Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 06 de junio de 2018   NOTICIA WEB 203/2018
Los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa (II): El sueño cumplido de Llopart en Praga 1978

Por : Chema Barberarena


La década de los años setenta del siglo pasado situó a España en el mapa de la marcha a nivel mundial. Si bien el éxito ni fue inmediato ni fue atronador en primera instancia, sí es cierto que comenzó a intuirse una deriva distinta. Un caldo de cultivo diferente. Un camino que, con el paso de los años y las competiciones desembocaría, especialmente a partir del acontecimiento del que tratan estas líneas, en una realidad que se considera probada y firme en la actualidad: la manifiesta no ya efervescencia puntual, sino la regularidad, el empaque y la sustantividad de la marcha española en relación al panorama mundial.

El periplo de la selección española a través de los Campeonatos de Europa no fue de manera constante un camino de rosas. Hubo que aguardar la friolera de doce ediciones para atestiguar la consecución de una medalla por parte de un español. Y, como si el destino, siempre caprichoso, siempre burlón, le jugara una buena -en este caso- pasada al atletismo nacional, quiso otorgar el privilegio del estreno a la que es, posiblemente, la disciplina que mayor éxito global le ha proporcionado a nuestro deporte en su historia. De la misma manera que no existió representación nacional hasta los cuartos Europeos disputados (desde la primera edición, en 1934 en Turín, pasaron dieciséis años, hasta que en Bruselas '50 hubiera atletas españoles), fueron once en total las ediciones disputadas sin presencia española en el podio de cualquier prueba. Los Campeonatos de Europa de 1978, celebrados con base en el estadio Evžena Rošického de Praga -en homenaje y recuerdo al histórico Evžen Rošický- albergaron el doblete cien-doscientos del eterno Pietro Mennea, la última gran victoria, con Vainio, del fondo finlandés en pista, el descomunal dominio femenino de las extintas República Democrática Alemana y Unión Soviética (victorias en catorce de las dieciséis pruebas), así como el destacadísimo triunfo en el medallero general de ambos países, los dos con doce oros (treinta y cinco medallas soviéticas por treinta y dos germanas, ocupando la República Federal Alemana el tercer lugar, con ocho preseas, cuatro de oro).

El preludio a esta historia tenía lugar el miércoles 30 de agosto, durante los 20 kms marcha, con el quinto lugar del fabuloso Josep Marín, que presagiaba augurios repletos de positividad en una jornada ciertamente sobresaltada a causa de problemas relacionados con la iluminación a lo largo del recorrido. Marín, único representante nacional en la distancia corta, fue el mejor del resto, proclamándose vencedor el alemán oriental Roland Wieser, por delante de los soviéticos Pyotr Pochenchuk, Anatoliy Solomin y Boris Yakovlev.

Los 50 kms iban a disputarse en la penúltima jornada de competición, el sábado 2 de agosto, con triple presencia nacional: el mencionado pratense Josep Marín -que disputaba su segunda prueba en tres días- el barcelonés Agustí Jorba, y el también pratense Jordi Llopart. Tres nombres cuyo pedigrí alumbra buena parte de la marcha española a lo largo de su historia desde una época que construyó los cimientos de todo lo que llegaría posteriormente. No es baladí afirmar que, en aquel preciso momento, no representaba la marcha en nuestro país una disciplina ni mucho menos dominante, alejada de los focos, sin demasiada atención mediática y social. Igualmente complicada, la situación del combinado nacional en el Europeo, con discretos resultados que propiciaron, el mismo día anterior, la pública y palpable preocupación, reflejada en prensa, de las altas instancias federativas presentes en la capital checoslovaca.

Llopart, que llegaba con la cuarta mejor marca de los treinta y seis atletas inscritos, terminaría por convertirse en el gran protagonista de toda esta historia, y uno de los grandes nombres de siempre en el elenco español, hablando de competiciones de calado internacional. Sólo el finlandés Reima Salonen (3h51:48), y los soviéticos Otto Barch (3h56:35) y Venyamin Soldatenko (3h58:19) partían con mejor registro que Llopart, que venía de proclamarse campeón de España el 19 de marzo anterior, con 4h01:37. Aquel día, en Reus, rebajó en casi siete minutos la anterior plusmarca nacional, que ostentaba Jorba con 4h08:11.8, desde más de dos años antes (14 de marzo de 1976; el primer español en cubrir la distancia a un promedio inferior a cinco minutos por kilómetro). Pese a una regularidad manifestada con sobriedad, 1978 fue, visto con la perspectiva que otorga el tiempo, la explosión definitiva de Llopart. Rebajó en casi un minuto y medio su marca personal en 10.000m en pista, y casi tres minutos su registro en 20 kms. "Fui a Praga con la seguridad de hacer un buen papel, y de que lucharía por estar entre los primeros", revelaría con posterioridad. Él mismo conocía con aplomo su capacidad y su estado de forma de cara a la gran cita continental, demostrando una inmensa capacidad psicológica, característica que, unida a su excelente valía técnica, lo convertían en un marchador muy peligroso en casi cualquier eventualidad. El cúmulo de circunstancias convergía en un magma de una solidez extraordinaria, aderezado por su estatus estatal y el incremento progresivo del nivel de la marcha nacional, todos ellos componentes básicos para comenzar a recoger una cosecha de excelentes resultados. Jordi, que en aquel momento contaba con 26 años (nacido el 5 de mayo de 1952), era entrenado, asesorado y apoyado por su padre, Moisés Llopart (fallecido en 2002), gran baluarte del crecimiento de la marcha desde mediados de la década, y que también se encargaba por entonces de la preparación de Josep Marín, poco más de dos años mayor que Llopart. Ambos marchadores, pioneros de facto y artífices reconocibles de un período histórico, viajarían con anterioridad al Europeo a México D.F., en la búsqueda de la excelencia, con la mejora proporcionada por la altitud y la colaboración de Jerzy Hausleber -el preparador polaco, gran baluarte de la revolucionaria marcha azteca- como telones de fondo que sustentaran sus respectivos asaltos a los objetivos de aquella, en ambos casos, su primera cita continental. Diría Llopart con posterioridad, no sin cierta amargura (aunque con el objetivo conseguido) que sólo en Gran Bretaña se tuvo en cuenta su brillante estado de forma, apareciendo como favorito en todos los pronósticos previos. En el viaje desde tierras mexicanas hacia la capital bohemia, Marín y Llopart intercambiaron frases recordadas. "Vamos a pasarlo bien", arengaba Josep. "No, vamos a liarla", espetaba Jordi.

