destacar la figura de Eduard Garcés - recuerda Josep Marín -. Dentro de la Real Federación Española de Atletismo, Garcés cogió la Comisión Nacional de Marcha y rápidamente luchó por convertirla en una prueba más de nuestro atletismo, igualada al resto de las pruebas gracias a su inclusión en la liga nacional, la posibilidad de ir a grandes campeonatos y el poder optar a becas".

"Garcés estaba convencido de que la única manera de progresar era competir con los mejores - continúa Marín -, y desde 1973 consiguió que participáramos en las eliminatorias de la antigua Copa del Mundo (Copa Lugano), que por aquel entonces no era una final directa como ahora y desde ahí fuimos evolucionando poco a poco hasta que, con el paso de los años, fuimos capaces primero de clasificarnos para la final y después llegar a ganar la competición por equipos".

"Y no solo con eso - termina de repasar el subcampeón mundial en 1983 -, coincidió con una época en la que los mexicanos eran los mejores del mundo y en distintas etapas pasaban por Barcelona. Al frente estaba Jerzy Heusleber, el padre de la marcha mexicana, y a través de él surgió una gran amistad y un intercambio dentro del cual Jordi Llopart pudo irse a México con ellos y ver cómo entrenaban allí. Nada más regresar, batió el récord nacional en los 50 kilómetros del Campeonato de España de 1978 que se disputó en Reus, y tras esa hazaña nos fuimos ya los dos a México para preparar el Campeonato de Europa de Praga. Ahí se produjo el cambio de inflexión que iba a cambiarlo todo".

"Técnicamente, aquellos viajes supusieron un cambio radical - sigue contando Jordi Llopart -. Hasta ese momento, habíamos adoptado la marcha centroeuropea que había llevado al alemán Bernd Kannenberg a proclamarse campeón olímpico en 1972, mucho más dura y similar al gesto de caminar rápido, con la pierna pasando recta por la vertical. Pero en México el profesor Hausleber nos aleccionó en una marcha mucho más flexible y, gracias a la posibilidad de poder entrenar con grandes campeones olímpicos y plusmarquistas mundiales como Daniel Bautista, Domingo Colín o Raúl González, les fuimos copiando y aprendimos a marchar con mucha más movilidad en todas las articulaciones y con mucha hiperextensión de las piernas a la hora del bloqueo".

"Un cambio tan grande - continúa Llopart -, que tenías que tener mucha elasticidad y para lo que empezamos a practicar mucha natación, a experimentar con el tema del agua caliente, el agua fría, los contrastes… Unas experiencias que no habíamos tenido nunca y que hacían que la musculatura y los tendones dieran mucho más de sí y pudiéramos tener una marcha más económica, elegante y elástica".

"Ese fue el gran qué: la suerte que tuvimos en poder integrarnos en su grupo de trabajo y entrenar con ellos- afirma Marín -. Si hubiéramos ido allí y simplemente nos hubiesen dado una charla o un consejo, nunca habríamos evolucionado igual, pero el poder entrenar día a día con ellos y convivir en las mismas habitaciones hace que tu mismo te vayas creyendo que no hay una diferencia tan notable y que, a medida que vas aprendiendo, comiences a pensar que si ellos lo han podido conseguir por qué tu no".

"Además, dentro de toda la revolución que supusieron para nosotros esas concentraciones, el hecho de incorporar la altitud como un elemento fundamental del entrenamiento fue un elemento clave que aprendimos desde ese momento y que luego tanto desarrollamos", apunta Jordi Llopart.

"Durante el día a día - continúa el subcampeón olímpico en Moscú -, estábamos alojados en el CDOM (Centro Deportivo Olímpico Mexicano) de México D.F., a 2.500 metros sobre el nivel del mar. Desde allí, hacíamos entrenamientos y concentraciones en los volcanes de Popocatépetl, Nevado de Toluca o Iztaccíhuatl, con travesías desde 3.000 hasta 4.500 metros sobre ceniza volcánica. Subir y bajar. Subir y bajar. Un trabajo enorme. Y después nos desplazábamos para entrenar a nivel del mar y notar las diferencias de las bajadas de altura y lo que producían: destruir un poco de glóbulos para poder volver a generarlos".

Desde México nuestros marchadores volvieron para ir directos a Praga y, tanto el triunfo europeo de Llopart como el gran resultado de Marín, pusieron de manifiesto el éxito de la experiencia vivida, marcando el nuevo rumbo de la marcha y el atletismo español.

Maravillados por los conocimientos adquiridos, la Comisión Nacional de Marcha rápidamente se puso a buscar opciones para emular en nuestro país las condiciones mexicanas y, tras descartar Sierra Nevada por la climatología, el Parador Nacional de las Cañadas del Teide en la isla de Tenerife se constituyó como el nuevo cuartel general de Llopart y Marín.

"Era el lugar perfecto para un régimen de vida absolutamente espartano, absolutamente enfocado al entrenamiento donde, salvo entrenar, comer y dormir, no había nada más que poder hacer", recuerda Josep Marín.

"Un lugar fantástico, pero en medio de la soledad más absoluta - continúa Marín -. Por las noches, nos quedábamos solos Jordi Llopart, su padre Moisés y yo en el Parador, cada uno en nuestra habitación, e incluso cortaban la luz. Abrías la ventana y en medio de la oscuridad veías frente a ti todo el Teide, iluminado por miles de estrellas. Un escenario tan precioso como aburrido cuando comenzaban a sucederse las semanas contigo dentro".

