Real Federación Española de Atletismo
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Así lo vivió ... LOLES VIVES: Memorias de un tren lento

Loles Vives Cuando me dijeron que escribiera sobre los 50 años de pista cubierta en España tuve un recuerdo imborrable que nada tiene que ver con la competición pura dura del atletismo "indoor". Lo primero que me vino a la cabeza fueron los horribles viajes en los trenes de RENFE de principios de los años setenta.

Y es que el viaje de doce horas desde Barcelona no era precisamente cómodo y desde la primera vez que hice ese largo trayecto se esfumó la gran ilusión que tenía, por aquel entonces, una niña adolescente por pasar la noche viajando y durmiendo en un tren.

Pero la ilusión de ir a Madrid y, sobre todo, competir 'bajo techo' en el desaparecido Palacio de los Deportes era mucho más poderosa. Aunque lo cierto es que no había otro remedio. El AVE ni tan siquiera figuraba como una alternativa de futuro. Impensable imaginar que se pudieran hacer 600 kilómetros en menos de tres horas en tren y el avión resultaba un lujo demasiado caro.

El 'rápido' que cogíamos al anochecer en la antigua Estación de França de Barcelona no respondía en absoluto a su calificativo. Tampoco era especialmente bonito ni confortable. Las cabinas con seis literas para seis pasajeros rezumaban suciedad y aunque en el exterior solía hacer frío, mucho frío -gajes del calendario- ahí dentro hacía un calor de mil demonios. Era imposible pegar ojo. No solo por el calor. El lecho era estrecho y duro como una losa y las mantas, tan ásperas que al recordar lo mucho que picaban aún me invita ahora, casi cincuenta años después, a seguir rascando. Era imposible pegar ojo.

El trac, trac, trac de los raíles, sus sacudidas y las paradas intermedias con los silbatos incluidos del jefe de estación acababan de ambientar el recorrido. Lógicamente, era imposible dormir. Si a eso le añades la angustia -sin fundamento- de pensar que sin un buen descanso no sería posible, al día siguiente, reaccionar bien al disparo de salida, me resultaba aun más difícil dormirme. Cuando por fin de madrugada el sueño me había vencido, el revisor de gorra y uniforme despertaba a los pasajeros porque llegábamos a destino. Y de nuevo otro recuerdo imborrable: el frío seco e intenso de Madrid y la antigua y roñosa estación de Atocha.

Sólo pensar que por la tarde tenía que correr 60 metros se me ponían los pelos de punta. Sin dormir era imposible correr bien y seguro que mis rivales estarían descansadas y con ventaja, pensaba yo. Temores de deportista novata que, con los años, van desapareciendo poco a poco.

Por suerte, existía y sigue existiendo la Gran Vía, sus gentes, su bullicio y, sobre todo, sus cafeterías... Y otro recuerdo imborrable: los batidos de chocolate en el Manila. El dulce brebaje -entonces no sabía por qué- me devolvía el optimismo y las ganas de correr como el diablo. Ahora sé que era gracias a su contenido en teobromina y fenilalanina. El caso es que desde entonces el chocolate, sea bebido o en tableta, nunca ha dejado de acompañarme en mis entrenamientos y competiciones.

Ahora me tocaría hablar de mis carreras en el antiguo Palacio de los Deportes, pero no voy hacerlo. Simplemente porque apenas me acuerdo de ellas y porque tampoco son como para pasar a la historia.

Sí tengo muy presente los calentamientos dando vueltas por los pasillos interiores del recinto y que debía sustituir, sin falta, los clavos largos de mis zapatillas -aptos para ceniza- por unos muy cortitos para que se clavaran sin problemas en la pista de madera, primero, y en el 'zenitan' unos años más tarde.

Lo demás recuerdos son una nebulosa. Sin embargo, sí permanecen en mi memoria los destellos de los grandes atletas españoles del momento, a quienes observaba con admiración y que, para quien entonces era todavía una niña, significaban un estímulo por emularlos algún día. Tal es el caso de los velocistas Sánchez Paraíso, Jesús Carballo o mis admiradas Pilar Fanlo e Isabel Montañá; los saltadores Luis María Garriga, Sagrario Aguado, Rafa Cano o Ignacio Sola; los vallistas Jorge Zapata, Gerardo Trianes y la gacela española Josefina Salgado, entre muchos otros.

Cincuenta años dan para demasiados nombres, marcas y récords y podría ponerme a explicar un gran número de ellos, especialmente los que viví y presencié cuando ejercía de periodista, pero ésta es una tarea que dejo para los estadísticos, pero no deseo terminar estas líneas sin hablar de Sabadell.

El próximo mes de febrero, los 50º Campeonatos de España de pista cubierta se celebrarán en esta ciudad catalana. En los años setenta también se disputaron allí - y disputé- numerosas competiciones bajo techo. No se celebraban en la moderna instalación actual, sino en otra que por entonces también se consideraba muy vanguardista, aunque dejó de usarse y creo que acabó en ruinas. Afortunadamente, bastantes años después Catalunya remedió el desaguisado y actualmente dispone de esta nueva infraestructura.

Por el contrario, Madrid hoy no puede albergar ningún campeonato ni meeting de relevancia "indoor". Simplemente porque ahora ya no tiene una pista con anillo bajo techo. La que se utilizó en el nuevo palacio de la calle Goya durante el Campeonato de Europa de 2005 (último gran evento internacional bajo techo que se disputó en la capital) está desmontada y guardada en un hangar, muerta de asco y deteriorándose, según se comenta.

Como atleta aún en activo sigo viajando para competir. Ahora lo hago en AVE, por supuesto, "como una reina" y llegando a mí destino fresca como una rosa y siempre con mi tableta de chocolate Lindt del 85 % en la bolsa.

Desde aquellos viajes de adolescente, la tecnología ferroviaria ha avanzado mucho y, por supuesto, el atletismo también en todas sus facetas aunque a veces los 'viejos' como yo nos empeñemos absurdamente en demostrar que nuestro atletismo era algo mejor.

Sin embargo, sí hay una cosa en la que ahora el atletismo bajo techo está peor que hace medio siglo. Le falta la pista del Palacio de los Deportes de Madrid y la posibilidad de celebrar grandes eventos o pequeñas competiciones.

Y, sinceramente, sería bonito poder despedirme de esta instalación con unas zapatillas de clavos puestas, aunque tenga que ser corriendo al ritmo de un tren de los de antaño.




   





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