A las dos de la tarde de un día menos desapacible de lo soportado hasta entonces en Praga, el estadio Rošického -que también albergaría la llegada- presenció la salida de unos 50 kms marcha que, con curiosidad, se desarrollaron bajo cierta calma. Valga la paradoja de citar lo relativamente sosegado de una competición de semejante envergadura temporal. Y es que no fue hasta bien entrada la carrera, desarrollada casi en su totalidad sobre un circuito de poco más de tres kilómetros (3.160m) cuando se produjeron movimientos de entidad. Hacia el trigésimo quinto kilómetro, cuando ya sólo Llopart figuraba en el grupo cabecero de los tres componentes nacionales (que habían soportado juntos el ritmo hasta prácticamente aquel instante de carrera; Jorba aguantó hasta poco antes del treinta, para terminar abandonando, con Marín descolgado con anterioridad, y también fuera de carrera), el grupo comienza a disgregarse. Llopart, sin entrar en demarrajes ni excesos de ritmo, sobrepasa ya comandando el kilómetro cuarenta, perseguida su sombra por el italiano Bellucci, el soviético Soldatenko y el polaco Ornoch. No sería hasta prácticamente el cuarenta y cinco cuando Llopart, marcando 3h30:34, aventaja en casi un minuto a sus tres perseguidores. De ahí al final, de la estoica soledad a la inmensa alegría, al éxtasis total. Brazos en forma de victoria, frente a cuarenta mil almas que contemplaban la llegada del español bajo la atención silenciosa de un magnífico atardecer. "La sensación es fabulosa. No se puede expresar. Hay que ser campeón para saberlo". Más de medio estadio de ventaja sobre el veterano soviético Venyamin Soldatenko, que se hacía con la plata en los últimos compases, y el polaco Jan Ornoch, ganador del bronce.

Jordi Llopart Ribas se convertía en el primer medallista español en un Campeonato de Europa, y primero en proclamarse campeón continental, batiendo su propio récord de España, que fijó en unos brillantes 3h53.29.9 (récord de los Campeonatos de Europa y quinta mejor marca de todos los tiempos), en la que fue su tercera incursión en la distancia. Fue una gesta que podría resultar minimizada de ser contemplada bajo el prisma de la actualidad, pero que hace cuarenta años representaba terreno yermo y desconocido para el atletismo español. No resulta exagerado decir que supuso un punto y aparte en el recorrido histórico de nuestro atletismo, el no tan figurado inicio de todo, el germen mediante el cual se ha desarrollado a través del tiempo la capacidad de optar a grandes campeonatos y extraordinarios triunfos. Antes del fenomenal éxito de Llopart, el camino fue angosto y tortuoso. A partir de aquel momento, la deriva de los acontecimientos tomó otro cariz, otro color. "Todo ocurrió en aquella carrera tal y como había soñado", recordaba Llopart años más tarde. Primer nacional en marchar por debajo de la barrera de las cuatro horas. Era la primera de las cuatro medallas que los 50 kms marcha han brindado al atletismo español. La segunda, la plata cosechada por Marín en Atenas '82. Tras ella, hubo que esperar veinte años para repetir podio, cuando Jesús Ángel García Bragado conquistaba el bronce en Múnich. En 2006, repetiría gesta con un dulce subcampeonato en Gotemburgo.

"El oro de Praga supone mi mejor recuerdo, el sueño cumplido", dijo Llopart. El catalán repetiría récord de España en dos ocasiones más, siendo consideradas también Mejores Marcas Europeas, ambos registros durante el año siguiente, 1979 (en el que conseguiría, además, su segundo Campeonato de España de 50 kms de los ocho que ganó durante su trayectoria, así como el triunfo en la semifinal de la Copa del Mundo en Reus, y el quinto lugar en los 20 kms de los Juegos del Mediterráneo en Split), para arribar a un histórico 1980, donde acapararía, de nuevo, un excelso honor, uno de los más grandes: seiscientos noventa y siete días después de conquistar la primera medalla, oro, en un Campeonato de Europa para el atletismo nacional, Llopart se convertía, con su plata en Moscú, en el primer medallista olímpico del atletismo español. Pero esa es otra historia.



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Con su SM El Rey Juan Carlos enseñándole su medalla de oro
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