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 viernes, 18 de mayo de 2018   NOTICIA WEB 188/2018
El círculo olímpico de Miguel de la Quadra-Salcedo

Por : Miguel Calvo


En el mismo lugar en el que nacen los mitos y las leyendas, antes de que las competiciones deportivas comenzasen a disputarse en el interior de los estadios de los principales santuarios religiosos de la Antigua Grecia, la búsqueda de los orígenes de los Juegos Olímpicos nos lleva a las celebraciones que formaban parte de la vida de aquellos antiguos griegos.

Parte de sus rutinas, el deporte y la competición representaron a la perfección la inacabable búsqueda griega de la belleza y, en lado opuesto a la muerte y al olvido, tras el fallecimiento de los personajes más relevantes se organizaban los tradicionales ritos fúnebres y unos juegos funerarios en los que los vivos homenajeaban al ausente con unas apasionantes competiciones deportivas donde valores como el honor, la victoria y la superación se convertían en el mejor tributo posible al fallecido.

En el origen de la literatura, así reflejó Homero en la Ilíada las competiciones que Aquiles organizó en honor a su amigo Patroclo junto a las mismas murallas de Troya. Y, entre otros, dentro de la historia clásica son célebres los juegos funerarios de Alejandro Magno o los que homenajearon a Mausolo de Halicarnaso y que quedaron grabados en la parte superior de su monumento fúnebre, una de las siete maravillas de la Antigüedad.

Pronto, aquellos juegos fueron el germen de las pruebas deportivas que se comenzaron a instaurar dentro de las principales fiestas religiosas que se desarrollaron en Olimpia, Delfos, Corinto o Atenas en honor a Zeus, Apolo, Poseidón o Atenea, respectivamente.

A lo largo de toda su vida, capaz de encerrar dentro de ella mil vidas distintas, Miguel de la Quadra-Salcedo se convirtió en todo un personaje de una novela de aventuras: deportista, aventurero, reportero de guerra, presentador de televisión, historiador y divulgador. El último explorador del siglo XX.

Y en el origen de todo ello siempre latió con fuerza un espíritu profundamente marcado por los valores olímpicos en los que tanto creyó, fruto de una época en la que el deporte solo podía entenderse desde una clave amateur, muy unido a la cultura y a la educación. Hasta el punto que él mismo creó su propio personaje, tan inmortal como las propias crónicas olímpicas.

De niño, envuelto en la lectura de los clásicos griegos, una y otra vez lanzaba un viejo disco de madera fabricado por un carpintero sobre la arena de la playa de Hondarribia.

Más tarde, en el colegio de Tudela donde estuvo interno, un profesor y misionero jesuita le enseñó los valores del atletismo al tiempo que le contaba lejanas historias de quetzales a través de las que comenzó a enamorarse del continente americano.

De joven, tras la decepción de no poder acudir a los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956 por motivos políticos, una beca le intentó compensar llevándole a entrenar a Mayagüez (Puerto Rico), donde descubrió la leyenda de Ponce de León y el elixir de la juventud mientras que por las noches se comunicaba por radio con el Amazonas, parte inseparable ya de su alma.

En el inicio de la madurez, tras hacer realidad su sueño de convertirse en olímpico en Roma 1960, la ciudad eterna, después del Campeonato Iberoamericano de Santiago de Chile decidió no regresar en el avión con el resto del equipo español, quedarse solo en América, viajar en un ballenero hasta la Isla de Pascua detrás del rumor de los moáis y comenzar una nueva vida de aventuras que en su regreso al continente le llevó a embarcarse en su primer viaje por el Amazonas.

Y ya convertido en adulto viajó al antiguo estadio de Olimpia para correr con una antorcha como su idolatrado Telémaco, el hijo del mítico Ulises.

En la vieja pista de ceniza de la Universidad Complutense de Madrid donde Miguel pasó toda su juventud y desde la que empezó a asombrar al mundo, una estatua de Víctor Ochoa financiada a través de suscripción popular y creada para recordar su inabarcable figura se va a inaugurar el próximo sábado 19 de mayo, víspera del segundo aniversario de su fallecimiento.

Justo antes de la inauguración, y como una parte más del homenaje, una competición atlética servirá para que el deporte regrese a un lugar que parecía únicamente un recuerdo en blanco y negro, pero que ya está dispuesto para afrontar un nuevo futuro cargado de color. E incluso, con toda la historia del atletismo allí representada, algunos de sus amigos volverán a lanzar la jabalina y el peso en su memoria y una histórica carrera de relevos simbolizará el cambio de testigo intergeneracional que nos recuerda la necesidad de regresar siempre al origen, al viejo espíritu de la universitaria que tanto se echa de menos hoy en día.

De fondo, el recuerdo de aquellos antiguos juegos funerarios parece completar el círculo olímpico en el que Miguel de la Quadra-Salcedo quiso encerrar toda su vida.

Por delante, lejos de quedarse en una simple invitación a la contemplación, la figura del discóbolo nos seguirá hablando de ponernos en acción, girar sobre nosotros mismos, inventar nuevos círculos e intentar llegar cada vez más lejos.

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