Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 18 de octubre de 2017   NOTICIA WEB 333/2017
El mundo de Beitia

Por : Miguel Calvo


Justo cuando este otoño tardío comienza a vestirse de lluvia, empezamos a asomarnos al recuerdo de Ruth Beitia abrazados a la melancolía.

Lejos queda aquel septiembre que siguió a los Juegos Olímpicos de Londres 2012, a las puertas de las medallas, cuando la saltadora cántabra, cansada, decidió decir adiós y empezar una nueva vida centrada en todo lo que había tenido que sacrificar durante tanto tiempo: la playa, los amigos, el descanso, los patines… Hasta que la lluvia lo invadió todo y regresó casi sin darse cuenta, como el que no sabe qué hacer con las tardes grises y de pronto descubre que lo mejor está por venir.

Cerca estará siempre aquella maravillosa noche de agosto en Río que acabó coronándola como campeona olímpica y redondeando un palmarés de ensueño, como una interminable verbena de verano que nunca quiere acabar, como una fotografía que nunca nos cansamos de mirar.

Y entre medias siempre nos quedará el propio mundo que Beitia fue encargándose de construir a su alrededor a partir de los ingredientes más sencillos y que mejor definen su legado.



El duro trabajo de cada día, tan anónimo. La amistad con su compañera y rival Marta Mendía mientras aprendía a volar. La fidelidad y la compenetración con su entrenador de toda la vida, Ramón Torralbo. La certeza de que en ningún sitio se está tan bien como en casa y que teniendo sueños no se necesita nada más para llegar lejos. La seguridad de que la sonrisa es el único camino hacia la felicidad. Y, sobre todo, el convencimiento de que los valores del deporte están en un sitio mucho más cercano que las medallas.

Solo así puede entenderse el último premio que cerró la trayectoria de Beitia cuando se despidió del mundial de Londres lejos del podio, pero con el reconocimiento al Juego Limpio por su gesto de consolar a Alessia Trost tras quedar eliminada de la calificación.

Como una parte más de ese mundo, dentro de cada competición la saltadora cántabra siempre sabía encontrar un momento en el que todo parecía detenerse. Entre salto y salto se separaba del ruido, se tumbaba sobre el tartán y se aislaba de todo, encerrada en sí misma y ajena a lo que se desarrollaba a su alrededor.

Seguramente, el único espacio con licencia para la horizontalidad dentro de una carrera que siempre ha tenido vocación de vertical. Cada vez más alto, cada vez más más arriba. Y cuando los años y el cuerpo ya no permitían explorar nuevas fronteras, una consigna: encontrar la alegría para mantenerse en las alturas todo el tiempo posible.

En una escena similar, tumbados sobre el verde del valle que para ellos definía todo su mundo, los protagonistas de la novela de "El Camino" de Miguel Delibes miraban el firmamento en medio de la noche: "¿Es posible que si cae una estrella de ésas no llegue nunca al fondo?"

El otoño siempre termina llegando y nuestra mejor capitana ha dicho adiós a los días de entrenamiento, a las noches de fiesta en el estadio.

La lluvia nos la devolvió; la lluvia se la ha vuelto a llevar.

Pero como esas estrellas que nunca dejan de brillar, como los grandes campeones olímpicos, tan infinitos, el recuerdo de Beitia ya nunca se irá.



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