"Al amanecer - apunta Llopart -, subíamos desde allí a la cúspide del Teide a 3.700 metros, y de nuevo comenzábamos a subir y bajar. Subir y bajar. Entonces te dejaban patear desde el Teide hasta Pico Viejo e incluso a nosotros nos dejaban utilizar el teleférico con los propios mecánicos de las instalaciones, con quienes llegamos a estar viviendo unos días arriba del todo en el habitáculo donde se turnaban para pasar la noche y así enfrentarnos a un mayor déficit de oxígeno y producir más glóbulos rojos".

Tras recorrer por primera vez aquellos caminos volcánicos que hoy parecen imposibles, Llopart y Marín bajaron a Serrahima durante la primavera de 1979 para batir el récord del mundo de las dos horas y los 30.000 metros y, antes de sus grandes éxitos, de Moscú, Helsinki y el largo camino que les llevaría hasta Barcelona 1992 y la posterior consagración mundial de la marcha española, las conversaciones sobre aquellos años en los que todo empezó se pierden entre un mundo que ahora parece muy lejano.

Como los primeros entrenamientos juntos bajo la revolucionaria figura de Moisés Llopart y su club de La Seda. El gimnasio en la casa de los Llopart. La gimnasia sueca como epicentro del acondicionamiento físico. Las primeras series en las que Moisés utilizaba a su hijo Jordi como liebre para Marín. Los entrenamientos en plenas vacaciones familiares con Jordi junto a su padre en medio de una autopista en construcción por la que no pasaba nadie más que ellos. Las primeras concentraciones con los dos marchadores compartiendo habitación e incluso bañera. La preparación conjunta de Praga y Moscú. La revolución continua a la que arrastraron al atletismo español, con elementos como la relajación y la visualización como un elemento central del entrenamiento. El paso de Josep Marín a entrenar con Joaquín Lamora. La minuciosidad de Moisés Llopart en el estudio de las fotografías y las grabaciones de los entrenamientos. E incluso el distanciamiento y la posterior rivalidad entre los dos, parte ya del pasado.

Hasta desembocar en sus grandes carreras como entrenadores que llevaron a Llopart a ser el entrenador del primer campeón olímpico de nuestro atletismo (Daniel Plaza) y a reinventar después las marchas mexicana y japonesa, o que permitieron a Marín construir a su alrededor un grupo de marchadores de ensueño por donde han pasado atletas como Valentí Massana, Beatriz Pascual, Santi Pérez, Mikel Odriozola y tantos otros.

Despacio, Llopart termina hablando de la sed. De toda la sed que recuerda de aquellas travesías de cuatro horas. De la soledad de estar entrenando en medio de la naturaleza durante tanto tiempo, rodeado por el canto de los pájaros y aferrado al recuerdo de cómo era capaz de oler y oír el agua, de encontrar un riachuelo junto a la cuneta donde poder beber mientras repetía su único mantra: "Jordi, jo puc, jo puc, jo puc… (Jordi, yo puedo, yo puedo, yo puedo…)".

Y todavía con la fuerza de los campeones en la voz, Marín habla de cómo el gen competitivo les hizo diferentes. De aquella carrera durante su infancia para ver quién daba más vueltas al colegio y donde le tuvieron que detener porque era la hora de cerrar y todos se habían marchado. De la fuerza que siempre le caracterizó. De la fortaleza mental de Jordi. De cómo la competición siempre les motivó y siempre les hizo dar lo mejor de sí mismos, como quien frente a un león no se queda parado y corre más rápido de lo que nunca hubiese imaginado.

"No vivo del pasado. Todas las fotografías, todos los recortes, los metí en el baúl de los recuerdos. Y nunca buscó ahí; tan solo es donde los tengo depositados", responde Jordi Llopart cuando le preguntamos por una imagen de sí mismo como marchador, mientras que nos habla de la tranquilidad de su vida de jubilado en Canet de Mar alrededor de su mujer Sonata y sus hijas de 4 y 7 años, de su marcha de todas las mañanas y el baño diario en su Mediterráneo.

"La verdad es que me gusta muy poco recordarme a mi mismo. Aquel era aquel, y yo soy el de ahora", responde Josep Marín a la misma pregunta, encerrado en su nueva vida en la que el deporte ha vuelto a ser su gran válvula de escape tras el fallecimiento de su mujer hace ya cuatro años: "hay veces que uno necesita refugiarse, y qué refugio conozco yo mejor que el deporte".

Parte de aquel pasado que siempre suele ser un buen lugar para busca las raíces del alma que nos hace seguir siendo quienes somos, nos quedamos por nuestra cuenta con el recuerdo de aquellos lejanos días que ambos compartieron en las faldas de Teide, tan cerca del cráter.

Arriba del todo, viviendo con los operarios del teleférico y en unas condiciones que hoy nos pondrían los pelos de punta, alguna tarde el fuerte viento les impedía salir fuera a entrenar. Lejos de resignarse, en un comedor de unos 30 metros de largo los marchadores colocaban las mesas y las sillas en el centro y, sin tiempo que perder, pasaban horas dando vueltas como una noria.

Como en México, siempre sobre el volcán.

Porque, seguramente, no pudo haber un mejor escenario posible para seguir muriendo en cada entrenamiento, tumbarse después a descansar, soñar bajo las estrellas con todos los éxitos que estaban por venir y volver a nacer con cada amanecer en busca de nuevos kilómetros.

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Historial Deportivo de José Marín
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Llopart y Marín en el Europeo de 1990
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Llopart y su medalla de Praga 1978
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Marín en el Europeo de Atenas de 1982
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Llopart vistiendo la camiseta de La Seda
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José Marín acumulkó varios récords mundiales de marcha en pista
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Llopart con su medalla olímpica
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Llegando a meta en el Mundial de Helsinki 1983
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Llopart en la parte final de su vida deportiva, el Mundial de Tokio 1991
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Llegando a meta en el Mundial de Roma
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Con sus dos medallas del Mundial de Helsinki 1983
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